5 lecturas (¿budistas?) diferentes

¡Feliz año a todos y todas! Cada vez más me gusta empezar el año con gratitud y generosidad, cualidades fundamentales para cualquier persona que medite. La gratitud contrarresta nuestro sesgo atencional negativo, es decir, la tendencia a fijarnos más en lo negativo; y la generosidad se opone a la codicia y el apego, ya que es un movimiento de soltar, de dejar ir.

Así que, aunque llego tarde para navidad (y justísimo para reyes), os ofrezco cinco recomendaciones de libros. Esta vez he pensado en lecturas un poco distintas de otras veces, conectadas con el dharma de forma oblicua, indirecta. Espero que os gusten —y aprovecho para desearos un buen inicio de año 🙂

1. Esta vida: fe secular y libertad espiritual, Martin Hägglund

Cuando leí que estaba en camino la traducción española de este libro, di saltos de alegría. Para mí, hubo un antes y un después de leerlo, y en 2019 sentí que era el libro que más me había hecho pensar en años. Si no queréis esperar a mayo, que es cuando lo publicará Capitán Swing, por suerte podéis leer la introducción traducida en dos posts para Medium: parte 1 y parte 2.

Partiendo de que lo secular tiene que ver con una vida mundana (finita, imperfecta y vulnerable) y lo religioso con una vida celestial (eterna, perfecta, invulnerable), Hägglund argumenta contraintuitivamente que la segunda, más allá de si existe o no, no es deseable. Para Hägglund, si las cosas (las personas y los proyectos) importan y nos sentimos llamados a cuidar de ellas, esto se debe en parte a que su existencia es frágil y el tiempo limitado: hay algo en juego. Muchas tradiciones religiosas y espirituales se nutren de la tendencia humana a querer trascender estas características de la vida, pero según Hägglund esto eliminaría lo que anima el cuidado, lo hace que la vida valga la pena. Al no haber nada en juego, no sería necesario preocuparse por nada ni nadie, y uno podría procrastinar lo importante hasta el infinito.

Hägglund define la fe secular de dos maneras: (1) como la creencia de que la vida merece ser vivida, lo cual es un acto de fe, puesto que no puede comprobarse científicamente ni racionalmente; y (2) como la devoción a una vida que terminará, a proyectos que pueden fallar y desmoronarse —en contraste con la devoción a un algo eterno y que no puede fallar(nos).

A pesar de que hubo secciones enteras donde creía estar leyendo una interpretación brillante de la doctrina budista de las tres características de la existencia, Hägglund parece conocer muy poco el budismo. De hecho, cuando le escribí en twitter, este paralelismo le sorprendió e interesó mucho, y en el libro sólo hace referencia un par de veces al académico Steven Collins para hablar del nirvana. Sin embargo, su propuesta encaja muy bien con un dharma secular y yo diría que hasta lo enriquece, una afinidad que no ha pasado desapercibida.

Cuando hace un par de años este libro sacudió el mundo intelectual, enseguida captó el interés de pensadores budistas seculares como Stephen Batchelor y Winton Higgins, inspirando el artículo ‘Embracing Extinction’ del primero y estos dos vídeos del segundo. Es una obra larga, y me perdí un poco en la segunda parte, donde Hägglund transforma los conceptos filosóficos de la primera en ideas sociales y políticas, y ahí ya me falla el vocabulario. Pero no me cansaré de recomendar este libro: es un verdadero acto de filosofar, profundo, emotivo y bien escrito.

2. El manifiesto de los cuidados, The Care Collective

Como si continuara la segunda parte del libro anterior, ‘El manifiesto de los cuidados’ (también disponible en catalán como ‘El manifest de les cures’) es un volumen muy fino que propone una política basada en el concepto de los cuidados, articulando una sociedad donde todo (la estructura de familia, la economía, la gestión del espacio público…) gira alrededor de cuidar y ser cuidado.

No soy muy dado a estas lecturas, y como dije antes me pierdo un poco por falta de conocimiento, pero me gustó mucho este libro. Siguiendo el formato del manifiesto y con una voluntad de divulgar, está escrito en un estilo directo (aunque todavía un poco formal) y no se entretiene con detalles técnicos. Pero quien quiera profundizar en alguno de los temas tiene unas notas a pie de página y una bibliografía repletas de referencias y estudios.

Si Hägglund hacía por lo menos un par de menciones del budismo, no sabemos ni si The Care Collective ha oído a hablar de él. Y esto no obstante, muchas de sus propuestas parecen aplicaciones directas de principios dhármicos a cómo organizar nuestra sociedad. La simpatía es fuerte. De hecho, cuesta creer que no han tenido influencias budistas cuando el subtítulo del libro es ‘La política de la interdependencia’!! Esta es una lectura perfecta para cualquier meditador activista o interesado en política; pero también cualquier practicante que quiera leer algo diferente y, aun así, en sintonía con el dharma.

3. Resistencia desde la cocina: el recetario vegano de Casa Virupa

Este centro de retiros ha publicado un libro de recetas veganas que es, a la vez, un libro de dharma. Con una edición cuidadísima y unas fotos que te hacen la boca agua, Casa Virupa predica con el ejemplo al aplicar los principios del amor y la sabiduría a algo tan cotidiano como el comer. ¿Cómo puedo aplicar las enseñanzas a mi día a día?, pregunta a menudo la gente. Pues aquí hay un ejemplo.

El libro intercala recetas con explicaciones cortas de conceptos básicos de la alimentación vegana y la filosofía budista, además de contener una entrevista con el maestro residente de Casa Virupa. Su libro, dicen, es «una declaración de obviedades y un compromiso con la vida, con lo de siempre. Es también una carta de amor al hedonismo, una defensa del placer de hablar de comida mientras se come. Una reivindicación de las sobremesas eternas y de querernos sibaritas en el estómago y en nuestros valores.»

Y hablando de manifiestos, también incluye uno que podéis leer aquí.

4. Biografía del silencio, Pablo d’Ors

La otra cara del activismo es la contemplación, el silencio y la soledad reconstitutiva. Así respira este conocido libro del sacerdote Pablo d’Ors. Con un título muy acertado, ‘Biografía del silencio’ se lee como un dietario meditativo sin orden ni temario, que reflexiona alrededor de la experiencia de la calma y la sencillez. Gracias a su minimalismo ideológico, a sus capítulos breves, y a un estilo literario austero pero cálido, resulta una lectura muy ligera.

Esta ligereza no va reñida con la profundidad, sino más bien al contrario. Y es que, aunque uno podría leerse el libro casi del tirón, parece que Pablo d’Ors te invite a leer unas pocas páginas, cerrar el libro y apoyarte en el respaldo a pensar mirando al techo. La afinidad con el dharma aquí es aún más evidente que en las primeras dos recomendaciones, pero a diferencia del recetario de Casa Virupa, permanece implícita. Al fin y al cabo, Pablo d’Ors es cristiano; pero habla de esa experiencia casi universal que es el recogimiento y la contemplación.

5. La desaparición de los rituales, Byung-Chul Han

En uno de sus libros más recientes, este popular filósofo coreano asentado en Alemania propone que hoy vivimos un exceso de comunicación pero sin comunidad, y que los rituales son una forma de comunidad sin comunicación, una manera de crear sentido colectivamente, usando el pensamiento simbólico en lugar del discursivo. Para alguien como yo, y seguramente muchas budistas contemporáneas (con o sin la etiqueta de ‘seculares’), interesarse por una crítica a la ausencia de rituales es contraintuitivo, pero yo lo recomiendo como elemento positivamente desestabilizador.

Para Han no es casualidad que la dimensión ritual haya ido desapareciendo de nuestras vidas a la par que subía el culto a la individualidad. Esto es un movimiento secularizador en el que el espacio público (es decir, interpersonal) queda limpio de religiosidad, y ésta se relega al espacio privado en el interior de cada uno —y ya de paso se ‘rebrandea’ como espiritualidad, que suena mucho mejor. Sin embargo, esto puede desembocar en un narcisismo que boicotea la transformación que tanto se busca, debido al énfasis cada vez más enfermizo en mirarse el ombligo de la propia psique. No hay más que ir a una librería para comprobar los niveles de esta locura. Contra eso, el ritual puede ser un querido alivio, o incluso un elemento contracultural, ya que, como dice Han, son gestos vaciados de psicología y vaciados de ‘yo’.

Mientras tanto, el individualismo forma parte de una cosmovisión que eleva la productividad y el consumo por encima de todo, ambas cosas en que los rituales no pueden participar, ya que no producen nada y no son un bien a consumir o mercantilizar. Los rituales son al tiempo lo que las cosas son al espacio: lo pueblan, lo hacen habitable, le dan coherencia y estabilidad.

Si habéis seguido un poco su obra, es probable que a partir de cierto momento tengáis la sensación de que Han está aprovechando el tema de los rituales para vomitar sus ideas y críticas de siempre. A mí no es algo que me molestara. Si el discurso de Han os es familiar, en el peor de los casos os saltaréis algunos capítulos o los leeréis por encima; y si no, no sentiréis que el autor presupone que ya conocéis su obra y no os faltarán piezas del puzzle.

Entre las muchas reflexiones que este libro me despertó, conectó con ideas que he conocido gracias al estudio académico de la religión, ya que por temperamento no creo que me hubiera interesado por el fenómeno ritual. Entre otras cosas, el ritual suele entenderse como un aspecto lúdico y estético de las tradiciones y se identifica con el origen del concepto de juego, el descubrimiento de que el acto de pretender, la performance, configura una realidad.

Este es otro de los libros que más me ha estimulado en los últimos años a nivel existencial y me ha dejado con curiosidad para replantear y reimaginar la dimensión ritual en mi proyecto, a fuego muy lento, de seguir actualizando el dharma secular en su constante diálogo con la tradición.


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Dharma y #BlackLivesMatter

Despertar a mi condición de ser blanco es parte del despertar. Y es parte del primer paso del camino óctuple: la visión apropiada (sammā diṭṭhi). Despertar a los impulsos intolerantes que hay en mí es parte del despertar. Y es parte del segundo paso del camino óctuple: la intención apropiada (sammā saṅkappa). Voy a intentar explicar por qué esto no es política sino una parte innegable de la práctica budista. Al final del artículo, propongo una meditación.

Como el epicentro del conflicto racial está ocurriendo en Estados Unidos, puede parecer que no es tan cosa mía. Que hago bien en reflexionar sobre el tema, lamentar los sucesos y el dolor involucrado (y el favorito de todos: ¡tener una opinión al respecto!), pero que a fin de cuentas no tengo trabajo que hacer porque la realidad de España es otra. Que no es perfecta y hay desigualdad, pero que no es lo mismo, aquí estamos a salvo.

No lo tengo tan claro. Obviamente las historias de ambos países son distintas, pero que eso signifique que deba limitarme a observar la situación del otro continente y no tenga trabajo personal que hacer es no solamente falso, sino peligroso. Y aún diría más: es una oportunidad desaprovechada. He aquí el verso 121 del Dhammapada:

No te tomes el mal a la ligera,
pensando ‘a mí no me llegará’.
El cántaro se llena gota a gota,
el necio se llena de maldad poquito a poco.

En España hay racismo, xenofobia, misoginia, LGTBIfobia, clasismo. De hecho, si la percepción no me engaña, la intolerancia parece estar al alza. Y una de las cosas que lo permite es precisamente el ‘a mí no me llegará’—aquello que también impidió tomar medidas a tiempo para el coronavirus. La intolerancia no te llegará si estás atenta y vigilante; si no, con el guardián del mindfulness distraído y confiado en el ‘yo soy buena persona’, se te puede colar de todo por la puerta.

Esta convicción de ser buena persona es un ejemplo de apego que el canon pali llama attavāda upādāna, y muestra el problema de las opiniones o puntos de vista fijos (diṭṭhi). La práctica no consiste en sostener esta opinión ni una contraria. Consiste en observar los contenidos de tu mente en sí mismos, reconocerlos por lo que son, y con una sensibilidad ética que vamos refinando, disolver lo perjudicial y promover lo positivo.

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Una mirada budista al coronavirus: cómo afrontarlo con plena conciencia

La leyenda cuenta que Siddhartha Gautama vivía en un palacio aislado de todo contacto con el lado frágil y vulnerable de la vida humana. En varias salidas de palacio, tal fue el shock que le produjo ver a personas enfermas, ancianas, y muertas, que reconsideró su vida entera.

Este relato es puro mito y nada tiene de histórico —siento reventar burbujas. Buda no fue un príncipe ni mucho menos vivió ajeno a la tragedia: su madre, sin ir más lejos, murió una semana después de darle a luz. Aun así, la leyenda sirve como paradigma de un despertar profundo, cuando la cruda realidad llama a la puerta y tomamos conciencia de nuestra condición existencial, como si se nos hundiera un pedrusco en el estómago.

Sé que todo esto es bastante cliché y lo habréis leído mil y una veces, pero nunca deja de asombrarme la facilidad con qué me encierro otra vez en el palacio. Y entonces llegan noticias que son viejas, y digo para mis adentros: por supuesto…

Somos olvidadizos. Las llamadas de puerta se pierden en las nieblas del pasado y la cotidianidad. ¿De qué manera podríamos tenerlas más presentes? Mindfulness. Como no me canso de repetir en este blog, la palabra mindfulness (sati) significaba en origen ‘memoria’. En la época de Buda adquiere un sentido doble que también aplica al ahora: de ahí el tener presente de dos frases atrás. Ser plenamente consciente de algo es no olvidarlo, tenerlo en mente. No hace falta señalar, por ejemplo, que lavarse las manos a conciencia o no tocarse la cara son grandes ejercicios de mindfulness, y que consisten en gran medida en recordar hacer (o no hacer) algo.

Sobre la relación entre el sentido de ‘memoria’ y el de ‘contemplación de la experiencia presente’, recomiendo “A History of Mindfulness” (2012) de Bhikkhu Sujato, págs. 153-154.

En el budismo tradicional, una de las cosas que se tienen presentes es nuestra condición existencial, tal como está grabada en la leyenda del shock de Buda al salir de su palacio. Esto es una práctica, algo que cultivamos: no lo dejamos al azar, en plan «espero no olvidarme de esto,» sino que practicamos ser conscientes de ello de la misma forma que practicamos ser conscientes de la respiración, de nuestros estados mentales, o lo que sea. Designamos una porción de tiempo, dejamos de lado otros quehaceres, asumimos una postura formal y realizamos un ejercicio.

Los caminos graduales del budismo tibetano empiezan con reflexiones sobre la fragilidad y rareza de la existencia humana. No se deja para más tarde: está ahí nada más comenzar. De manera similar, una práctica central en la tradición tailandesa del bosque es meditar en cementerios y vertederos de cadáveres.

Reflexiones sobre la muerte son un elemento integral en casi todo tipo de budismo, desde los inicios, cuyos textos hablan de cultivar maraṇasati: mindfulness de la muerte. Curiosamente, este tipo de prácticas brillan por su ausencia en los entornos budistas/meditativos occidentales, en especial los secularizados.

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Cómo dejar de confrontarnos en 2020

Lo escribí en una hoja que había arrancado de mi ‘libreta de pensar’ y lo clavé en el corcho de mi habitación. Pone: ¿Y si las conversaciones no consistieran en argumentar, rebatir y convencer?

Este hábito replicón lo llevamos tatuado por la aguja de nuestra educación. Ya ni vemos la piel que hay debajo. No pongo en duda la maravilla del pensamiento crítico, sino la reactividad, la falta de conciencia con que disparamos patrones mentales y comunicativos. Escuchamos para encontrar falta, exageramos las posturas ajenas, buscamos ese ejemplo en que no se cumple lo que nos han dicho para así discrepar o invalidar.

Si piloto en el plano de los absolutos, cuando encuentre esos ejemplos descartaré el discurso del otro por completo. Si no es verdad 100%, lo es 0%, tiene lógica ¿no? Con ese descarte perderé la oportunidad de identificar ocasiones concretas de mi vida en que la afirmación del otro es aplicable, cosa que me permitiría crecer. Tiempo perdido en el planeta de lo práctico.

Atrofiar la capacidad para el matiz, los grises, el ‘caso por caso’, no hace más que alimentar las confrontaciones y las distancias, alejarnos de los puntos de encuentro, polarizar, crear opuestos exagerados y falsos. Ahoga la posibilidad de entendernos mutuamente —y de conocerse a uno mismo.

La imagen que vamos asumiendo de nuestra propia época es la de un mundo cada vez más crispado y dividido. Para algunos es un retroceso hacia la oscuridad, mientras que otros ven un triunfo de los valores de peso.

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Meditación, identidad y trascendencia

Este artículo está basado en una reflexión que ofrecí en Sheffield el pasado 16 de noviembre, en el primer día de meditación para LGBT+ y aliadxs del Reino Unido, que dirigí junto a mi amiga River Wolton.

La cuestión de la identidad es crucial. Podemos notar que cualquier identidad puede conllevar dolor: la identidad es algo intrínsecamente imperfecto. Y por eso muchas tradiciones de sabiduría hablan de trascender el Yo. Esto se puede entender en términos de trascender la identidad, pero la trascendencia no significa rodear o evitar algo: siempre es ‘a través’.

No trascenderé mis compulsiones pretendiendo que no las tengo ni juzgando que no debería tenerlas, sino reconociendo su presencia, estando en contacto con ellas, incluso sondeándolas. Entonces veré si aguantan el examen o se desintegran (si están vacías, como suele decir el budismo). Trascender las compulsiones nunca se logra rodeándolas o pasándolas por alto. Lo mismo vale para la identidad.

No las demonicemos. Las identidades nos ayudan a navegar. Somos seres socializados y las etiquetas surgen al estar en relación. Si un ser humano nunca se socializara, dudo que tuviera mucha necesidad de identidades y etiquetas: ¿para qué iba a creárselas? Pero vivimos con otros, vivimos en contraste con lo que es diferente y lo que es similar, por lo que surgen identidades y etiquetas. La cuestión es cómo nos relacionamos con ellas. Porque podemos tener una relación más apegada y rígida con la identidad, o una relación más suave y fluida.

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Esto está escalando: satipaṭṭhāna y el ‘procés’

Integrar el dharma significa vivirlo en y a través de los momentos históricos que te tocan. Por muy idónea que parezca para la práctica, esa plataforma flotante y aislada donde Goku luchaba no existe. Sólo tenemos nuestro mundo de hoy para meditar y debemos digerir las lecciones que nos emplata. Es nuestro maestro.

Cuando vives desde el extranjero momentos significativos de tu tierra, te sientes interpelado y distante al mismo tiempo. Hace un par de días, una chica suiza me preguntó por la situación en Cataluña. Y dado que ella no sabía nada del tema y a mí no me hacía mucha ilusión tratarlo, le presenté un resumen.

¿Cuánto hace que dura esto? preguntó ella. Hice un zoom out, vi la evolución de los últimos diez años, y me pregunté con temor a qué podría desembocar todo esto. Sentir que estamos por encima de barbaridades del pasado no garantiza nada, ya que todas las épocas se han sentido así y la historia se repite de todas formas. ¿Qué guerra mundial tenía que acabar con todas las guerras? La primera.

No presagio nada. Soy un estudioso de la religión, y tengo tanto de analista político como de nadador olímpico. Pero la historia y la espiritualidad son ejes distintos que, contrapuestos, tienen conversaciones reveladoras. La historia se ocupa de lo horizontal, aquello que se extiende en el tiempo. La espiritualidad se ocupa de lo vertical, los temas atemporales de la humanidad.

Desde esta segunda perspectiva, las circunstancias históricas de un fenómeno nunca son verdaderamente nuevas, aunque sean técnicamente irrepetibles: como tantas películas, son variaciones del mismo puñado de tramas básicas.

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Ver la vacuidad de nuestros discursos culturales

Acabo de ver el episodio «Moda modesta» de la serie documental de netflix «Internet y el nuevo periodismo.» La moda modesta es un movimiento que reivindica una forma de vestir que muestre menos, que sea compatible con ciertas tradiciones religiosas, y que sea no obstante moderna y estilosa.

El documental entrevista a mujeres diseñadoras: cristianas, musulmanas y judías ortodoxas; pero describe este movimiento de moda como transversal e incluyendo personas no religiosas. El estereotipo contra el que diseñadoras e influencers tienen que luchar es que ir cubierta es retrógrado y opresivo. La moda modesta lo cuestiona y reclama la agencia de quien quiera no seguir el ir destapada que se ha convertido en un status quo.

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En el contexto del vestir, ¿qué significa ser libre si vas de tienda en tienda buscando algo modesto y no encuentras casi nada? ¿Puedes realmente vestir como te apetezca? La libertad absoluta es un mito. La mujer media que va con escote y minifalda no siempre ha elegido vestir de esta manera. Toda época tiene unos discursos y unos cánones que nos influyen enormemente. Lo que plantea la moda modesta es que el destape no es necesariamente más libre, sino un canon más de tantos.

Ir tapados nos puede parecer opresivo porque un día, cuando eso era la norma, los movimientos divergentes eran criticados y empujados a conformar, y ese empuje es ciertamente opresivo. Obviamente, también hay motivos actuales de fundamentalismo religioso, pero no es esto lo que tenemos delante. Hoy los papeles han cambiado: el canon es ir destapada (que poco a poco se va aplicando también a los hombres) y el movimiento divergente es cubrir más piel. No dejaría de ser irónico que esto fuera ahora lo criticado y empujado a conformar.

Las etiquetas de opresivo y liberador pertenecen a los periodos de transición y quizás es básicamente ahí donde tienen sentido; son circunstanciales, vacías. Una vez un canon está en plena vigencia y tiñe a la sociedad ¿sigue siendo liberador? La libertad que haya ya no se puede medir con la adherencia a esa moda sino con hasta qué punto es permitido desviarse de la norma.

Evidentemente, la moda no es lo interesante en este blog: la cuestión son los cambios y sus percepciones. Podríamos estar hablando también de cambios en tendencias culturales, usos del lenguaje, modelos de espiritualidad, concepciones de distintos grupos humanos… Seguro que cada cual puede encontrar ejemplos en esas y otras categorías y examinar cómo se relaciona con ellos.

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¿Cuál es el discurso imperante o el canon que no veo porque es como agua para un pez? ¿Qué sensación noto cuando éste es desafiado? ¿Qué reacción surge inmediatamente? ¿Puedo ver la condicionalidad de ese canon y entender cómo llegó a estar donde está?

Como budistas y meditadores de una época que cada vez más se percibe como un eslabón hacia un mundo distinto, nuestra práctica debe incluir ver la vacuidad de los discursos implícitos de nuestro tiempo: ver su contingencia, ver las normas con las que me crié en tanto que normas… Porque si sólo veo la paja en el ojo pasado, me convertiré en el intransigente del mañana.

Y mientras algunos sucesos es casi imposible no verlos como involuciones —y no estoy sugiriendo que todo lo nuevo tenga que ser bueno—, la tarea es suspender el juicio automático y la reactividad frente a todo aquello nuevo, darme cuenta de mi aferramiento al cómo eran las cosas, y ver con ojo crítico tanto el mundo como mis gafas.

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Tengo una amiga del otro bando

He estado evitando escribir sobre el conflicto catalán. Lo iba a hacer justo después del 1 de octubre, pero con la velocidad acelerada a la que cambiaba el paisaje, lo que escribía un día no valía al cabo de dos. Ahora, capaz de mirar con más ecuanimidad que hace unas semanas, veo más cosas. En especial, veo las barbaridades que dicen y pregonan “los míos”, la gente de mi misma opción política.

Esto es nuevo. Las barbaridades siempre las dicen los “otros”: los rusos, los americanos, los integristas… Y cuando te toca de cerca, sientes la agitación de forma mucho más vívida. Esto me ha motivado a recuperar esbozos y escribir, intentando articular algunas maneras de aplicar la práctica y la meditación a la situación actual.

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Esto implica ejercer la autocrítica, básicamente porque el “ellos hacen esto y aquello tan mal” ya lo traemos puesto de casa y no hace ninguna falta ejercitarlo más. Puede que ante esto la reacción inicial sea de rechazo. Si es el caso, sé consciente por unos instantes de la sensación de no estar dispuesto, observa cómo se registra en tu cuerpo, si hay tensión, si como estado de ánimo es agradable o incómodo, si es un sitio al que te querrías mudar. ¿Por qué no queremos replantearnos posturas, matizar opiniones? ¿A veces sentimos que no nos apetece comprender mejor a la otra parte? ¿Por qué? ¿Qué perderíamos?

Tengo una amiga del otro bando. Lo agradezco. Nos pone a ambos en contacto con una realidad diferente de la que podamos experimentar en los límites de nuestra individualidad. Podemos relativizar puntos de vista, ver cosas que no veríamos de otra forma. Y esto, hoy en día, es oro puro. Vivimos en buena medida a través de unas redes sociales que, con algoritmos y criterios que ignoramos, filtran lo que nos muestran y lo que no. Lejos de promover una visión más completa y plural de la realidad tal cual es, nos presentan una imagen sesgada y parcial basada en aquello que nos gusta.

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Mindfulness, cerveza y gasolina

Poco a poco, y con el habitual retraso frente al mundo anglosajón, el mindfulness se va filtrando en nuestra sociedad, especialmente al mundo de la empresa. A eso alguna gente responde con entusiasmo y otra con indignación o sensación de declive. Lo segundo es la reacción de moda entre budistas y meditadores con currículum, los que podrían pensar «Yo medito desde hace tiempo, no porque me haya subido ahora al carro del mindfulness.»

La noticia, que compartió el abad zen Dokushô Villalba en su muro de facebook, es que «Repsol y Mahou San Miguel se apuntan a la meditación.» Y la verdad es que, pasada la reacción automática de descrédito inicial, a mí me parece fantástico. Creo que la introducción de la meditación en un entorno raramente puede ser algo negativo, y no encuentro argumentos para oponerme a que las personas que trabajan en esas empresas, en la posición que sea, mejoren su calidad de vida, independientemente de que me guste o no lo que hacen esas corporaciones y el modelo económico actual del que forman parte. Y en lugar de dejar que las discrepancias y reservas que uno pueda tener respecto a esas iniciativas nos hagan decir «no» a ellas, prefiero pensar que es un buen inicio, pero que hay cosas a mejorar.

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Un mojito, Venerable

Mientras la popularidad del budismo sube en occidente, su relevancia se debilita en los países donde es la religión tradicional –o una de ellas. Las sociedades asiáticas se modernizan con rapidez y acogen con entusiasmo el mismo proceso que, en Europa, fue vaciando las iglesias. El budismo no atrae al mismo volumen de gente y, por lo tanto, cuenta con menos apoyo económico. No tiene más remedio que adoptar medidas para seguir siendo relevante (y económicamente viable) en la sociedad del siglo XXI.

Algunas de las medidas de modernización más habituales en muchos países budistas son ofrecer seminarios en inglés para los turistas o los extranjeros residentes en el país, u ofrecer fines de semana de inmersión. Los sacerdotes han abierto blogs. Se dan clases de meditación y de yoga en templos urbanos. Pero todo esto es bastante convencional, y Japón, que tiene fama de idear cosas que nos parecen estrambóticas, va un paso más allá.

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