Ateísmo, sin temor

[3,5 páginas]

Pema Chödron, la reconocida maestra de budismo tibetano, abordó en una charla el tema del ateísmo; pero lo definió de una forma poco habitual. En realidad, a lo largo de este magnífico fragmento de esa charla que os presentamos a continuación, varias veces se queda uno pasmado de la frase que acaba de leer: tan contraintuitiva, tan inusual… Pero un poco de reflexión y relectura descubren un mensaje punzante y muy profundo. Que os sea útil 🙂

La diferencia entre el teísmo y el ateísmo no es si uno cree o no en un dios. Este es un tema que se aplica a todos, incluyendo budistas y no budistas.

Identifícalo como esa convicción asentada profundamente dentro de tí, de que hay alguien que estará ahí por tí y que te sostendrá la mano, en especial de que si tan sólo hacemos las cosas bien, alguien lo apreciará y cuidará de nosotros. Esto significa que siempre habrá una nana disponible cuando la necesitemos. Todos tenemos esta inclinación de abdicar nuestras responsabilidades y delegar nuestra autoridad en algo fuera de nosotros mismos. Ateísmo es el poder relajarte con la ambigüedad y la incertidumbre del momento presente, sin nada que pueda ser alcanzado, nada que nos proteja.

A veces pensamos que el dharma es algo que se encuentra fuera de nosotros, algo en lo que creemos, algo ante lo cual nos medimos. Sin embargo el dharma no es una creencia, no es un dogma. Es una apreciación total de la impermanencia y del cambio. Las enseñanzas se desintegran cuando tratamos de asirnos a ellas. Hemos de vivir la experiencia sin esperanza.

Hay mucha gente valerosa y compasiva que ha vivido esta experiencia y enseña sobre ella. El mensaje es intrepidez. El dharma nunca quiso ser una creencia que tenga que ser adoptada ciegamente. El dharma no nos da para nada algo a lo cual asirnos. El ateísmo es darte cuenta finalmente de que no hay una nana con la que puedas contar. Como cuando finalmente te encuentras con una buena, y de repente él o ella ya no están. El ateísmo es darte cuenta de que no son sólo las nanas las que vienen y van. Toda la vida es así. Esta es la verdad, y la verdad es inconveniente.

Para aquellos que desean algo a que agarrarse, la vida es todavía más inconveniente. Desde esta perspectiva, el teísmo es una adicción. Somos adictos a la esperanza, la esperanza de que la duda y el misterio desaparecerán. Y esta adicción tiene un efecto muy doloroso en la sociedad: esta sociedad construida con muchas personas adictas a tener piso bajo sus pies no es un lugar muy compasivo.

La primera noble verdad que enseñó el buda es que, cuando sentimos el sufrimiento, esto no significa que suceda nada malo. ¡Qué descanso! Finalmente alguien dijo la verdad. El sufrimiento es parte de la vida, y no tenemos que sentir que esto está ocurriendo porque hicimos algo mal. Sin embargo, en la realidad, cuando sentimos sufrimiento, pensamos que hay algo mal.

Mientras seamos adictos a la esperanza, sentimos que tenemos que entonar nuestra experiencia, aligerarla o cambiarla de alguna manera, y así continuamos sufriendo mucho. En el universo de esperanza y miedo, siempre tenemos que cambiar el canal, cambiar la temperatura, cambiar la música… porque hay algo que me está incomodando, algo me está inquietando, algo está empezando a doler y continuamos en la búsqueda de alternativas.

En un estado mental ateo, el abandono de la esperanza es una afirmación; es el principio del principio. La esperanza y miedo surgen de sentir que algo nos falta; provienen de una sensación de pobreza. No podemos simplemente relajarnos en nosotros mismos, nos agarramos de la esperanza y la esperanza nos roba el momento presente. Sentimos que hay alguien más que sabe qué es lo que está pasando, que hay algo que nos está faltando, algo que está faltando en nuestro mundo.

En vez de dejar que la negatividad secuestre la mejor parte de nosotros, podemos simplemente reconocer que en este momento me siento mal. Esa es la cosa más compasiva que puedo hacer, eso es lo valiente. Podemos oler lo mal que nos sentimos, lo podemos sentir, cuál es su textura, su color, su forma. Podemos explorar la naturaleza de esta sensación, podemos conocer la naturaleza del desagrado, de la vergüenza, del bochorno, y no tener que creer que hay algo malo en eso. Podemos soltar esa esperanza fundamental de que hay un mejor yo que algún día emergerá. No podemos ignorarnos a nosotros mismos, como si no estuviéramos ahí. Es mejor mirar de frente y directamente a nuestras esperanzas y temores, y es entonces cuando un tipo de confianza en nuestra cordura básica puede surgir.

Es aquí en donde la renuncia entra a cuadro. Renuncia a la esperanza de que nuestra experiencia puede ser diferente. Renunciamos a la esperanza de que podemos ser mejores. Las normas monásticas budistas que aconsejan renunciar al licor, renunciar al sexo y todo lo demás, no nos están señalando que esas cosas sean inherentemente malas, o inmorales, sino que las utilizamos como nanas. Las utilizamos como una manera de escape, las utilizamos para tratar de alcanzar un consuelo que nos distrae de nosotros mismos. La cosa verdadera a la cual renunciamos es la tenaz esperanza de que podamos ser salvados de quienes somos. La renuncia es una enseñanza que nos inspira a investigar qué es lo que está ocurriendo cada vez que nos agarramos a algo porque no podemos soportar enfrentar lo que viene.

Si la esperanza y el temor son las dos caras de una misma moneda, también lo son nuestra desesperanza y nuestra confianza. Si estamos dispuestos a dejar ir toda esperanza, entonces la inseguridad y el dolor pueden ser exterminados. Entonces podemos tener el valor de relajarnos en la falta de piso de nuestra situación. Este es el primer paso del camino.

Si no tenemos ningún interés de llegar más allá de la esperanza y el temor, entonces no tiene ningún sentido tomar refugio en el Buda, el dharma y la sangha. Tomar refugio en Buda, dharma y sangha tiene que ver con abandonar la esperanza de tener algún piso bajo nuestros pies. Estaremos listos para tomar refugio cuando este estilo de enseñanza, ya sea que estemos dispuestos a ella o no, nos suene como algo poseídamente familiar, como la experiencia de un niño que reencuentra a su madre después de una larga separación.

La desesperanza es la base fundamental; si no, vamos a empezar este viaje con la esperanza de lograr alguna seguridad, y si hacemos el viaje para lograr seguridad estaremos perdiendo total y absolutamente de qué va el asunto. Podemos hacer nuestra práctica de meditación con la esperanza de lograr seguridad, podemos estudiar las enseñanzas con la esperanza de lograr una seguridad, podemos seguir las pautas y las instrucciones con la esperanza de lograr una seguridad, pero esto sólo nos conducirá a la decepción y al dolor.

Podemos ahorrarnos mucho tiempo tomando seriamente este mensaje, justo ahora: inicia tu viaje sin la esperanza de lograr obtener algún piso bajo tus pies, inicia con la desesperanza.

Toda ansiedad, toda la insatisfacción, todas las razones para esperar que nuestra experiencia pueda ser diferente, están enraizadas en nuestro temor a la muerte. El temor a la muerte siempre se encuentra en el trasfondo. Tal como dijo el maestro  zen Suzuki Roshi: “La vida es como abordar un barco que está a punto de zarpar hacia el mar para hundirse.” Pero esto es muy difícil: no importa cuántas veces lo escuchemos, es difícil creer en nuestra propia muerte.

Hay muchas prácticas espirituales que tratan de alentarnos a que nos tomemos la muerte en serio, pero es increíblemente difícil permitir que nos toque el nervio. La única cosa en la vida con la que realmente podemos contar, es increíblemente remota para nosotros. Claro que no vamos tan lejos como decir: «¡No! Yo no me voy a morir.», porque por supuesto que sabemos que lo haremos. Pero definitivamente va a ser… después. Esa es, nuestra mayor esperanza.

Hemos sido criados en una cultura que le teme a la muerte y nos la oculta; sin embargo la experimentamos todo el tiempo. La experimentamos en la forma de decepción, cuando las cosas no salen como queremos; la experimentamos en la manera en cómo las cosas están en continuo cambio; cuando el día termina, cuando el segundo termina, cuando exhalamos… esa es la muerte en el día a día. La muerte en la vida diaria puede también ser definida cuando experimentamos todas esas cosas que no queremos. Nuestro matrimonio no va bien, nuestro trabajo no termina de cuajar. Tener una relación con la muerte en la cotidianeidad significa que empezamos a ser capaces de esperar, de relajarnos cuando sentimos inseguridad, o pánico, o vergüenza, cuando las cosas no están funcionando. Y conforme pasan los años, ya no llamamos a la nana tan seguido.

La muerte y la desesperanza nos proporcionan la motivación adecuada; una motivación adecuada para vivir una vida perspicaz, una vida compasiva. Pero, la mayor parte del tiempo, defendernos de la muerte es nuestra mayor motivación. Nos defendemos de cualquier sensación problemática, de cualquier problema, porque siempre estamos tratando de negar que es cosa natural que todo cambie. La arena se desliza a través de nuestros dedos, el tiempo pasa. Es tan natural como el cambio de las estaciones, y el día que se convierte en noche. Pero el envejecer, el enfermar, el perder a quien amamos… no vemos esos eventos como naturales. Nos queremos resguardar de esa sensación de muerte sin importar nada.

Relajarnos en el momento presente, relajarse en la desesperanza, relajarnos con la muerte, no resistirnos al hecho de que las cosas terminan, que las cosas pasan, que las cosas no tienen sustancia perdurable, que todo está cambiando todo el tiempo. Ese es el mensaje primordial.

 
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2 comentarios en “Ateísmo, sin temor

  1. Es un artículo muy bueno ( aunque lamento que sea un fragmento ) que resume de modo prístino el concepto de insustancialidad desde la óptica budista algo que permanentemente ronda en mi cabeza como certeza inefable , mis felicitaciones a Prema .

  2. Muy sutil su manera de expresión y sentir en cuanto al ateísmo y muy noble de su parte de no satanisar como lo hace todo el mundo. cuando uno dice no creer en un Dios..se paso Prema

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