Dharma y #BlackLivesMatter

Despertar a mi condición de ser blanco es parte del despertar. Y es parte del primer paso del camino óctuple: la visión apropiada (sammā diṭṭhi). Despertar a los impulsos intolerantes que hay en mí es parte del despertar. Y es parte del segundo paso del camino óctuple: la intención apropiada (sammā saṅkappa). Voy a intentar explicar por qué esto no es política sino una parte innegable de la práctica budista. Al final del artículo, propongo una meditación.

Como el epicentro del conflicto racial está ocurriendo en Estados Unidos, puede parecer que no es tan cosa mía. Que hago bien en reflexionar sobre el tema, lamentar los sucesos y el dolor involucrado (y el favorito de todos: ¡tener una opinión al respecto!), pero que a fin de cuentas no tengo trabajo que hacer porque la realidad de España es otra. Que no es perfecta y hay desigualdad, pero que no es lo mismo, aquí estamos a salvo.

No lo tengo tan claro. Obviamente las historias de ambos países son distintas, pero que eso signifique que deba limitarme a observar la situación del otro continente y no tenga trabajo personal que hacer es no solamente falso, sino peligroso. Y aún diría más: es una oportunidad desaprovechada. He aquí el verso 121 del Dhammapada:

No te tomes el mal a la ligera,
pensando ‘a mí no me llegará’.
El cántaro se llena gota a gota,
el necio se llena de maldad poquito a poco.

En España hay racismo, xenofobia, misoginia, LGTBIfobia, clasismo. De hecho, si la percepción no me engaña, la intolerancia parece estar al alza. Y una de las cosas que lo permite es precisamente el ‘a mí no me llegará’—aquello que también impidió tomar medidas a tiempo para el coronavirus. La intolerancia no te llegará si estás atenta y vigilante; si no, con el guardián del mindfulness distraído y confiado en el ‘yo soy buena persona’, se te puede colar de todo por la puerta.

Esta convicción de ser buena persona es un ejemplo de apego que el canon pali llama attavāda upādāna, y muestra el problema de las opiniones o puntos de vista fijos (diṭṭhi). La práctica no consiste en sostener esta opinión ni una contraria. Consiste en observar los contenidos de tu mente en sí mismos, reconocerlos por lo que son, y con una sensibilidad ética que vamos refinando, disolver lo perjudicial y promover lo positivo.

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Guía para sanghas: cómo compartir tu práctica

Cuando meditamos cultivamos un espacio interior de apertura, aceptación, sin juicios. Pero este espacio no debería permanecer privado: tarde o temprano tenemos que extenderlo. Y antes de pretender abarcar el mundo entero y construir una sociedad iluminada, empecemos con círculos más pequeños.

Está el círculo de nuestras amistades, familia y gente del trabajo: ahí podemos aplicar las actitudes meditativas. Pero obviamente no vamos a darles la lata con budistadas varias y a aporrearles con los conceptos que acabamos de aprender. Como dijo un maestro —creo que Jack Kornfield pero no estoy seguro: camina por el mundo como si fueras el Dalai Lama de incógnito.

Luego está otro círculo: la sangha, la comunidad de práctica. (Y si no está, ¡créalo!) Son esas amistades con quienes la práctica, al contrario del incógnito, es explícita y compartida. He sido algo pesado en artículos recientes con la importancia de la sangha, pero en ésta nuestra era de la individualidad, eso es lo que tenderemos a olvidar. Reconocer esa tendencia condicionada nos brinda la oportunidad de cultivar circunstancias que hagan de contrapeso.

Sin embargo, no es nada obvio cómo estructurar un grupo de práctica y sus encuentros para que cumpla con su orientación o funciones, que ya no son sencillos de identificar. Queda claro que un elemento fundamental es compartir nuestras experiencias. Si un curso o clase te proporciona la práctica, una sangha es adonde traes tu práctica y la compartes —aunque, idealmente, ambos formatos cubrirán esas distintas funciones.

En este post quiero explorar el aspecto de compartir la práctica desde mi experiencia de guiar una sangha así como de ser parte de varias. No será exhaustivo pero espero que sí útil. Me encantará recibir vuestras observaciones y experiencias, y así seguir la conversación en la sección de comentarios y nutrir posibles artículos futuros.

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Tengo una amiga del otro bando

He estado evitando escribir sobre el conflicto catalán. Lo iba a hacer justo después del 1 de octubre, pero con la velocidad acelerada a la que cambiaba el paisaje, lo que escribía un día no valía al cabo de dos. Ahora, capaz de mirar con más ecuanimidad que hace unas semanas, veo más cosas. En especial, veo las barbaridades que dicen y pregonan “los míos”, la gente de mi misma opción política.

Esto es nuevo. Las barbaridades siempre las dicen los “otros”: los rusos, los americanos, los integristas… Y cuando te toca de cerca, sientes la agitación de forma mucho más vívida. Esto me ha motivado a recuperar esbozos y escribir, intentando articular algunas maneras de aplicar la práctica y la meditación a la situación actual.

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Esto implica ejercer la autocrítica, básicamente porque el “ellos hacen esto y aquello tan mal” ya lo traemos puesto de casa y no hace ninguna falta ejercitarlo más. Puede que ante esto la reacción inicial sea de rechazo. Si es el caso, sé consciente por unos instantes de la sensación de no estar dispuesto, observa cómo se registra en tu cuerpo, si hay tensión, si como estado de ánimo es agradable o incómodo, si es un sitio al que te querrías mudar. ¿Por qué no queremos replantearnos posturas, matizar opiniones? ¿A veces sentimos que no nos apetece comprender mejor a la otra parte? ¿Por qué? ¿Qué perderíamos?

Tengo una amiga del otro bando. Lo agradezco. Nos pone a ambos en contacto con una realidad diferente de la que podamos experimentar en los límites de nuestra individualidad. Podemos relativizar puntos de vista, ver cosas que no veríamos de otra forma. Y esto, hoy en día, es oro puro. Vivimos en buena medida a través de unas redes sociales que, con algoritmos y criterios que ignoramos, filtran lo que nos muestran y lo que no. Lejos de promover una visión más completa y plural de la realidad tal cual es, nos presentan una imagen sesgada y parcial basada en aquello que nos gusta.

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