Soltar las creencias

Puede que os suene el nombre de Stephen Schettini porque ya he traducido un par de sus artículos. Se formó como monje budista en la tradición gelug tibetana, en Suiza y en India (en la universidad monástica de Sera); pero colgó los hábitos tras ocho años. Hoy día es autor, maestro y ‘coach’. En el artículo ‘Suspending belief‘ de su blog repasa la esencia de la historia interior de su proceso vital y aprovecha para subrayar ideas básicas que su camino le ha proporcionado. El artículo empieza así:

En la superfície, el budismo es una religión simpática que promueve compasión para todos los seres vivos, incluso cucarachas e inversores de Wall Street. Sin embargo, bajo esa cubierta es una filosofía sediciosa que socava los fundamentos mismos de la razón. Sugiere que todo lo que experimentas es ilusorio, budismo incluído.

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Ética sin reencarnación

[1,5 páginas]

El budismo ha descartado ya ciertas teorías cosmológicas antiguas de su propia tradición: el Dalai Lama ha afirmado públicamente que la idea del Monte Meru es poco científica y puede descartarse. Entonces ¿por qué no se pone igualmente a un lado la doctrina de la reencarnación, que pelea con la ciencia de forma similar? A parte de ocupar un lugar central en toda la teoría soteriológica (o salvífica) del budismo, la enorme resistencia -comprensible- a desembarazarse de la teoría de la reencanración puede deberse a la función ética que ésta desempeña.

IMG_4101Pero ahí va una pequeña reflexión que seguro que muchas personas de hoy nos hacemos. ¿Necesitamos, para llevar una vida moral, la motivación de ganarnos una próxima vida mejor o evitar una siguiente existencia llena de sufirmiento? ¿No nos recuerda esto al cielo y el infierno, que tantos hemos puesto a un lado ya? Es la vieja historia del premio y el castigo. Sí, funciona, es cierto. Pero no hay que temer: si descartamos la reencarnación y las consecuencias post-mortem de nuestros actos de ahora, podemos seguir siendo éticos comprendiendo dos cosas.

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El dharma de la almóndiga

[2,5 páginas]

Hay algo de aquellos que se aferran a un budismo ortodoxo o tradicional que me parece incoherente y hasta ilógico. Ilógico, quizás, porque no creo en lo sobrenatural. Y cuando digo que no creo en lo sobrenatural no estoy pretendiendo rechazar todo aquello que se escapa de lo comprensible a primera vista: mantengo la capacidad de mirar con asombro todo aquello de la existencia que aún nos es misterioso. De ningún modo critico el hecho de que a algunas personas les funcione el budismo tradicional, ya sea theravada, tibetano, nichiren… Faltaría más. Me estoy refiriendo más bien a los que se resisten a la evolución, reforma o reinterpretación del dharma y que, en lugar de sencillamente continuar con lo que les funciona, intentan deslegitimar esa evolución. (Quiero dejar clara esta distinción para el resto del artículo.) Esta actitud anti-reforma parece bastante incoherente viniendo de una religión o espiritualidad que pone en el centro de su pensamiento la noción del cambio.

Para mí es comparable al conservadurismo con el lenguaje. Un ejemplo. Entiendo que, de entrada, ver que la Real Academia Española acepta almóndiga o cocreta genere caras de sorpresa, risa e incluso desagrado. Todo el mundo está en su derecho de que le guste o no una palabra. Pero, más allá de ese posible desagrado, si lo pensamos bien, ¿sobre qué base puede rechazarse que los sonidos que pronuncia la gente sigan cambiando, igual que fueron cambiando durante años para llegar a las formas albóndiga y croqueta?

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El método ASPA

Uno de los conceptos que más me interesan de Stephen Batchelor es la reformulación de las cuatro nobles verdades en las cuatro tareas. A parte de considerar bastante sólidos y sensatos los argumentos con que él defiende esta reinterpretación, personalmente las encuentro enormemente útiles. El ensayo “Un budismo secular” elabora detalladamente este discurso, pero para aquellos que no tengan el tiempo suficiente o que no se hayan atrevido con un texto relativamente largo, he hecho un refrito con párrafos que tratan el tema para introduciros a lo que estoy empezando a llamar el “método ASPA.” Quizás, si os parece interesante, os animéis luego a leer el ensayo entero. ¡Espero que lo encontréis útil!

Abre cualquier libro de introducción al budismo y encontrarás, normalmente en las primeras páginas, una explicación de las cuatro nobles verdades. Invariablemente, serán presentadas en la forma de cuatro proposiciones, algo parecido a esto:
La vida es sufrimiento.
El origen del sufrimiento es el anhelo.
El cese del sufrimiento es el nibb
na.
El noble camino óctuple es el camino que conduce al cese del sufrimiento.

Por la forma misma en que se presenta esta información, el lector se ve desafiado a considerar si estas proposiciones son verdaderas o falsas. Desde el comienzo de su implicación con el dharma, uno se encuentra jugando al juego lingüístico de “en busca de la Verdad.” La presunción no explícita es que si tú crees que estas proposiciones son ciertas, entonces reúnes el perfil para ser budista; mientras que si las consideras falsas, no.

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Ateísmo, sin temor

[3,5 páginas]

Pema Chödron, la reconocida maestra de budismo tibetano, abordó en una charla el tema del ateísmo; pero lo definió de una forma poco habitual. En realidad, a lo largo de este magnífico fragmento de esa charla que os presentamos a continuación, varias veces se queda uno pasmado de la frase que acaba de leer: tan contraintuitiva, tan inusual… Pero un poco de reflexión y relectura descubren un mensaje punzante y muy profundo. Que os sea útil 🙂

La diferencia entre el teísmo y el ateísmo no es si uno cree o no en un dios. Este es un tema que se aplica a todos, incluyendo budistas y no budistas.

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¿¿Que no existe el yo??

[2,5 páginas]

Cada vez son más los maestros y estudiosos que, con el privilegio actual de poder acceder a todas las fuentes conservadas de las tradiciones budistas, y de hacerlo desde una perspectiva histórica y lingüística más informada que nunca antes, señalan la problemática de la doctrina del no-yo, que aseguran es la enseñanza más incomprendida, distorsionada y mal representada del Buda. Resulta interesante ver que, en las fuentes más antiguas (el canon pali), el Buda no utiliza la expresión “no tener yo” sino “no ser yo” o “ser no-yo”, en esos textos uno no lee que no exista el yo, sino que las formas, las percepciones… no son yo. Tengo la sensación, personalmente, que se trata más bien de una enseñanza pragmática sobre una actitud psicológica, y no una descripción ontológica o metafísica de la realidad. De hecho, en el Dhammapada (verso 80), el Buda parece animar a construir con esmero un yo:  “Así como un campesino riega su campo, así como un arquero endereza su flecha, así como un carpintero talla un pedazo de madera, así el sabio disciplina el yo.” (Dependiendo de la traducción, dicen “se disciplina a sí mismo” y otras variantes).

Creo que una visión pragmática y bien comprendida de la enseñanza del no-yo puede ser muy útil hoy en día. Me ha gustado mucho un breve y sencillo artículo de Thanissaro Bhikkhu, experto en el canon pali, publicado en la sección “Lo que el Buda nunca dijo” de la revista Tricycle. El contenido no es en sí un enfoque secular, sino theravada; pero creo que el mensaje puede ser útil, y quizás sigamos investigando el tema. Lo traduzco a continuación [mis notas entre corchetes. La negrita es mía]. Espero que lo disfrutéis:

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Supersticiones de mercado y demonios invisibles

[1,5 páginas]

La idea de que la vida puede explicarse y dominarse es una superstición. También lo es la idea de que es posible vivir sin la duda, o de que la existencia tiene que ser feliz, que alguien o algo ahí afuera está atento a nosotros. ¿Esperas ser iluminado por tu práctica budista, o salvado por tu Dios? Vale. ¿Por qué?

Probablemente nunca respondas por completo esta pregunta, pero esa no es razón para dejar de preguntarla. Necesitamos que se nos recuerde que no podemos saber, no sólo intelectual sino también visceralmente. Abandonar el misterio es perder nuestro potencial para el cambio. Peor: pensar que podemos controlar ese cambio es estar perdido en superstición.

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