Ver la vacuidad de nuestros discursos culturales

Acabo de ver el episodio “Moda modesta” de la serie documental de netflix “Internet y el nuevo periodismo.” La moda modesta es un movimiento que reivindica una forma de vestir que muestre menos, que sea compatible con ciertas tradiciones religiosas, y que sea no obstante moderna y estilosa.

El documental entrevista a mujeres diseñadoras: cristianas, musulmanas y judías ortodoxas; pero describe este movimiento de moda como transversal e incluyendo personas no religiosas. El estereotipo contra el que diseñadoras e influencers tienen que luchar es que ir cubierta es retrógrado y opresivo. La moda modesta lo cuestiona y reclama la agencia de quien quiera no seguir el ir destapada que se ha convertido en un status quo.

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En el contexto del vestir, ¿qué significa ser libre si vas de tienda en tienda buscando algo modesto y no encuentras casi nada? ¿Puedes realmente vestir como te apetezca? La libertad absoluta es un mito. La mujer media que va con escote y minifalda no siempre ha elegido vestir de esta manera. Toda época tiene unos discursos y unos cánones que nos influyen enormemente. Lo que plantea la moda modesta es que el destape no es necesariamente más libre, sino un canon más de tantos.

Ir tapados nos puede parecer opresivo porque un día, cuando eso era la norma, los movimientos divergentes eran criticados y empujados a conformar, y ese empuje es ciertamente opresivo. Obviamente, también hay motivos actuales de fundamentalismo religioso, pero no es esto lo que tenemos delante. Hoy los papeles han cambiado: el canon es ir destapada (que poco a poco se va aplicando también a los hombres) y el movimiento divergente es cubrir más piel. No dejaría de ser irónico que esto fuera ahora lo criticado y empujado a conformar.

Las etiquetas de opresivo y liberador pertenecen a los periodos de transición y quizás es básicamente ahí donde tienen sentido; son circunstanciales, vacías. Una vez un canon está en plena vigencia y tiñe a la sociedad ¿sigue siendo liberador? La libertad que haya ya no se puede medir con la adherencia a esa moda sino con hasta qué punto es permitido desviarse de la norma.

Evidentemente, la moda no es lo interesante en este blog: la cuestión son los cambios y sus percepciones. Podríamos estar hablando también de cambios en tendencias culturales, usos del lenguaje, modelos de espiritualidad, concepciones de distintos grupos humanos… Seguro que cada cual puede encontrar ejemplos en esas y otras categorías y examinar cómo se relaciona con ellos.

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¿Cuál es el discurso imperante o el canon que no veo porque es como agua para un pez? ¿Qué sensación noto cuando éste es desafiado? ¿Qué reacción surge inmediatamente? ¿Puedo ver la condicionalidad de ese canon y entender cómo llegó a estar donde está?

Como budistas y meditadores de una época que cada vez más se percibe como un eslabón hacia un mundo distinto, nuestra práctica debe incluir ver la vacuidad de los discursos implícitos de nuestro tiempo: ver su contingencia, ver las normas con las que me crié en tanto que normas… Porque si sólo veo la paja en el ojo pasado, me convertiré en el intransigente del mañana.

Y mientras algunos sucesos es casi imposible no verlos como involuciones —y no estoy sugiriendo que todo lo nuevo tenga que ser bueno—, la tarea es suspender el juicio automático y la reactividad frente a todo aquello nuevo, darme cuenta de mi aferramiento al cómo eran las cosas, y ver con ojo crítico tanto el mundo como mis gafas.

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Tengo una amiga del otro bando

He estado evitando escribir sobre el conflicto catalán. Lo iba a hacer justo después del 1 de octubre, pero con la velocidad acelerada a la que cambiaba el paisaje, lo que escribía un día no valía al cabo de dos. Ahora, capaz de mirar con más ecuanimidad que hace unas semanas, veo más cosas. En especial, veo las barbaridades que dicen y pregonan “los míos”, la gente de mi misma opción política.

Esto es nuevo. Las barbaridades siempre las dicen los “otros”: los rusos, los americanos, los integristas… Y cuando te toca de cerca, sientes la agitación de forma mucho más vívida. Esto me ha motivado a recuperar esbozos y escribir, intentando articular algunas maneras de aplicar la práctica y la meditación a la situación actual.

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Esto implica ejercer la autocrítica, básicamente porque el “ellos hacen esto y aquello tan mal” ya lo traemos puesto de casa y no hace ninguna falta ejercitarlo más. Puede que ante esto la reacción inicial sea de rechazo. Si es el caso, sé consciente por unos instantes de la sensación de no estar dispuesto, observa cómo se registra en tu cuerpo, si hay tensión, si como estado de ánimo es agradable o incómodo, si es un sitio al que te querrías mudar. ¿Por qué no queremos replantearnos posturas, matizar opiniones? ¿A veces sentimos que no nos apetece comprender mejor a la otra parte? ¿Por qué? ¿Qué perderíamos?

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Mindfulness, cerveza y gasolina

Poco a poco, y con el habitual retraso frente al mundo anglosajón, el mindfulness se va filtrando en nuestra sociedad, especialmente al mundo de la empresa. A eso alguna gente responde con entusiasmo y otra con indignación o sensación de declive. Lo segundo es la reacción de moda entre budistas y meditadores con currículum, los que podrían pensar “Yo medito desde hace tiempo, no porque me haya subido ahora al carro del mindfulness.”

La noticia, que compartió el abad zen Dokushô Villalba en su muro de facebook, es que “Repsol y Mahou San Miguel se apuntan a la meditación.” Y la verdad es que, pasada la reacción automática de descrédito inicial, a mí me parece fantástico. Creo que la introducción de la meditación en un entorno raramente puede ser algo negativo, y no encuentro argumentos para oponerme a que las personas que trabajan en esas empresas, en la posición que sea, mejoren su calidad de vida, independientemente de que me guste o no lo que hacen esas corporaciones y el modelo económico actual del que forman parte. Y en lugar de dejar que las discrepancias y reservas que uno pueda tener respecto a esas iniciativas nos hagan decir “no” a ellas, prefiero pensar que es un buen inicio, pero que hay cosas a mejorar.

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Un mojito, Venerable

Mientras la popularidad del budismo sube en occidente, su relevancia se debilita en los países donde es la religión tradicional –o una de ellas. Las sociedades asiáticas se modernizan con rapidez y acogen con entusiasmo el mismo proceso que, en Europa, fue vaciando las iglesias. El budismo no atrae al mismo volumen de gente y, por lo tanto, cuenta con menos apoyo económico. No tiene más remedio que adoptar medidas para seguir siendo relevante (y económicamente viable) en la sociedad del siglo XXI.

Algunas de las medidas de modernización más habituales en muchos países budistas son ofrecer seminarios en inglés para los turistas o los extranjeros residentes en el país, u ofrecer fines de semana de inmersión. Los sacerdotes han abierto blogs. Se dan clases de meditación y de yoga en templos urbanos. Pero todo esto es bastante convencional, y Japón, que tiene fama de idear cosas que nos parecen estrambóticas, va un paso más allá.

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La homosexualidad en el budismo

Llevaba tiempo queriendo escribir algo sobre un tema de gran relevancia ética en la actualidad como es la diversidad sexual. Éste no será un artículo especialmente breve, pero creo que es una conversación que hay que tener hoy, cuando el budismo cuenta con más y más simpatizantes en nuestras sociedades. Constantemente vemos debates sobre la igualdad de derechos y matrimonio para parejas del mismo sexo, y a menudo los argumentos en contra proceden de las religiones.

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¿Qué tiene que decir el budismo en todo esto? La mayoría de escuelas budistas actuales se muestran contrarias a la discriminación por orientación sexual. Por otro lado, el Dalai Lama dijo hace unos años que el sexo oral y anal no son aceptables según su tradición. En respuesta a las controversias que generaron sus declaraciones, el Dalai Lama puntualizó que no emitía juicios genéricos sobre lo que está bien o mal para toda la humanidad, sino sólo lo que es aceptable para los budistas. A mi parecer, esto no fue una gran mejora, ya que entonces son precisamente los homosexuales que siguen el budismo tibetano los que, en lugar de sentirse incluídos, confortados y aceptados por su religión, se quedan desamparados.

Pero ¿qué dicen los textos budistas? ¿Habló Buda del tema? La respuesta rápida a la segunda pregunta es “no”, pero el tema no es tan sencillo. Hace unos meses escribí un ensayo sobre este tema para el máster que estoy estudiando. Me gustaría resumir aquí los puntos principales. Para empezar, para el budismo la orientación sexual no es un asunto moral, ya que la moralidad no tiene que ver con conformarse a unas normas reveladas por un ser supremo, sino con si los comportamientos generan sufrimiento (dukkha) o no. La postura más coherente con el budismo primigenio y con los valores de las tradiciones budistas en su totalidad se resume en estas declaraciones del maestro Hsing Yun, fundador de la escuela taiwanesa Fo Guang Shan:

A menudo la gente me pregunta qué pienso de la homosexualidad. Se preguntan, ¿está bien?, ¿está mal? La respuesta es que ni está bien ni está mal; es sólo algo que la gente hace. Si no se perjudican los unos a los otros, sus vidas privadas son asunto suyo; deberíamos ser tolerantes y no rechazarlos.

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Un budista de compras

Hace unas semanas vi el reportaje del programa Salvados titulado “¿Quién, cómo y dónde se fabrica la ropa que venden las grandes marcas?” (ver aquí). El programa explora la industria de la moda barata y pasajera, el fast fashion. Me gustó mucho y os recomiendo con entusiasmo que lo veáis. Al terminarlo, me pregunté si podríamos analizar lo que este reportaje retrata usando conceptos budistas.

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Por supuesto. Uno de estos conceptos es la intención apropiada, el segundo elemento del camino óctuple. Lo veréis traducido habitualmente como ‘intención correcta’ o ‘pensamiento correcto’. El Buda lo define así en el discurso nº22 del Digha Nikaya (la colección de discursos largos):

¿Y qué es, monjes, la intención apropiada? La intención de renuncia, la intención de benevolencia, la intención de inocuidad. Esto, monjes, se llama intención apropiada.

El reportaje empieza con entrevistas a pie de calle en las que se pregunta sobre hábitos de consumo en ropa, evidenciando una cultura basada en comprar mucho, muy a menudo, muy barato, usarlo poco tiempo y tirar mucho. Y volvamos a empezar. ¿Qué valores y actitudes se alimentan así? ¿Qué efectos tiene ese ciclo codicioso de compradores y productores? No tiene término. No tiene descanso.

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Tras los atentados en París

Todos tiemblan ante la violencia,
todos aman la vida.
Poniéndose en el lugar del otro,
uno no mata ni causa la muerte.

– Dhammapada 130

He dudado mucho antes de ponerme a escribir este artículo —todavía guardo en estado de borrador el que escribí a raíz de los atentados de Charlie Hebdo y que nunca publiqué. Sin embargo, responde a la función de este blog de explorar cuestiones relevantes para nuestro tiempo a la luz de una comprensión y práctica contemporáneas del budismo, y a la convicción de que éste no puede desconectarse de los acontecimientos que afectan a la sociedad. Las reflexiones no son en esencia políticas sino que parten de las preguntas: ¿Cómo entiendo mi práctica del dharma ante sucesos como los ocurridos el pasado fin de semana? ¿Y cómo entiendo los acontecimientos a través de conceptos budistas fundamentales?

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Este mudra (gesto) se llama “abhaya” (no-miedo) y la leyenda lo vincula a cuando Buda paró y calmó a un elefante enloquecido. Usado para simbolizar paz y protección, siempre que lo veo pienso “Stop. No temas.”

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