Blog

Guía para sanghas: cómo compartir tu práctica

Cuando meditamos cultivamos un espacio interior de apertura, aceptación, sin juicios. Pero este espacio no debería permanecer privado: tarde o temprano tenemos que extenderlo. Y antes de pretender abarcar el mundo entero y construir una sociedad iluminada, empecemos con círculos más pequeños.

Está el círculo de nuestras amistades, familia y gente del trabajo: ahí podemos aplicar las actitudes meditativas. Pero obviamente no vamos a darles la lata con budistadas varias y a aporrearles con los conceptos que acabamos de aprender. Como dijo un maestro —creo que Jack Kornfield pero no estoy seguro: camina por el mundo como si fueras el Dalai Lama de incógnito.

Luego está otro círculo: la sangha, la comunidad de práctica. (Y si no está, ¡créalo!) Son esas amistades con quienes la práctica, al contrario del incógnito, es explícita y compartida. He sido algo pesado en artículos recientes con la importancia de la sangha, pero en ésta nuestra era de la individualidad, eso es lo que tenderemos a olvidar. Reconocer esa tendencia condicionada nos brinda la oportunidad de cultivar circunstancias que hagan de contrapeso.

Sin embargo, no es nada obvio cómo estructurar un grupo de práctica y sus encuentros para que cumpla con su orientación o funciones, que ya no son sencillos de identificar. Queda claro que un elemento fundamental es compartir nuestras experiencias. Si un curso o clase te proporciona la práctica, una sangha es adonde traes tu práctica y la compartes —aunque, idealmente, ambos formatos cubrirán esas distintas funciones.

En este post quiero explorar el aspecto de compartir la práctica desde mi experiencia de guiar una sangha así como de ser parte de varias. No será exhaustivo pero espero que sí útil. Me encantará recibir vuestras observaciones y experiencias, y así seguir la conversación en la sección de comentarios y nutrir posibles artículos futuros.

Seguir leyendo “Guía para sanghas: cómo compartir tu práctica”

En defensa del estudio académico del budismo

Si has leído nunca este blog, o mi bio, sabrás que parte de mi labor es el estudio (académico) del budismo temprano. Soy un estudioso, y soy un practicante. En este blog escribo cosas prácticas, y también cuestiones que tienen que ver con la historia del budismo y sus ideas. Dirijo una pequeña sangha, imparto talleres esporádicamente y retiros como profesor asistente. Y también tengo un lado escolástico: pronto empezaré un doctorado en el Centre for Buddhist Studies de la Universidad de Bristol.

Todo esto no lo cuento para fardar, sino porque esta combinación de elementos es poco frecuente y me ha valido comentarios bastante curiosos, tanto en mi actividad bloguera como en entornos meditativos. Para poner un ejemplo: a inicios de este año estaba en un monasterio en Asia y conté a alguien que me había decidido a hacer el doctorado: la conversación fue derivando del “qué interesante” al “esto no es lo que toca.” Mi interlocutora era veterinaria y yo no sentí la necesidad de decirle que curar a hámsters “no es lo que toca,” por muy noble que sea la labor.

(Aquí cuando practicaba para leer manuscritos pali birmanos. Nunca lo usé y apenas lo recuerdo. ¿Fue una pérdida de tiempo? Bueno, no es peor que pasar horas en youtube.)

Otra respuesta que recibo aquí o en facebook, muy elaborada y nada gratuita, es del tipo “tanta palabra para qué, eso no ilumina.” Y siempre me quedo pensando: ¿Irá a blogs de windsurf a comentar lo mismo? Hacer windsurf tampoco ilumina… Y si sí, ¿por qué estudiar pali no?

Seguir leyendo “En defensa del estudio académico del budismo”

En busca del placer budista (I)

Del tamaño de un pulgar, esta pegatina predicaba a los pasajeros del autobús. Inmerso en reflexión como llevaba todo el día, respondí para mí mismo: ¿Celebrar exactamente de qué manera? Porque hay una manera en que, sin duda, tenemos que parar la celebración: ten más, experimenta más, traga más.

La versión más secuestrada de la meditación lleva un vestido similar. Quienes conozcan poco el budismo pueden sorprenderse de saber que originalmente el mindfulness no se diseñó para intensificar las experiencias sensoriales, sino que era una herramienta para romper su hechizo. “Disfruta más” —tal y como solemos entender esta frase hoy— habría sido su eslogan más inverosímil. Pero ¿qué hay de malo en disfrutar la vida, una se podría preguntar?

Sospecho que tendemos a interpretar las críticas budistas a lo sensorial como una negación de la vida tanto con como sin razón. Con razón porque el zeitgeist en el que se bañaba Gotama veía la vida efectivamente como una trampa —un sustrato religioso indio que las formas seculares del dharma quieren cambiar. Y sin razón porque ponernos a la defensiva con respecto a nuestro estilo de vida bloquea el pensamiento con matices.

Moldeados como estamos por una infancia cristiana reprimida y una loca pubertad consumista, tenemos muchos más números de andar con rodeos en cuanto a enseñanzas sobre la codicia que sobre la aversión. Sin embargo, pienso que en esa fase adolescente ya no hay nada más que hacer. Y, a pesar de no tener afinidad alguna con la mentalidad renunciante de la India del siglo V aC, me convenzo más y más de que necesitamos hablar seriamente sobre nuestra búsqueda patológica de gratificación.

Seguir leyendo “En busca del placer budista (I)”

O extinguimos la codicia o NOS extinguimos — El sentido original del nirvana

Casi titulo este artículo “Minimalismo o barbarie”. Necesitamos un nuevo estilo de vida, una reforma integral. Por muy beneficiosos que sean los enfoques intervencionistas, siento que están empezando a perder el tren. No hace falta borrarlos del mapa, de ninguna manera, pero limitarnos a ellos es una ceguera tozuda, y casi patológica, que nos va a costar un precio alto.

“Estabas presente, sí. Pero dirigiste una empresa que … contaminó la tierra. Qué bien que te sintieras en conexión con tu cuerpo y tu respiración mientras lo hacías.” (fuente)

Lo peor es que esta desgarradora viñeta aún contiene el optimismo de suponer que quedará alguien para hacer esa reflexión. No lo comparto por cómo señala a quienes dirigen empresas, sino por el impacto ecológico que todos tenemos —y con eso no quiero caer en la falacia de que todos tenemos el mismo poder.

Un antiguo modelo dibuja el despertar gradual en diez ataduras (saṃyojana) de las que hay que librarse. Una de las primeras es el apego a las técnicas (sīlabbataparāmāsa). El Buda, que formuló sus enseñanzas en respuesta al mercado espiritual de su día, criticó una actitud que veía muy de moda en su día, y que me gustaría llamar tecnofilia: ceñirse a la realización de unos ejercicios, ya fueran los rituales del brahmanismo o asceticismo extremo, pero luego no prestar atención al comportamiento del día a día.

En contraste a una perspectiva intervencionista y tecnofílica, el Buda propuso un camino holístico y ético. Éste era un sello de su enseñanza, inequívocamente, y los textos pali lo atestiguan: aunque las instrucciones concretas existen, brillan por su escasez y sobriedad. (Escribí sobre eso dos artículos atrás.)

Por encima de todo, el budismo primitivo habla en términos de adquirir una sensibilidad que discierna la cualidad ética de nuestras acciones, pensamientos y palabras, para así poder cultivar aquello que es beneficioso, que contribuye al bienestar personal y colectivo, que conduce a la serenidad y la comprensión, a la liberación. Pongo énfasis en lo del bienestar colectivo para quienes creen que eso no es dharma: nada menos que la famosa enseñanza de la originación dependiente (paṭiccasamuppāda) se presenta como un análisis de cómo se gestan y resuelven las disputas.

Me temo que hoy estamos inmersos en esa atadura de la tecnofilia —y tensando el nudo. Una visión de nuestro potencial que se quede al nivel de la intervención es una visión limitada y limitante. Pretende que sin cambiar tu vida puedes insertar un ejercicio en tu calendario y eso hará el trabajo. Y aunque el contraste de los inicios es prometedor, quedarse ahí es no avanzar.

Seguir leyendo “O extinguimos la codicia o NOS extinguimos — El sentido original del nirvana”

Meditar reduce la productividad (o debería)

Le tengo algo de tirria al discurso del no hay nada que hacer: No hay nada que arreglar, no hay problema, no hay meta, no hay que cambiar nada, hay que ser y no hacer, todo está bien como está… Viene con su ración de verdades, pero se pasa con la salsa.

Si alguien vende en serio este discurso, ¿cómo justifica la venta? ¿Cómo justificas cobrar a gente para un curso cuyo mensaje es que no hay nada que cambiar? Se me ocurre la respuesta “pero es que la gente se piensa que sí.” Pues incluso en ese caso no habría necesidad de cambiarles la idea, porque ya todo está bien ¿no? —incluido que la gente piense que está todo muy mal.

Quizá esté siendo un poco absurdo: un recurso dialéctico es un recurso dialéctico. Pero entonces tengamos claro que es eso. Imagino que esta dialéctica proviene del budismo mahayana, donde tiene una base filosófica que le da un sentido; pero si se exporta sólo el mensaje, cojea.

Como problema añadido, resulta mucho más fácil apropiarse de un mensaje aparentemente sin mensaje, como éste, para justificar la situación social, laboral o personal que sea. Y ahí es donde creo que el no hacer tiene unos tejemanejes peculiares con el discurso imperante de la productividad.

Sigue leyendo

El verdadero motivo por el que no progresa tu meditación

Hay una respuesta sencilla y a la vez amplia: porque estás intentando cambiar tu vida sin cambiar tu vida. No tiene que ver con cómo meditas, sino con el hecho de que sólo meditas.

En el budismo la meditación formal es sólo una de las varias herramientas transformadoras, está dentro de un contexto más amplio que le da forma y sentido. Hay unos cuantos pasos previos a eso de sentarse a meditar.

Se pueden tomar dos perspectivas hacia el proyecto de transformación. Una es que medito con la esperanza de que eso se extienda hacia el resto de mi vida. Este es el discurso imperante, el que se mide en los laboratorios. Su lógica es tan cristalina que quizá suene raro pensar que hay otra.

Esta otra perspectiva es que vivo de una forma que me facilite la meditación, así llego al cojín con media faena hecha. Si mi vida es una agitación constante del deseo caprichoso, la irritación o la atención a corto plazo, ¿qué espero encontrarme cuando me siente y cierre los ojos?

Seguir leyendo

Todo lo que (no sé si) querías saber sobre cómo se construyó el budismo moderno

Andaba yo todo emocionado con la idea de compartir en un post las ideas principales de un libro que terminé hace poco y que me ha parecido espectacular. Debería ser una obra indispensable en la estantería (o la nube) de cualquier persona interesada en el budismo secular o en la reforma y adaptación del dharma a la modernidad. De hecho, a lo Dupont y Dupond, yo aún diría más: es relevante para cualquier practicante de dharma de hoy.

Y cuál es mi sorpresa cuando, yendo ayer de tiendas haciendo de rey mago, ¡me encuentro que Kairós acaba de publicarlo en castellano! Así que el post se ha precipitado y va a convertirse en mi recomendación de libro para estas fiestas.

“The Making of Buddhist Modernism” de David L. McMahan es una descripción muy bien documentada de cómo se configuró el budismo moderno a partir de un complejo entramado de influencias culturales que emerge de la dinámica relación entre occidente y oriente.

Es un libro divulgativo, de historia y no de doctrina: no esperes iluminarte con él. Sin embargo, sí arrojará luz sobre argumentos budistas que habrás oído y leído mil veces. Su tesis principal tiene dos elementos: (1) que la mayoría de lo que llamamos budismo tradicional ya es un budismo reformado resultado de las interacciones Este-Oeste, y (2) que esta reforma se proyectó al pasado, extendiendo la percepción de que el budismo siempre ha sido así.

Seguir leyendo “Todo lo que (no sé si) querías saber sobre cómo se construyó el budismo moderno”