Volver de un retiro

Cualquier idiota puede ayunar; pero sólo una persona sabia sabe romper el ayuno.

— George Bernard Shaw

Ir de retiro es un elemento fundamental en el camino del dharma y la meditación. No es un añadido opcional, a mi modo de ver; no si uno aspira a integrar verdaderamente sus lecciones y beneficios. La sesión de práctica diaria y el cultivo de la actitud meditativa momento a momento —lo que se suele llamar la ‘práctica informal’— son como el agua y la luz necesarias para que una planta crezca. Pero la planta también necesita abono de vez en cuando: y eso es el retiro.

En un retiro se crean condiciones propicias para el cultivo sistemático de la atención plena y otras cualidades: las necesidades básicas están cubiertas; hemos dejado fuera las obligaciones mundanas, como un perrito en la puerta del supermercado; tenemos todo el día para practicar y, literalmente, nada más que hacer. La profundización de un retiro y la práctica en la vida cotidiana se nutren mutuamente.

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Un retiro es un entorno donde es explícito que todo es material para la práctica. Por eso es tan poderoso. Todo está incluído: desde las largas horas atornilladas al cojín a la apreciación de la naturaleza, pasando por un café tirando a malo y por la frustrante comunicación reducida —sincerémonos: ¿cuánta gente mira el whatsapp durante un retiro? Por eso creo que un retiro no tiene que ser demasiado cómodo o lujoso. No es que haya que ir a sufrir tampoco, pero practicar el ‘contento’ es un elemento que sería nefasto perder.

Pero es tanto una práctica estar de retiro como salir de él y volver al ‘mundo real’. Seguir leyendo “Volver de un retiro”

Buda y la virtud del habla (II)

¿Qué sucede si tomamos la atención plena (mindfulness), la alejamos de la respiración y la llevamos a lo que decimos? ¿Podemos aplicar lo que hacemos cuando meditamos a nuestro proceso de hablar? Mantenernos presentes, no dejarnos cautivar por trenes de pensamiento conflictivos, observar el nacimiento de intenciones… ¿Cuánto valor tiene la meditación si se limita a experiencias mentales privadas y no se traduce en palabras? ¿Se puede meditar hablando? ¿Qué significaría?


En la primera parte de esta serie escribí: “A finales del año pasado, exploramos este tema con nuestro grupo de meditación y me gustaría compartir algo de eso en dos artículos. El segundo introducirá unas guías prácticas para cultivar la palabra apropiada; pero de momento introduzcamos la idea.” ¡Esto fue el 18 de abril de 2016…! Como fecha de caducidad para una promesa, un año es bastante, así que ahí voy. Pero empezaré resumiendo en un párrafo el contenido del primer artículo (aunque, evidentemente, es mejor que os lo leáis, qué voy a decir yo…).

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6 maneras de integrar la meditación en tu día a día

Uno de los grandes retos para muchos es establecer una práctica regular de meditación, a poder ser diaria. Este es un tema que ha salido varias veces en este blog, así que si ese es tu caso dale un vistazo a los artículos ‘Cómo meditar, incluso si eres muy impaciente‘, ‘10 consejos para establecer una práctica de meditación‘, y la reflexión ‘No consigo meditar cada día‘. Pero la práctica formal regular no lo es todo, y llegados ahí uno inevitablemente se pregunta qué viene a continuación. Esta entrada es para quienes quieran ir un paso más allá, quienes sientan que la sentada no es suficiente o intuyan que esta práctica tiene aún mucho a ofrecer y la podrían aprovechar más.

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Mañana intensiva organizada en Barcelona hace unos meses (gracias Sérgio por la foto)

Algunas de las cosas que diré se solapan con los artículos que acabo de enlazar, pero he intentado presentar en concreto y de forma completa aquellas condiciones que más me han ayudado —y me siguen ayudando— a que la meditación forme una parte integral de mi vida: (1) reconecta con la actitud meditativa durante el día, (2) haz práctica intensiva, (3) escucha meditaciones guiadas y charlas, (4) sigue leyendo y estudiando, (5) experimenta con tu vida cotidiana, y (6) encuentra comunidad (o créala).

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No consigo meditar cada día

Hoy hace exactamente 3 años que empezó esta página web, y me gustaría hablar de algo que quizás nos persigue a muchos a pesar de llevar años en el ‘mundillo’ del budismo o la meditación, un reto que para algunas personas habrá seguido ahí durante estos 3 años: meditar a diario.

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Lo primero que quizás tengamos que preguntarnos es ¿hace falta meditar cada día? ¿Es realmente necesario? Cualquier actividad que queramos incorporar a nuestras vidas, o cualquier habilidad que suponga bastante aprendizaje, necesitará cierta práctica regular. ¿Aprenderemos ruso dedicando media hora a la semana? ¿Mejoraremos mucho nuestra forma física con una visita al gimnasio cada quince días? Obviamente no. La meditación es lo mismo y, aunque saltarse un día o dos no es ninguna catástrofe, hacerlo a menudo será mucho más fructífero.

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Buda y la virtud del habla (I)

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La palabra apropiada, más habitualmente traducida por palabra o habla correcta, es el tercer elemento del camino óctuple. Abstenerse de mentir también es uno de los cinco preceptos laicos. No hay duda de que la manera en como nos comunicamos es un aspecto crucial de nuestras vidas de animales sociales. ¿Podemos volvernos más conscientes de cómo hablamos? ¿O darnos cuenta de patrones tóxicos en nuestra forma de comunicarnos con otros? ¿Podemos cultivar una forma de hablar que busque el entendimiento en lugar de la confrontación, la armonía en lugar de la división, el bienestar en lugar del malestar?

A finales del año pasado, exploramos este tema con nuestro grupo de meditación y me gustaría compartir algo de eso en dos artículos. El segundo introducirá unas guías prácticas para cultivar la palabra apropiada; pero de momento introduzcamos la idea.

¿Y qué es, monjes, la palabra correcta? Abstenerse de mentir, abstenerse de hablar maliciosamente, abstenerse de palabras ásperas y abstenerse de charla frívola. Esto se llama palabra correcta.

Mahāsatipaṭṭhāna sutta, DN 22

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El mundo sufre, y no vamos a enfadarnos por eso.

Hoy decidí salir a tomar un café y leer un rato para que me tocara el aire, activar el cerebro y así contrarrestar mi habitual bajada de energía de después de comer. Me senté en una terraza de un bar cerca de casa, pedí un café y un vaso con hielo y, antes de empezar la lectura, saqué el móbil e hice una llamada. Hablé por teléfono lo suficiente como para que, al colgar, el café ya se hubiera enfriado, nadando entre los cubitos. Y cuando hacía unos diez minutos que estaba allí sentado y justo abría mi e-reader, veo cómo el camarero empieza a recoger los cojines de las sillas…

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¿Ya cierran? ¡Pero si no son más que las tres de la tarde! Me cago en la leche, me habré sentado en uno de esos bares que sólo abren por la mañana… ¿Y por qué no me ha avisado el camarero? Ya le vale. (Como si él tuviera que adivinar mis intenciones de quedarme media horita leyendo; la mente es la hostia.) Pero lo único que estaba sucediendo es que, mira tú por dónde, en ese momento la realidad no estaba siguiendo mi guión. O dicho siguiendo el clásico análisis budista de la experiencia: en dependencia de las formas visuales y el ojo, surge la conciencia visual; la conjunción de las tres cosas es el contacto; condicionada por el contacto, surge la sensación (en ese caso desagradable); condicionada por la sensación, surge la reacción (en ese caso aversión); condicionado por la reacción (aversiva), surge el aferramiento… Y así llegamos a dukkha (sufrimiento, insatisfacción, imperfección).

En ese instante me acordé, más o menos, de una frase del último libro que he leído este verano. Por suerte, tenía el pdf en el e-reader y pude buscar la cita exacta. Es ésta:

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El poder de la plena conciencia (també en català) – Martine Batchelor

[1,5 págs.]

Una práctica regular de la meditación es un buen método para desarrollar la aptitud de estar consciente, una fuerza que podría convertirse en más potente que la inclinación a los malos hábitos. El poder de la plena conciencia te da la fuerza de hacer las cosas de manera diferente, y de encontrar el coraje de ir más allá de aquello que te limita habitualmente.

Durante bastantes años, he sufrido un fuerte sentimiento de rechazo cada vez que una persona me ha hecho daño. No era capaz de dirigirle la palabra durante largo tiempo. Un día, noté este hábito cuando estaba apareciendo. Vi claramente que estaba a punto de cerrarme a la otra persona. En aquel momento, el poder de la plena conciencia era suficientemente potente para pararme y ofrecerme la ocasión de responder a la situación de manera diferente. Me quedé aterrorizada por este terreno desconocido en el cual me disponía a penetrar. Pero escogí ir más allá del miedo, sonreír e ir hacia la otra persona en lugar de alejarme. Me sorprendió un sentimiento de bienestar en el fondo de mi corazón. Me sentí muy calmada. De golpe, me di cuenta de cuán doloroso debía ser para los demás sentirse rechazados. Fue un choque.

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