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Cómo dejar de confrontarnos en 2020

Lo escribí en una hoja que había arrancado de mi ‘libreta de pensar’ y lo clavé en el corcho de mi habitación. Pone: ¿Y si las conversaciones no consistieran en argumentar, rebatir y convencer?

Este hábito replicón lo llevamos tatuado por la aguja de nuestra educación. Ya ni vemos la piel que hay debajo. No pongo en duda la maravilla del pensamiento crítico, sino la reactividad, la falta de conciencia con que disparamos patrones mentales y comunicativos. Escuchamos para encontrar falta, exageramos las posturas ajenas, buscamos ese ejemplo en que no se cumple lo que nos han dicho para así discrepar o invalidar.

Si piloto en el plano de los absolutos, cuando encuentre esos ejemplos descartaré el discurso del otro por completo. Si no es verdad 100%, lo es 0%, tiene lógica ¿no? Con ese descarte perderé la oportunidad de identificar ocasiones concretas de mi vida en que la afirmación del otro es aplicable, cosa que me permitiría crecer. Tiempo perdido en el planeta de lo práctico.

Atrofiar la capacidad para el matiz, los grises, el ‘caso por caso’, no hace más que alimentar las confrontaciones y las distancias, alejarnos de los puntos de encuentro, polarizar, crear opuestos exagerados y falsos. Ahoga la posibilidad de entendernos mutuamente —y de conocerse a uno mismo.

La imagen que vamos asumiendo de nuestra propia época es la de un mundo cada vez más crispado y dividido. Para algunos es un retroceso hacia la oscuridad, mientras que otros ven un triunfo de los valores de peso.

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Meditación, identidad y trascendencia

Este artículo está basado en una reflexión que ofrecí en Sheffield el pasado 16 de noviembre, en el primer día de meditación para LGBT+ y aliadxs del Reino Unido, que dirigí junto a mi amiga River Wolton.

La cuestión de la identidad es crucial. Podemos notar que cualquier identidad puede conllevar dolor: la identidad es algo intrínsecamente imperfecto. Y por eso muchas tradiciones de sabiduría hablan de trascender el Yo. Esto se puede entender en términos de trascender la identidad, pero la trascendencia no significa rodear o evitar algo: siempre es ‘a través’.

No trascenderé mis compulsiones pretendiendo que no las tengo ni juzgando que no debería tenerlas, sino reconociendo su presencia, estando en contacto con ellas, incluso sondeándolas. Entonces veré si aguantan el examen o se desintegran (si están vacías, como suele decir el budismo). Trascender las compulsiones nunca se logra rodeándolas o pasándolas por alto. Lo mismo vale para la identidad.

No las demonicemos. Las identidades nos ayudan a navegar. Somos seres socializados y las etiquetas surgen al estar en relación. Si un ser humano nunca se socializara, dudo que tuviera mucha necesidad de identidades y etiquetas: ¿para qué iba a creárselas? Pero vivimos con otros, vivimos en contraste con lo que es diferente y lo que es similar, por lo que surgen identidades y etiquetas. La cuestión es cómo nos relacionamos con ellas. Porque podemos tener una relación más apegada y rígida con la identidad, o una relación más suave y fluida.

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Incluyendo el deseo en nuestra práctica (II)

Este artículo es una nota a las reflexiones de Rob Burbea sobre meditar con objetivos, que compartí dos entradas atrás. Y también sirve como segunda parte de lo que empecé en “En busca del placer budista” hace unos meses.

En 2013, Judson Brewer publicó un artículo titulado ‘Why Is It So Hard to Pay Attention, or Is It? Mindfulness, the Factors of Awakening and Reward-Based Learning’ (¿Por qué es tan difícil prestar atención? ¿Lo es? Mindfulness, los factores del despertar y el aprendizaje basado en recompensas).

Mucha gente que empieza a meditar siente que “no le sale”. El problema de concentrarse en algo como la respiración, dice Brewer, es que no ofrece recompensa, que es como los humanos aprendemos de forma natural. Por contra, la sociedad del consumo en la que vivimos sí se aprovecha de este mecanismo. ¿Podemos añadir algo similar a nuestra meditación? Mi respuesta, que elaboro más abajo, es que esto ya existía en el budismo primigenio.

Photo by Dawid Zawiła on Unsplash

El artículo de Brewer me hizo pensar: un método que niega la consecución o la recompensa, que declara que no hay meta, de entrada suena muy radical, lo cual encaja con la idea de que el dharma va a contracorriente. Pero si aplicamos este método en un entorno que se sirve —y muy eficazmente— de los sistemas de recompensa que son tan naturales para nuestra mente, ¿qué va a ganar? ¿Cómo va a ser efectiva a largo plazo nuestra práctica en esta selva de condicionamiento operante donde prosperan las vallas publicitarias, los discursos del miedo y la inseguridad si no respondemos acorde con esa selva? La práctica tiene que ser adecuada para el entorno, y eliminar la meta puede no ser la mejor opción hoy.

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Esto está escalando: satipaṭṭhāna y el ‘procés’

Integrar el dharma significa vivirlo en y a través de los momentos históricos que te tocan. Por muy idónea que parezca para la práctica, esa plataforma flotante y aislada donde Goku luchaba no existe. Sólo tenemos nuestro mundo de hoy para meditar y debemos digerir las lecciones que nos emplata. Es nuestro maestro.

Cuando vives desde el extranjero momentos significativos de tu tierra, te sientes interpelado y distante al mismo tiempo. Hace un par de días, una chica suiza me preguntó por la situación en Cataluña. Y dado que ella no sabía nada del tema y a mí no me hacía mucha ilusión tratarlo, le presenté un resumen.

¿Cuánto hace que dura esto? preguntó ella. Hice un zoom out, vi la evolución de los últimos diez años, y me pregunté con temor a qué podría desembocar todo esto. Sentir que estamos por encima de barbaridades del pasado no garantiza nada, ya que todas las épocas se han sentido así y la historia se repite de todas formas. ¿Qué guerra mundial tenía que acabar con todas las guerras? La primera.

No presagio nada. Soy un estudioso de la religión, y tengo tanto de analista político como de nadador olímpico. Pero la historia y la espiritualidad son ejes distintos que, contrapuestos, tienen conversaciones reveladoras. La historia se ocupa de lo horizontal, aquello que se extiende en el tiempo. La espiritualidad se ocupa de lo vertical, los temas atemporales de la humanidad.

Desde esta segunda perspectiva, las circunstancias históricas de un fenómeno nunca son verdaderamente nuevas, aunque sean técnicamente irrepetibles: como tantas películas, son variaciones del mismo puñado de tramas básicas.

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Tener objetivos en el camino espiritual no es un problema (Rob Burbea)

En este extracto de una charla de 2008, Rob Burbea cuestiona la reticencia espiritual a tener metas y a usar el lenguaje del esfuerzo. Maestro como los hay pocos, siempre profundo y heterodoxo a partes iguales, Rob sugiere que no deberíamos saltar al desapego antes de tiempo, sino usar un apego sano. He editado el contenido un poco para que fluyera más como lectura. Podéis escuchar aquí la charla entera (o el retiro entero: no tiene desperdicio).
Rob lleva años enfermo de cáncer, si quieres colaborar puedes hacer un donativo.

En mi vida ¿cómo me relaciono con el esfuerzo, con las metas, con nociones de progreso en el camino espiritual? Es fundamental forcejear con esta pregunta y para la mayoría de gente no es nada fácil. Podemos tener ideas de que la práctica trata de “simplemente ser,” lo que sea que esto signifique, o sólo “estar con lo que sucede.” Pero el Buda nunca usó este lenguaje.

Ideas así pueden ser muy útiles en ciertas ocasiones, como una de las múltiples perspectivas de nuestro buffet; pero si es la única, nuestra práctica espiritual termina teniendo muy poco parecido al resto de nuestra vida, que está llena de metas.

Si conduces un coche sabes que vas de aquí hasta allí y que tienes que hacer las cosas de manera que llegues. Cuando voy al baño, necesito tener el objetivo de… hacerlo dentro, los demás lo agradecerán. Una relación, incluso de amistad, tiene implícito el objetivo de que funcione, y si hay una fractura o disfunción intentaremos recobrar la armonía.

Las metas no son un problema en sí. Donde nos atrapamos y sufrimos es en la imagen de nosotros mismos que se crea alrededor de nuestra relación con esa meta: ¿Soy lo suficientemente bueno? No soy bastante bueno. El “yo” y la comparación van de la mano y no de forma muy sana. El “yo” se enreda en una imagen de sí mismo y crea un problema con la meta: aún no la he alcanzado, él sí, ellos están más adelante, etc. Construyo una “idea de yo” alrededor de esa meta, alrededor del fracaso, o de ser lento, o estúpido, o un torpe espiritual.

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Guía para sanghas: cómo compartir tu práctica

Cuando meditamos cultivamos un espacio interior de apertura, aceptación, sin juicios. Pero este espacio no debería permanecer privado: tarde o temprano tenemos que extenderlo. Y antes de pretender abarcar el mundo entero y construir una sociedad iluminada, empecemos con círculos más pequeños.

Está el círculo de nuestras amistades, familia y gente del trabajo: ahí podemos aplicar las actitudes meditativas. Pero obviamente no vamos a darles la lata con budistadas varias y a aporrearles con los conceptos que acabamos de aprender. Como dijo un maestro —creo que Jack Kornfield pero no estoy seguro: camina por el mundo como si fueras el Dalai Lama de incógnito.

Luego está otro círculo: la sangha, la comunidad de práctica. (Y si no está, ¡créalo!) Son esas amistades con quienes la práctica, al contrario del incógnito, es explícita y compartida. He sido algo pesado en artículos recientes con la importancia de la sangha, pero en ésta nuestra era de la individualidad, eso es lo que tenderemos a olvidar. Reconocer esa tendencia condicionada nos brinda la oportunidad de cultivar circunstancias que hagan de contrapeso.

Sin embargo, no es nada obvio cómo estructurar un grupo de práctica y sus encuentros para que cumpla con su orientación o funciones, que ya no son sencillos de identificar. Queda claro que un elemento fundamental es compartir nuestras experiencias. Si un curso o clase te proporciona la práctica, una sangha es adonde traes tu práctica y la compartes —aunque, idealmente, ambos formatos cubrirán esas distintas funciones.

En este post quiero explorar el aspecto de compartir la práctica desde mi experiencia de guiar una sangha así como de ser parte de varias. No será exhaustivo pero espero que sí útil. Me encantará recibir vuestras observaciones y experiencias, y así seguir la conversación en la sección de comentarios y nutrir posibles artículos futuros.

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En defensa del estudio académico del budismo

Si has leído nunca este blog, o mi bio, sabrás que parte de mi labor es el estudio (académico) del budismo temprano. Soy un estudioso, y soy un practicante. En este blog escribo cosas prácticas, y también cuestiones que tienen que ver con la historia del budismo y sus ideas. Dirijo una pequeña sangha, imparto talleres esporádicamente y retiros como profesor asistente. Y también tengo un lado escolástico: pronto empezaré un doctorado en el Centre for Buddhist Studies de la Universidad de Bristol.

Todo esto no lo cuento para fardar, sino porque esta combinación de elementos es poco frecuente y me ha valido comentarios bastante curiosos, tanto en mi actividad bloguera como en entornos meditativos. Para poner un ejemplo: a inicios de este año estaba en un monasterio en Asia y conté a alguien que me había decidido a hacer el doctorado: la conversación fue derivando del “qué interesante” al “esto no es lo que toca.” Mi interlocutora era veterinaria y yo no sentí la necesidad de decirle que curar a hámsters “no es lo que toca,” por muy noble que sea la labor.

(Aquí cuando practicaba para leer manuscritos pali birmanos. Nunca lo usé y apenas lo recuerdo. ¿Fue una pérdida de tiempo? Bueno, no es peor que pasar horas en youtube.)

Otra respuesta que recibo aquí o en facebook, muy elaborada y nada gratuita, es del tipo “tanta palabra para qué, eso no ilumina.” Y siempre me quedo pensando: ¿Irá a blogs de windsurf a comentar lo mismo? Hacer windsurf tampoco ilumina… Y si sí, ¿por qué estudiar pali no?

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