Buda y la virtud del habla (I)

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La palabra apropiada, más habitualmente traducida por palabra o habla correcta, es el tercer elemento del camino óctuple. Abstenerse de mentir también es uno de los cinco preceptos laicos. No hay duda de que la manera en como nos comunicamos es un aspecto crucial de nuestras vidas de animales sociales. ¿Podemos volvernos más conscientes de cómo hablamos? ¿O darnos cuenta de patrones tóxicos en nuestra forma de comunicarnos con otros? ¿Podemos cultivar una forma de hablar que busque el entendimiento en lugar de la confrontación, la armonía en lugar de la división, el bienestar en lugar del malestar?

A finales del año pasado, exploramos este tema con nuestro grupo de meditación y me gustaría compartir algo de eso en dos artículos. El segundo introducirá unas guías prácticas para cultivar la palabra apropiada; pero de momento introduzcamos la idea.

¿Y qué es, monjes, la palabra correcta? Abstenerse de mentir, abstenerse de hablar maliciosamente, abstenerse de palabras ásperas y abstenerse de charla frívola. Esto se llama palabra correcta.

Mahāsatipaṭṭhāna sutta, DN 22

Practicar la virtud en nuestras palabras, según el Buda, pasa por evitar que su contenido sea falso, difamatorio o infructífero, que su intención sea malevolente y que las formas sean inapropiadas. Lo primero es lo más obvio y se refiere a mentir a sabiendas, instándonos a cultivar la honestidad. La mentira y el engaño son desaconsejables, ya que pueden conducir a sacar conclusiones y tomar decisiones basándonos en información falsa. La última categoría, por contra, es la que provoca más sorpresas: el cotilleo. ¿Cuál es el problema de estar de cháchara, de hablar sin mucho motivo? No podemos hablar siempre de cosas trascendentes, nos convertiríamos en unos muermos… En el libro ‘The Spirit of the Buddha’, Martine Batchelor se pregunta: “¿pueden nuestras charlas triviales ser apropiadas, ajustadas a los hechos, conectadas con lo bueno, tal y como el Buda nos aconseja hacer? ¿Pueden animarnos? ¿Pueden ser ligeras y alegres?”

se abstiene de cotillear; dice, en el momento adecuado, lo que se ajusta a los hechos y es bueno, habla del Dhamma y la Disciplina; en el momento adecuado, dice palabras que vale la pena recordar, razonables, moderadas y beneficiosas.

Saleyyaka sutta, MN 41

Mi sensación al leer este párrafo es que el Buda no condena el hecho de hablar ligeramente si se dicen cosas que cumplen las otras categorías enumeradas al inicio del post. El problema es cuando las conversaciones triviales, que por otro lado tienen una función social básica, se convierten en lo que el Buda llamó palabras maliciosas o divisivas: hablar mal de alguien. Y ahí entra el elemento de indagar en lo que nos motiva: ¿estamos mostrando algo negativo con intención de que eso mejore, para reducir las consecuencias de eso, o señalamos los defectos de otros para sentirnos bien en comparación? A parte del contenido de lo que estamos diciendo, ¿cuál es el objetivo de decirlo? Si entendemos la práctica del dharma como el cultivo de unos ciertos valores personales, esa indagación es de crucial importancia.

se abstiene de hablar maliciosamente; no repite ahí lo que ha oído aquí con el fin de dividir [a aquella gente] de esta, ni repite a esta gente lo que ha oído en otra parte para dividir [a esta gente] de aquella; así, es alguien que reúne a los que están divididos, que promueve la amistad, que disfruta de la concordia, se regocija en la concordia y se deleita en la concordia, sus palabras promueven la concordia.

Saleyyaka sutta, MN 41

En su ‘Introduction to Buddhist Ethics’ (2000), Peter Harvey comenta que uno podría tomarse un placer inhábil en hablar maliciosamente ya que puede percibirse como ganarse la simpatía de un grupo al compartir información negativa de otra persona o grupo. “En lugar de participar en el habla divisiva, el budismo recomienda hacer lo contrario: hablar de los puntos positivos de la gente. Así, el Upasaka-sila Sutra dice que el bodhisattva ‘da a conocer las buenas acciones de otros y encubre sus errores. Nunca divulga aquello de lo que otros se avergüenzan’. Por supuesto, a veces hay que informar a la gente de los errores de otros, pero debería hacerse de forma moderada y sólo en la medida que sea necesaria para la protección de los demás.” Me parece una perspectiva muy interesante.

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Llegados a este punto, aunque uno tenga claros los valores de honestidad y amabilidad en los que el budismo anima que basemos nuestras conversaciones, sigue sin ser tan sencillo decidir cuándo decimos algo y cuándo nos lo callamos. De todos los autobuses de pensamientos que hacen parada en mi mente y después van a la boca, ¿a cuáles me subo? Es complejo. Pero el canon pali nos ha dejado una joya a este respecto: el discurso al príncipe Abhaya (Abhayarajakumara Sutta, MN 58).

En él, Mahavira, el líder de los jainas, instruye al príncipe Abhaya para que ponga al Buda en ridículo con una encrucijada dialéctica. El plan es preguntarle al Buda si sería capaz de decir cosas desagradables de otros. Si responde que sí, ¿qué le diferencia del resto de la gente? Y si responde que no, el príncipe sacará a relucir una ocasión en que el Buda criticó duramente a su primo Devadatta, del que ya hablamos en el último post sobre vegeterianismo. Pero llegado el momento de la verdad, el Buda responde que para esa pregunta no hay una respuesta unilateral de ‘sí’ o ‘no’. Entonces explica cuándo hablaría y cuándo se abstendría de hablar usando tres categorías: si las cosas son o no verdaderas, si son o no beneficiosas y si son o no agradables.

Si algo no es verdadero, ni beneficioso ni agradable, se abstiene de hablar; si es verdadero pero no es beneficioso ni agradable, se abstiene de decirlo; si es verdadero y beneficioso pero no es agradable, busca el momento adecuado para hablar. Si algo no es ni verdadero ni beneficioso, aunque sea agradable, se abstiene de decirlo; si es verdadero y agradable pero no es beneficioso, se abstiene de hablar; si es verdadero, beneficioso y agradable, busca el momento adecuado para decirlo.

abhaya esquema

Del cuadro de arriba podemos concluir que el Buda ve como criterios decisivos a la hora de externalizar un pensamiento el que sea verdadero y beneficioso. De hecho, no contempla la posibilidad de que algo pueda ser falso y fructífero, lo cual es debatible. En nuestro grupo de meditación, alguien puso el ejemplo de una familia que acoge a judíos en la alemania nazi y, por supuesto, miente acerca de ello. El mahayana desarrolló este enfoque ético más flexible en su doctrina de los medios hábiles (en sánscrito, upāya). Desde esta perspectiva, lo que es adecuado hacer en una situación dada viene más marcado por las características de esa situación. En el mahayana los valores fundamentales del dharma siguen vigentes, pero se contextualizan y pueden contradecirse siempre y cuando esto lleve a un buen resultado. Se parece a la idea de que el fin justifica los medios, aunque no es exactamente lo mismo. Esto puede ser un terreno peligroso y la historia del budismo también ha vivido la tensión entre el pragmatismo y la fidelidad a unos valores morales.

Las tres últimas filas del esquema desaconsejan adular con mentiras y, en ocasiones, ¡incluso con verdades! El primer ejemplo que se me ocurre es quizás remarcarle a alguien su talento en algo cuando esto sólo conducirá a que se le hinche el ego. Y las tres primeras filas, a parte de abogar por la honestidad, nos dicen que hay verdades desagradables y antipáticas (“cariño, no ayudas bastante en casa”) y que querer ser amables no significa que debamos guardárnoslas siempre. Apuntan a que a veces confundimos ser buenas personas con no decir nunca nada que sea feo de oír. Por supuesto, tampoco se trata de ir pregonando todo lo que nos molesta sin ser autocríticos, como si los demás tuvieran que acomodarse a nuestros gustos.

En el discurso, Buda anima a decir estas cosas difíciles después de evaluar si son provechosas, si pueden llevar a un bien común y (esto me parece lo más fundamental y también lo más complicado) encontrando el momento adecuado. Todos sabemos por experiencia que un comentario, por razonable que sea, dicho en el momento erróneo puede ser una catástrofe; puede resultar hasta contraproducente. Uno tiene que elegir el momento y las palabras, encontrar esa forma de decirlo que no suene amenazadora, evitando que la otra persona se ponga a la defensiva. Conozco a gente con el talento de decir estas cosas de una manera indirecta que las hace sonar a sugerencias, dejando que el otro saque sus conclusiones. Yo aún batallo por encontrar ese punto en el momento.

Lo que tiene en común todo esto es que requiere un poco más de reflexión y distancia al hablar, sin actuar al impulso, reactivamente. ¿No es eso lo que intentamos cultivar en meditación? Llevarlo a nuestra forma de comunicarnos no es más que otro aspecto de la práctica de vivir de forma más consciente y amable: es practicar la virtud (o incluso el arte) del habla.

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6 comentarios en “Buda y la virtud del habla (I)

  1. Te agradezco este post por la claridad, necesito tenerlo muy presente y no lo digo por “inflarte el ego” sino porque la falta de inteligencia emocional me ha ocasionado mucho sufrimiento en el pasado. En esas ocasiones en que no es fácil gestionar el automático tendré este post para que me inspire y me ayude a volver a donde quiero estar.

    1. Gracias por compartir tus impresiones del post. Me alegro que te pueda resultar útil: a mí me ha hecho mucho bien volver a indagar estas cuestiones para escribir el post. Pero agradéceselo al Buda, yo no me he inventado nada, y la explicación es fruto de los debates del grupo de meditación así que me tomo tus palabras como algo a compartir 🙂

  2. La verdad es que un@ puede ser muy ligero en el hablar. Falta de atención respecto a ello y a las otras personas por centrarse más de la cuenta en lo que se quiere decir descuidando así la forma y los efectos en otros.

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