Los misterios de la percepción

Mi madre hizo muchas cosas bien, pero elegirme el nombre no sé si fue una de ellas. No se me malinterprete, me gusta mi nombre; pero es muy poco internacional y mamá no tuvo la clarividencia de que yo sí lo sería. De hecho, ni siquiera la mayoría de gente de mi propio país sabe pronunciarlo, puesto que Bernat es un nombre distintivamente catalán—comparado con Daniel, por ejemplo.

Más allá del reto fonético de la ‘vocal neutra’ catalana, tanto hispanohablantes como anglófonos tienen por manía jugar con mis consonantes: Bernad, Bernard, Bernart… (imaginadme en Starbucks) Da igual cuántos mails les haya mandado, firmando al final con mi nombre (bien escrito), nombre que también pueden ver (bien escrito) en su buzón de entrada, siguen cambiándome el nombre. ¿Por qué? ¿O por qué tanta gente insiste en decir shanga en lugar de sangha por mucho que tú te esfuerces en pronunciar una S limpísima?

La respuesta rápida es que no percibimos la realidad tal cual es, sino a través de un filtro. El budismo llama a ese filtro saññā (en pali) o saṃjñā (en sánscrito), que se suele traducir por ‘percepción’. También podríamos traducir ideación, concepción o reconocimiento. Es un aspecto inalienable de nuestra experiencia subjetiva: no percibimos sólo datos sensoriales desnudos, sino que siempre les damos un sentido.

Lo que estás leyendo ahora mismo no son para ti simples garabatos negros contra un fondo blanco, sino que de manera automática significan letras, sonidos, y luego palabras y conceptos. Eso es la tarea de la ‘percepción’. Es un proceso inevitable: no puedes pretender que no sabes que aquí pone CASA y ver sólo símbolos sin sentido, mientras que si viajas a Serbia y no conoces el alfabeto cirílico no podrás evitar ver símbolos sin sentido—ni podrás evitar ver que algunos se parecen a letras romanas. Cuando ves un tenedor sabes inmediatamente que esas formas son un tenedor, y sabes que unos labios arqueados hacia arriba son una sonrisa: ese movimiento significa algo.

Volvamos a mi provincial nombre. La gente británica escribe mal mi nombre probablemente porque les recuerda al nombre inglés ‘Bernard’, de forma que el filtro de la percepción (saññā/saṃjñā) se interpone a la mera recepción de un dato visual, en este caso mi nombre en su bandeja de entrada. Es como un transportista que está llevando un paquete del ojo a la mente, pero que debe pasar por un intermediario. Ese intermediario no tiene tiempo, así que mira la etiqueta del paquete por encima y hace una estimación: nombre de persona, varón, empieza por ‘bern…’ > Bernard.

Una vez que una percepción queda fijada cuesta resetearla, lo que me lleva al ejemplo de sangha. No es que la gente escuche Sangha pero sostengan la opinión de que se dice SHanga: es más probable que la primera vez les pareciera oír SHanga, o que lo vieran escrito y su intermediario—más habituado a ver SH que GH—cambiara la H de sitio; y después de eso la percepción se sobrepone al sonido real y ya directamente escuchan SHanga.

¿Es un conejo o es un pato?

Hay casos en los que ese filtro es tan profundo y fundamental que resetearlo es casi una misión imposible. Piensa en cómo a veces, al aprender otro idioma, eres incapaz de oír la diferencia entre dos sonidos que tu profesor te asegura que son distintos.

Haz el siguiente ejercicio: di una E y ve cerrándola gradualmente hasta que se convierta en I. Aunque no sea fácil hacerlo a la primera, verás que hay pasos intermedios. Dicho de otro modo, podemos pensar en las vocales como una gradación sonora. Dentro de esa gradación, el español ha cortado un segmento que es la E española, y ha cortado otro que es la I española; pero otros idiomas han cortado el segmento más a la derecha, o más ancho, o entre nuestra E y nuestra I. Al oír esa E o I italiana o finlandesa raramente notamos las sutiles diferencias, y nuestro acento nos delata como no nativos.

Resumiendo: nuestro cerebro aproxima a lo que ya (re)conoce. Ahora pensad en las consecuencias que esto tiene cuando, en lugar de con un nombre o una vocal, lo hacemos con una persona, un colectivo o una historia.

Puede parecer que el objetivo sea quitar el filtro, pero la actividad de la ‘percepción’ (saññā/saṃjñā) es una dimensión intrínseca de nuestra experiencia, siempre está funcionando mientras haya experiencia consciente. La psicología budista compara la ‘percepción’ con un carpintero que hace una marca en la madera, que le sirve para identificarla. Un símil más actual son las etiquetas que añadimos a emails o notas para categorizarlas. La percepción sólo se desactiva (junto con otras funciones básicas) en estados de profunda absorción meditativa, en los que cesa toda experiencia. Así que, más bien, la tarea es limpiar y resetear la percepción, reconducirla a un funcionamiento sano, o como mínimo darnos más cuenta de su actividad.

Las varias tradiciones budistas hacen esto mediante distintas técnicas. El budismo de los orígenes y el theravada moderno enfatizan el cultivo del mindfulness—la meditación satipaṭṭhāna. El mindfulness budista es una práctica de la percepción. Nos entrenamos a recordar (sati) y sostener una contemplación (anupassanā) o percepción concreta, como por ejemplo la naturaleza mortal del cuerpo, sus distintos componentes, los estados de ánimo y su cualidad ética que condicionan nuestra mente, etc. Esta práctica cultiva una claridad (vipassanā) que es la correcta percepción del aspecto transitorio, vulnerable e impersonal de todo aquello que experimentamos.

Luego, con los siglos, el budismo desarrolló la idea de que no hay una percepción correcta de la realidad como no hay una realidad. El célebre ‘la forma es vacuidad y la vacuidad es forma’ no se aplica sólo a la forma o apariencia (rūpa) sino a todos los aspectos de nuestra estructura consciente: según el Sutra del Corazón (Prajñāpāramitāhṛdaya), también la percepción es vacuidad. Con este reconocimiento como base, el vajrayana juega con la percepción con sus prácticas de visualizarse como una divinidad. Quizás te parezca que cosas tipo percibirse a uno mismo como conectado con el universo son una magufada, pero ¿no es una distorsión la percepción habitual de que eres una entidad nítidamente separada y separable de tu entorno? ¿No son ambas cosas igualmente percepciones?

Un motivo extra por el cual hoy necesitamos prestar atención a esto es que vivimos en la era de la información: las percepciones se comportan como un virus, se multiplican a velocidades de despeine, son la mercancía traficada en un mercado de algoritmos. Un manual clásico de psicología budista dice que la percepción se manifiesta ‘produciendo convencimiento en base a la marca tal y como se capta, igual que un ciego inspeccionando a un elefante’ (Vism 457: yathāgahitanimittavasena abhinivesakaraṇapaccupaṭṭhānā hatthidassaka-andhā viya). La marca es eso que hace el carpintero, o la etiqueta de los emails.

Esta explicación también hace referencia a la parábola clásica de un rey que reúne en palacio a las personas ciegas de su capital y les hace tocar un elefante (Ud 6.4). Como cada persona toca una parte distinta del elefante, llegan a conclusiones diferentes sobre qué es un elefante: que si es como una columna (quien ha tocado la pata), que si es como un arado (quien ha tocado el colmillo), que si es como una brocha (quien ha tocado la cola)… Pronto están discutiendo y peleándose.

Hoy día la parábola suele invocarse para ilustrar cuán rápido tomamos una parte por el todo. (Como comenta el físico Sean Carroll, los ciegos podrían haber colaborado entre sí, compartir información, y problema resuelto…) Pero hay un aspecto de la parábola que me intriga: es un suceso orquestado. Es el rey quien les reúne, quien les hace tocar un parte del elefante y quien les dice que ‘esto es un elefante‘. ¿Debo deducir que le entretuvo el espectáculo de verles discutir? Sin sugerir conspiración alguna, uno puede preguntarse cuál es la versión del rey actual. ¿A qué beneficia nuestra ignorancia sobre nuestras percepciones?

Esta ha sido una explicación del tercero de los 5 khandhas o skandhas, habitualmente traducido como ‘agregados del apego’—traducción que encuentro horrorosa. El símil son fajos de leña que cargamos a la espalda, a los que nos aferramos como nuestros, y que usamos para alimentar los fuegos de nuestra codicia, ansiedad, odio, engaño o confusión.


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