Todo lo que (no sé si) querías saber sobre cómo se construyó el budismo moderno

Andaba yo todo emocionado con la idea de compartir en un post las ideas principales de un libro que terminé hace poco y que me ha parecido espectacular. Debería ser una obra indispensable en la estantería (o la nube) de cualquier persona interesada en el budismo secular o en la reforma y adaptación del dharma a la modernidad. De hecho, a lo Dupont y Dupond, yo aún diría más: es relevante para cualquier practicante de dharma de hoy.

Y cuál es mi sorpresa cuando, yendo ayer de tiendas haciendo de rey mago, ¡me encuentro que Kairós acaba de publicarlo en castellano! Así que el post se ha precipitado y va a convertirse en mi recomendación de libro para estas fiestas.

“The Making of Buddhist Modernism” de David L. McMahan es una descripción muy bien documentada de cómo se configuró el budismo moderno a partir de un complejo entramado de influencias culturales que emerge de la dinámica relación entre occidente y oriente.

Es un libro divulgativo, de historia y no de doctrina: no esperes iluminarte con él. Sin embargo, sí arrojará luz sobre argumentos budistas que habrás oído y leído mil veces. Su tesis principal tiene dos elementos: (1) que la mayoría de lo que llamamos budismo tradicional ya es un budismo reformado resultado de las interacciones Este-Oeste, y (2) que esta reforma se proyectó al pasado, extendiendo la percepción de que el budismo siempre ha sido así.

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¿Es el mindfulness el budismo del siglo XXI? Una conversación con Ted Meissner.

Recientemente fui entrevistado por Ted Meissner en el podcast de la Secular Buddhist Association (EUA), de la que Ted es director ejecutivo. Ted fue de las primeras personas en mostrar interés por la existencia de este blog, y cuando no llevaba mucho tiempo de vida ya me entrevistó para uno de sus podcasts. Siempre es un placer, y un gran honor, hablar con él. Pero lo que tuvimos no fue realmente una entrevista, fue una conversación agradable y muy estimulante. En todo caso, nos entrevistamos mutuamente.

Primero hablamos de mi tesis de máster sobre la entrada en la corriente (sotāpatti), el primero de los cuatro niveles de despertar según el budismo primitivo, y de mi artículo The Facebook Sutta. Por una de esas magias de internet, este artículo se compartió bastante ¡y se re-publicó en Eastern Horizon, la revista de la Young Buddhist Association of Malaysia! La vida es friki…

ted_1Pero la mayor parte de nuestra charla tocó un tema candente en la evolución del dharma en la sociedad contemporánea: ¡el mindfulness! Estuvimos hablando de su relación con el budismo, tradicional y secular, y de cómo se está diferenciando de éstos, así como de las reacciones que estas modificaciones tan significativas generan en la budosfera más tradicional.

Ted es una persona fantástica con quien tener esta conversación, ya que también es instructor de MBSR. Podéis escuchar el podcast entero aquí. A continuación ofrezco una versión editada de la parte central de nuestra conversación. ¡Espero que os guste y que visitéis el fantástico podcast de Ted! Seguir leyendo “¿Es el mindfulness el budismo del siglo XXI? Una conversación con Ted Meissner.”

El absurdo de esconder los orígenes budistas del mindfulness

No voy a argumentar que el mindfulness sea budista; pero sí que hasta la consideración menos buddhist-friendly debería reconocer que proviene del budismo. Tampoco estoy diciendo que los cursos de MBSR/MBCT tengan que presentarse de esta forma. Creo que silenciar las resonancias budistas del mindfulness es absurdo porque no se necesita rascar mucho la corteza del cibermundo hasta encontrar las conexiones.

Es cierto que amortiguar esas resonancias es parte natural del proceso de emancipación del mindfulness. No obstante, tras ese ‘absurdo natural’ a veces se esconde una ideología inconsciente que, llevada a ciertos límites, cae en un absurdo bastante más ridículo. Por suerte, creo que lo que voy a describir sólo es aplicable a unas pocas ofertas de cursos o formaciones en mindfulness.

Aunque el mindfulness ya ande solo, no pienso que tenga suficiente historia propia como para no necesitar hacer referencia al budismo. Además, más allá de sus cursos habituales, no sé cuánto tiene que ofrecer por sí solito sin recurrir de facto al budismo o acoplarse a una terapia ya existente. Comparativamente, el mindfulness aún no tiene pelos en los sobacos, y está bien tocar de pies en el suelo y no olvidarlo.

Pero a parte del problema de la profundización, mi alarma son todas las formaciones que están surgiendo con el boom de esta moda y de su profesionalización, incluyendo, con especial énfasis, las formaciones universitarias en mindfulness. Las personas acreditadas por estos programas cada vez más numerosos tienen que poder ser capaces, sin pretender que todo el mundo sea aquí una experta, de responder las preguntas del alumno más curioso: ¿En qué se diferencia esto del vipassana? ¿De dónde sale la palabra ‘mindfulness’? ¿Cómo surgió este movimiento?

Hagamos un experimento mental. Seguir leyendo “El absurdo de esconder los orígenes budistas del mindfulness”

El poder de ser radical y vulnerable: entrevista a Lama Rod Owens

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Su perfil sorprende: joven, perteneciente a las comunidades afroamericana y LGBT+, reconocido por la tradición kagyu tras el retiro de tres años, activista social. Habla de aquellos temas que nos incomodan, sin tapujos, sin vulgaridad pero sin intentar ser “correcto”. Su web dice que trabaja por mostrarse tan vulnerable como le sea posible. Aquí tenéis, condensada pero con poquísima edición, la conversación de una hora que tuvimos por Zoom.

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Abusos y armas: ya es hora de otro despertar

En el último siglo, buena parte de nuestra sociedad ha ido abandonando el catolicismo. Y lo ha hecho no porque en él no haya bondad ni sabiduría, sino por cosas como su resistencia ante conocimientos científicos y cambios sociales, la violencia perpetrada en su nombre, su estructura tejida de privilegios, abusos, corrupción… De hecho, estas consideraciones probablemente hayan ocultado a nuestros ojos la bondad y sabiduría que existe en ese camino. Pero esta ceguera del exiliado religioso es normal: avanzamos como reacción a lo que dejamos atrás y, por lo tanto, la visión que pintamos de ese pasado raramente es completa e imparcial.

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Más sorprendente es otra ceguera, aunque en el fondo igual de comprensible. De manera inversamente proporcional al olvido de la religión autóctona, ha habido un acercamiento a otros caminos, muchos de ellos extranjeros, como es el caso del budismo. El hueco de inquietud existencial pide llenarse, y parece que también lo pide la tendencia (¿necesidad?) a tener una visión del objeto espiritual inmaculada, romántica, infalible. Al inicio del párrafo dije comprensible porque, para aspirar a algo, tienes que tenerlo en alta consideración; si no, no lo persigues. Pero cuando esa tradición foránea empieza a conocerse mejor y los dos mundos dialogan más y más, afloran datos que manchan esa visión. Y aquello que veíamos en la tradición heredada, y que era motivo para rechazarla, ahora no lo vemos en la nueva tradición elegida. Entonces esos datos se obvian, se tapan, se ignoran… hasta que hay demasiada mierda acumulada bajo la alfombra y es inevitable tropezar. Esto es lo que ha sucedido en los últimos meses, en dos flancos que ponen a prueba nuestra madurez espiritual: el estallido de los abusos en el budismo tibetano y la crueldad del estado birmano contra los rohingya, la minoría musulmana del país.

El exotismo es llamativo y sirve como buen reclamo para muchos al inicio. Pero con el tiempo las idealizaciones deberían dar paso a una perspectiva más equilibrada y realista. ¿Cuán probable es que todo un continente haya dado justo en el clavo y el nuestro lo haya perdido totalmente de vista? ¿Y cuán probable es que una institución inmensa se haya librado de cometer represión, dogmatismo y fechoría alguna? Creerlo es pensar, inadvertidamente, o bien que esos conflictos son un accidente en la superficie de nuestra naturaleza y nosotros hemos sido especialmente flojos, o bien que están arraigados en la condición humana y ellos son inusualmente campeones —lo que, como la propia frase indica, sería inusual. ¿Por qué tendría que ser automáticamente más sabio, espiritual y bondadoso un pastor del Tíbet que uno del Tirol? ¿Cuánto tiempo ha pasado la gente que tiene percepciones así idealizadas conviviendo con esa gente, en su propio entorno? Es más, ¿es respetuosa esa imagen simplificada, caricaturesca  y mercantilizada de una cultura?

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El mindfulness está cambiando el budismo

Me he apuntado a un curso de mindfulness de 8 semanas. Concretamente, de MBCT (mindfulness-based cognitive therapy). Lo he hecho desde mi curiosidad por el diálogo entre el budismo y la modernidad. A ver qué tal. Por cierto, otro signo de este diálogo es que mi madre ahora colorea mandalas (aquí una muestra).

Apuntarme a este curso me ha recordado que he visto que, últimamente, hay maestros y centros budistas que empiezan a ofertar actividades de mindfulness o a presentar sus enseñanzas en esos términos. En parte, seguramente, para atraer al público, y no de forma meramente interesada, sino como parte natural de ese diálogo. Sin embargo, a mí me parece que esta influencia del mindfulness en el budismo va más allá de un simple rebranding, de con qué palabras las escuelas budistas ofrecen su contenido: está afectando al contenido mismo.

El pasado diciembre, participé en la jornada que organiza cada año la Coordinadora Catalana d’Entitats Budistes. Esa edición tenía como título “Presente y futuro del budismo en occidente” y uno de los temas centrales de la mesa redonda en la que yo participaba eran las (presuntas) descontextualizaciones del dharma. Como podéis imaginar, el mindfulness fue el gran protagonista. Uno de mis co-conferenciantes se mostró apasionadamente molesto con el movimiento del mindfulness. Mi postura es la de verlo como un caballo de Troya y como algo generalmente positivo para la sociedad, sin dejar de prestarle una atención crítica. (Veremos si mi opinión cambia tras completar el curso de MBCT.) Y también creo que, dada la realidad actual, el budismo tiene que dejar de tratar al mindfulness como algo de su propiedad, del mismo modo que el cristianismo, por ejemplo, no debería considerarse a sí mismo como el guardián definitivo del amor al prójimo.

Pero, dejando a un lado mi opinión del tema, lo que me chocó de ese rechazo receloso y protector del mindfulness es que viniera de alguien perteneciente al budismo tibetano, precisamente una tradición que no se ha caracterizado por cultivar esta práctica. No digo que en él no se trabaje la atención al presente como cualidad, sino que tradicionalmente no ha puesto énfasis en ella de forma directa. De hecho, el Satipaṭṭhāna Sutta, el discurso sobre las aplicaciones de la atención plena en que se basa el vipassana moderno (origen el mindfulness), jamás se tradujo al tibetano. Por mucho que esa tradición insista en que su canon contiene todas las enseñanzas budistas al completo, eso no es más que propaganda —una propaganda de la que, sin duda, los tibetanos están convencidos.

Yendo un paso más allá, y ahora entro en un terreno delicado, históricamente el budismo tibetano no se caracterizó por practicar lo que hoy en día entendemos como “meditación.” Me refiero a la práctica de contemplar la experiencia subjetiva al desnudo y en silencio, ya sea a través de un ancla como la respiración o con atención abierta. Usaré la palabra “meditación” en ese sentido durante el resto del artículo, aunque soy consciente de que la definición es humana y arbitraria, y que ejercicios como la visualización de mandalas o las recitaciones podrían considerarse una forma de meditación. Lo clarifico para que nos entendamos.

Ya puedo anticipar objeciones de los lectores. La primera sobre el dzogchen o el mahamudra, las prácticas propiamente tibetanas más parecidas al vipassana; la segunda, que muchas habréis asistido a cursos de budismo tibetano donde se habla de shiné (ཞི་གནས་, correspondiente a samatha) y lhagtong (ལྷག་མཐོང་, correspondiente a vipassana). Mi argumento no es que tales prácticas no existan en esa tradición —existen, como muestran las obras indias de Asanga y Kamalashila que utiliza— sino que:

  1. tradicionalmente no constituían lo más distintivo y extendido del budismo tibetano, que eran ejercicios devocionales y tántricos, a modo de generalización; y
  2. que el papel que se les da hoy día ya es una adaptación a las necesidades, intereses y proyecciones del converso occidental.

Como me explicaba Yeshe Rabgye hace unos años, los currículums para monjes jóvenes no incluían meditación, y son varias las veces que he oído de practicantes serios del budismo tibetano formándose en Asia que “los tibetanos no meditan.” Esa fue también mi sensación al pasar temporadas en comunidades de tibetanos en el exilio, obviamente con sus excepciones. Si alguien se ha sentido ofendido o cree que pretendo dejar mal a esa tradición, quiero clarificar que mi perspectiva es puramente histórica y que en ningún momento estoy emitiendo juicios de valor. Y para romper una lanza a favor de mi intención no-partidista voy a decir que nada de esto es exclusivo del budismo tibetano: exactamente lo mismo puede aplicarse al theravada.

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Ledi Sayadaw, uno de los padres del vipassana

Me explico. Los linajes de meditación han existido siempre, pero a lo largo de la historia han representado la excepción más que la norma. Dejando a un lado las prácticas laicas, por lo general limitadas a la acumulación de méritos, incluso entre los monjes aquellos que meditaban eran una minoría. El vipassana fue un movimiento de reforma que surgió en el siglo XIX principalmente en Myanmar (entonces Birmania) motivado por cuestiones más bien políticas y sociales.

Ante el dominio británico, una nueva clase media educada quiso reafirmar su identidad y herencia cultural. Esto hizo que se empezara a enseñar meditación y abhidharma a los laicos, quizás como forma de resistencia ante las misiones cristianas. Pero al hacerlo, la forma como presentaron el dharma se vio influida por la educación occidental que habían recibido y por el movimiento protestante: se enfatizó lo racional y el acceso directo a los textos y se rebajó el papel de la institución monástica como mediadora exclusiva a las enseñanzas. Debía formularse un dharma que pudiera competir, por así decirlo, con el pensamiento occidental del momento. Bajo la nueva forma del vipassana, la meditación se puso en un primer plano en el que hacía siglos que no estaba. Y ese nuevo énfasis también ha teñido cómo otras tradiciones se han presentado a nuestras sociedades, e incluso cómo se han entendido a sí mismas.

Resumiendo: el budismo de hoy se está viendo influido por el mindfulness, una práctica que surge de una forma de budismo que, a su vez, surgió con influencia occidental. O al revés: el colonialismo británico en Asia tuvo como resultado un movimiento reformista del budismo que enfatizó una forma de meditación que, con los años, dio a luz al mindfulness contemporáneo, cuya popularidad está incitando nuevas modificaciones en las escuelas budistas, hasta el punto de recuperar aspectos que tradicionalmente habían quedado más bien marginados. Si eso no es un ejemplo de la interdependencia, no sé qué lo es…

Termino recuperando el hilo inicial del artículo. Por territorial que pueda parecer la actitud de algunos budistas, que de pronto se muestran tan protectores con unas tierras de ultramar por las que se han vuelto a preocupar no hace mucho, entiendo el recelo. Si el budismo ha triunfado en occidente básicamente como un sistema de meditación —algo que no refleja con toda fidelidad lo que ha sido durante siglos en sus países de origen —, ahora el éxito del mindfulness le ha quitado la custodia exclusiva. Quizás el problema es precisamente el énfasis en la meditación, por paradójico que parezca. No sé si la mejor respuesta es reforzar aún más ese énfasis o más bien poner las energías en algo que muchos necesitan más allá de las 8 semanas y que no sé si el mindfulness proporciona aún: contexto, profundización y una visión del potencial completo de una vida humana despierta.


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Un mojito, Venerable

Mientras la popularidad del budismo sube en occidente, su relevancia se debilita en los países donde es la religión tradicional –o una de ellas. Las sociedades asiáticas se modernizan con rapidez y acogen con entusiasmo el mismo proceso que, en Europa, fue vaciando las iglesias. El budismo no atrae al mismo volumen de gente y, por lo tanto, cuenta con menos apoyo económico. No tiene más remedio que adoptar medidas para seguir siendo relevante (y económicamente viable) en la sociedad del siglo XXI.

Algunas de las medidas de modernización más habituales en muchos países budistas son ofrecer seminarios en inglés para los turistas o los extranjeros residentes en el país, u ofrecer fines de semana de inmersión. Los sacerdotes han abierto blogs. Se dan clases de meditación y de yoga en templos urbanos. Pero todo esto es bastante convencional, y Japón, que tiene fama de idear cosas que nos parecen estrambóticas, va un paso más allá.

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Jon Kabat-Zinn habla de mindfulness

En los últimos artículos he estado hablando de temas éticos como el vegeterianismo, la virtud de la palabra o el consumismo. A mi parecer, son temas muy interesantes y vuestros comentarios lo han sido también. Me satisface cuando los artículos generan actividad y sale un buen debate e intercambio de ideas, aunque no sea necesario estar de acuerdo. De ésto va este blog, de explorar cuestiones del dharma a la luz del mundo actual y desde nuestra cultura. Pero esos temas conllevan mucho argumento, mucho escribir… Y hoy me apetece sencillamente ofrecer algo valioso y más dinámico: un vídeo.

Jon Kabat-Zinn, el creador del famoso programa MBSR (Mindfulness Based Stress-Reduction), ha estado recientemente por España y ha ofrecido una serie de conferencias. Yo tuve la suerte de asistir a una de ellas, que fue inspiradora y revitalizante. Aunque se relaciona a Kabat-Zinn con la descontextualización de la meditación budista, creo que esto es injusto. Si bien es verdad que él introdujo la meditación en contextos clínicos, prescindiendo de la etiqueta y la jerga budistas, su concepción del mindfulness está en consonancia con el camino budista y, de hecho, lo que él ha hecho es encontrar una forma de filtrar el dharma en la sociedad de hoy. Su charla dejó claro que no concibe el mindfulness como una simple técnica aislada, a poner al servicio de cualquier fin; y sus palabras delataban un intenso compromiso ético. Lo que él inició puede haber dado lugar a cierta banalización de la meditación, pero no me dio la impresión de que él la compartiera.

Por suerte para muchos, otra charla (a la que no asistí) está ahora en el canal de youtube de la Editorial Kairós, que organizó los eventos y ha publicado su último libro. Y sin más demora, aquí tenéis la conferencia. ¡Espero que os sea provechosa!

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Ética sin reencarnación

[1,5 páginas]

El budismo ha descartado ya ciertas teorías cosmológicas antiguas de su propia tradición: el Dalai Lama ha afirmado públicamente que la idea del Monte Meru es poco científica y puede descartarse. Entonces ¿por qué no se pone igualmente a un lado la doctrina de la reencarnación, que pelea con la ciencia de forma similar? A parte de ocupar un lugar central en toda la teoría soteriológica (o salvífica) del budismo, la enorme resistencia -comprensible- a desembarazarse de la teoría de la reencanración puede deberse a la función ética que ésta desempeña.

IMG_4101Pero ahí va una pequeña reflexión que seguro que muchas personas de hoy nos hacemos. ¿Necesitamos, para llevar una vida moral, la motivación de ganarnos una próxima vida mejor o evitar una siguiente existencia llena de sufirmiento? ¿No nos recuerda esto al cielo y el infierno, que tantos hemos puesto a un lado ya? Es la vieja historia del premio y el castigo. Sí, funciona, es cierto. Pero no hay que temer: si descartamos la reencarnación y las consecuencias post-mortem de nuestros actos de ahora, podemos seguir siendo éticos comprendiendo dos cosas.

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El dharma de la almóndiga

Hay algo de quienes se aferran a un budismo ortodoxo o tradicional que me parece incoherente y hasta ilógico. La palabra aferrar aquí es importante: no estoy criticando el hecho de que a algunas personas les funcione el budismo tradicional, ya sea theravada, tibetano, nichiren… Faltaría más. Me refiero más bien a quienes se resisten a la evolución, reforma o reinterpretación del dharma y que, en lugar de limitarse a continuar con lo que les funciona, intentan deslegitimar esa evolución. Tal actitud anti-reforma parece bastante incoherente viniendo de una religión o espiritualidad que pone en el centro de su pensamiento la noción del cambio.

Es comparable al conservadurismo en el lenguaje. Un ejemplo. Entiendo que, de entrada, ver que la Real Academia Española acepta almóndiga o cocreta genere sorpresa, risa e incluso desagrado. Todo el mundo está en su derecho de que le guste o no una palabra. Pero, más allá de preferencias reflejas, si lo pensamos bien, ¿sobre qué base puede rechazarse que los sonidos que la gente pronuncia sigan cambiando, igual que fueron cambiando durante años hasta llegar a las formas albóndiga y croqueta?

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