Lo que no recordamos sobre el mindfulness

El título de este artículo es un juego de palabras. Se basa en que los términos budistas originales que traducimos como «mindfulness» (smṛti en sánscrito, sati en pali, dran pa en tibetano) significan «memoria», «recuerdo». Tener atención plena es recordar algo, tenerlo presente.

Con tanto énfasis en el momento presente, quizás sorprenda que el significado tradicional de mindfulness nos remita al pasado. Pero el poder del mindfulness para orientar nuestras vidas aumenta cuando vemos cómo, en su contexto budista, la atención plena es un elemento cohesionador que reúne el pasado, el presente y el futuro: nuestros votos y aspiraciones, lo que hacemos ahora y hacia dónde queremos ir.

No escribo en contra de ninguna noción contemporánea de mindfulness, como diciendo que occidente se ha equivocado, sino a favor de recuperar una dimensión que puede enriquecerla, que es la dimensión ética. Todos estamos bastante familiarizados con la definición del mindfulness de Jon Kabat-Zinn como «la conciencia que surge al prestar atención al momento presente, a propósito, sin juzgar». Comparémoslo con este pasaje del canon pali (SN 48.10):

¿Cuál es la facultad del mindfulness? Un noble practicante es consciente, posee una excelente atención y vigilancia, puede recordar lo que se dijo y se hizo tiempo atrás. Vive contemplando el cuerpo, las tonalidades, la mente y los procesos; con entusiasmo, plenamente consciente y atento, dejando de lado la codicia y el descontento hacia el mundo. Esto se llama la facultad del mindfulness.

Esta definición es doble. Quizás reconozcas la segunda parte como los cuatro satipaṭṭhānas: los cuatro fundamentos o aplicaciones de la atención plena, o como yo prefiero traducirlo, las cuatro formas de estar presente. La primera parte, sin embargo, puede sonar extraña: ¿lo que se dijo y se hizo tiempo atrás? Pero como factor de despertar, mindfulness también se define como recordar y reflexionar sobre las enseñanzas (SN 46.3).

Estas connotaciones no son una peculiaridad de los primeros discursos —la obra paracanónica Las preguntas del rey Milinda (Milindapañha) explica mindfulness de la misma forma— ni de la tradición pali. Śāntideva dedica el quinto capítulo de «La práctica del Bodhisattva» (Bodhicaryāvatāra) a la atención plena y dice lo siguiente:

25. Alguien cuya mente carezca de introspección vigilante
aunque estudie, reflexione y medite
no podrá recordar nada, como no puede retenerse
el agua vertida en un recipiente perforado,

26. Muchos, aunque no son muy instruidos
y tienen fe y perseverancia diligente,
por el defecto de carecer de introspección vigilante
se mancharán con las caídas.

27. La falta de introspección vigilante es un ladrón
que acecha y, cuando disminuye la atención,
roba todos los méritos que se han acumulado
y uno se precipita en los reinos desafortunados.

28. Las emociones negativas son una banda de ladrones
que buscan una ocasión para dañarnos.
Cuando la encuentran, se llevan nuestra virtud
y aniquilan las vidas en existencias felices.

29. Por lo tanto, no debo permitir que la atención
jamás se ausente de la entrada de la mente.
Si la abandona, haré que vuelva
evocando los tormentos de los reinos inferiores.

39. Al comenzar una actividad me diré:
«Así es como mi cuerpo ha de permanecer».
Y de vez en cuando lo examinaré
para ver si es así como aún sigue.

40. Una vez atado ese elefante loco, mi mente,
al gran pilar de recordar las enseñanzas,
me esforzaré al máximo en observarlo
para que no pueda escaparse.

Śāntideva presenta la atención plena como el hecho de tener presente el voto del Bodhisattva —la intención de liberar a todos los seres vivos— junto con una conciencia que investiga si nuestros pensamientos, palabras y actos están en consonancia con ello (recordar «lo que se dijo y se hizo tiempo atrás»), además de recordar las consecuencias de actuar de forma virtuosa o no.

Comentando este texto, el lama tibetano del siglo XIII Thogme Zangpo resume el mindfulness como «ser consciente de todo lo que has decidido dejar atrás y todo lo que has decidido cultivar». Más que mera atención, el mindfulness es un tipo de conciencia a la que le importan las cosas, que recuerda nuestros valores, nuestros compromisos, la dirección de nuestra vida. De este modo, aporta cohesión e integridad, es el guardián que vigila y protege nuestra práctica.

En la serie The Good Place (spoiler leve) el personaje principal, Eleanor Shellstrop, tiene una epifanía moral. Se da cuenta de que cada vez que se comportaba fatal había una voz tenue, molesta y decepcionada en su interior. Pero cuando empieza a cambiar su comportamiento y a ser mucho menos egoísta, esa voz desaparece. Siente un alivio inmenso. Aunque siempre fue consciente de cómo actuaba, hasta cierto punto, los textos budistas clásicos dirían que sólo ahora es mindful. Porque la atención plena siempre va acompañada de un sentido de dignidad y respeto por uno mismo y por los demás (en pali, hiri y ottapa respectivamente). La vieja Eleanor no tenía ni una cosa ni la otra.

Un discurso pali (MN 117) explica cómo tres de los factores del camino óctuple —el esfuerzo (sammā vāyāma), la atención plena (sammā sati) y la perspectiva (sammā diṭṭhi)— interactúan para dar lugar a todos los aspectos de la práctica. Para cultivar la palabra sabia (sammā vācā), por ejemplo, debemos discernir la palabra sabia de la no sabia (perspectiva) y decidirnos a cultivar la primera y dejar ir la segunda (esfuerzo); pero a menos que tengamos estas cosas en mente y observemos continuamente cómo nos estamos comunicando en realidad, no habrá mucha transformación. Ése es justo el papel del mindfulness, nuestro querido guardián.

¿Cómo encaja esta dimensión integradora del mindfulness en la noción más habitual? ¿Cómo la relacionamos con los cuatro satipaṭṭhānas? A medida que practicamos, nos volvemos más plenamente conscientes de nuestra experiencia presente —tanto de nuestros pensamientos y emociones privadas como de nuestras interacciones— sin los juicios automáticos que tan a menudo la acompañan; y entonces podemos discernir, desde el espacio amable del respeto a uno mismo y a los demás, cuán alineada está con nuestros valores más profundos y nuestra visión.

Para esta tarea, es útil contemplar la naturaleza de nuestros cuerpos, nuestra fragilidad e interdependencia (kāyānupassanā); es útil contemplar las tonalidades placenteras y dolorosas (vedanānupassanā), los estados mentales de codicia, aversión o confusión (cittānupassanā), y especialmente cómo interactúan las tonalidades y los estados mentales; es útil contemplar cómo surge y desaparece lo que nubla o ilumina la mente (dhammānupassanā), etc. A su vez, todos estos datos cobran significado cuando recordamos «todo lo que hemos decidido dejar atrás y todo lo que hemos decidido cultivar».

Otras prácticas de mindfulness que no se han hecho tan populares como el satipaṭṭhāna muestran todo esto muy bien. Tomar conciencia de nuestra mortalidad (maraṇassati) nos recuerda que no podemos permitirnos el lujo de aplazar lo que realmente importa. La práctica de ‘recordar al Buda’ (buddhanussati) pretende refrescar en nosotros las cualidades despiertas que nos inspiran y queremos encarnar. Luego revisamos estas cualidades en la práctica de ‘recordar nuestras propias virtudes’ (sīlanussati). Además, las enseñanzas de satipaṭṭhāna incluyen un elemento «externo» que a menudo se ignora y que nos conecta muy directamente con la ética: se trata de ser más conscientes de los cuerpos, tonalidades y estados mentales de los demás.

Al principio dije que el mindfulness reúne el pasado, el presente y el futuro. Para estar plenamente presentes en nuestra vida y en la de los demás, recordemos nuestros votos y aspiraciones, lo que hacemos ahora y hacia dónde queremos ir. Recordemos esto sobre el mindfulness.


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