Soltar las creencias

Puede que os suene el nombre de Stephen Schettini porque ya he traducido un par de sus artículos. Se formó como monje budista en la tradición gelug tibetana, en Suiza y en India (en la universidad monástica de Sera); pero colgó los hábitos tras ocho años. Hoy día es autor, maestro y ‘coach’. En el artículo ‘Suspending belief‘ de su blog repasa la esencia de la historia interior de su proceso vital y aprovecha para subrayar ideas básicas que su camino le ha proporcionado. El artículo empieza así:

En la superfície, el budismo es una religión simpática que promueve compasión para todos los seres vivos, incluso cucarachas e inversores de Wall Street. Sin embargo, bajo esa cubierta es una filosofía sediciosa que socava los fundamentos mismos de la razón. Sugiere que todo lo que experimentas es ilusorio, budismo incluído.

Tengo la impresión de que esta visión es algo dura y corresponde a ciertas formas de entender o enseñar el dharma más que a la totalidad del fenómeno budista. Obviamente, está muy influída por la experiencia que tuvo Schettini y las condiciones específicas de su historia, cuando los maestros tibetanos aún no sabían nada de nuestra cultura y sociedad. Esto no obstante, admiro la honestidad radical que viene a continuación, una investigación interna que muchos deberíamos considerar de vez en cuando por nuestro propio bien en el camino. Así sigue:

aunque me hice monje budista para transformar mi mente, esa transformación no empezó a suceder hasta que solté mis creencias budistas. Fue hacia los seis años de mi monacato cuando me pregunté en serio por qué creía: en la reencarnación, en la felicidad perfecta (la Iluminación) y en todo ese tapiz de cautivadoras ideas. La respuesta fue banal, pero también un golpe a mi integridad: creía porque esas creencias me proporcionaban consuelo.

Puede parecer absurdo a simple vista, pero obviamente el proceso no suele ser algo consciente. Aun así muchos siguen o seguimos haciendo esto hoy en día, y no sé hasta qué punto es criticable. A pesar de discrepar profundamente con la mayoría de creyentes a nivel conceptual, al tratar con ellos u opinar intento recordar que la creencias se adoptan y sostienen menos por su validez racional que por la función emocional y vital que desempeñan. Schettini explica que le proporcionaban un marco en el que entender la vida y su propósito, le conectaban con otros que también compartían esa visión y le situaban en una institución antigua y venerable que no era cuestionada. Yo en el primer punto detallaría que las creencias también responden a la necesidad del ser humano de sentirse parte de algo más grande y amplio, algo que nos trascienda y sobreviva.

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Tengo la impresión de que los ateos no están por encima de estas necesidades existenciales: y creer que lo están, como nuestra sociedad ha creído en las últimas décadas, puede acabar generando una sensación de enajenación, superficialidad y vacío espiritual o existencial, fruto de desatender esas necesidades. De hecho, en cierto modo seguimos atendiendo algunas de ellas: hay quienes lo llevan a cabo de tal forma que cosas como el fútbol o el capitalismo acaban por acercarse peligrosamente a la definición (amplia) de religión.

No necesitamos a un Dios ni a los imperativos que se derivan de ese concepto: podemos rendirnos al hecho de que la existencia se rige por sus propias normas, que no siempre podemos dominar; podemos sentirnos parte de la historia de la humanidad, en evolución constante; podemos encontrar significado y continuidad en nuestros actos y creaciones en la tierra; podemos crear comunidad con aquellos que comparten nuestra búsqueda y nuestras dudas. A veces, en sus conversaciones sobre creyentes y creencias, los ateos militantes se pierden en los detalles y anécdotas de las varias fes, y echo de menos una comprensión más profunda y completa del fenómeno de creer, una que nos conecte a otros más de lo que nuestras divergencias nos separan.

Dice Schettini: “Era un consuelo de seguridad y certeza. Estaba en un camino muy caminado. Estaba salvado.” Quizás en nuestra necesidad de certeza está parte del problema. Me lo sugiere la insistencia del Buda en que aceptemos una realidad que es dolorosa (dukkha-dukkhatā), cambiante (vipariṇamā-dukkhatā) e inestable e imprecedible (saṇkhāra-dukkhatā): los tres tipos de dukkha. En lugar de simplemente sustituir viejas creencias y adoptar nuevas cosmologías, rituales y oraciones, tenemos que trabajar con la estructura subyacente de nuestro comportamiento y nuestra experiencia; si no, corremos el riesgo de también darnos cuenta un día de que “Cambiar mis ideas no había cambiado mis reacciones habituales.” Es un proceso largo y persistente, y no hay ninguna necesidad de estresarnos y tener prisa. Ciertas ideas y prácticas budistas nos pueden ser útiles para nuestro camino, pero el mismo Buda aconsejó utilizar esas ideas de manera pragmática: las comparó a una balsa que sirve para cruzar a la otra orilla del río y no para cargarla a nuestra espalda.

Schettini cuenta los conflictos internos que sufrió mientras se volvía más y más consciente de por qué él u otros se aferraban a ciertos dogmas del budismo, dudaba de lo veraces y adecuados que eran y, para colmo, empezaba a dar enseñanzas a grupos de occidentales y a enfrentarse a preguntas. La posición que debía defender como monje gelugpa y sus convicciones personales se enontraban en creciente disonancia. Años después de volver a la vida laica y de seguir reflexionando y practicando, empezó a enseñar otra vez. Bajo la etiqueta de “el monje desnudo,” tomó la honestidad como fundamento (“puesto que el verdadero camino espiritual empezó para mí con mi propia lucha por la honestidad“) y su lema es “Exponte a la duda.”

Su artículo también habla de meditación. Todos sabemos que el Buda enseñó atención plena (mindfulness), dice, pero lo que es menos sabido es que la enseñó en un contexto de pensamientos bien considerados y reflexión, y hoy en día demasiada gente concibe la meditación como vaciar la mente y detener a los pensamientos.

La atención plena da sus ‘frutos a largo plazo’ en el contexto de cómo vivimos y pensamos cuando no estamos en el cojín. Uso la palabra “reflexión” para describir la reestructuración del pensamiento en perspectivas que permiten el acto de dejar ir (especialmente creencias y opiniones). El Buda promovió economía de pensamiento y, por encima de todo, la integridad de exponerte a la negación o rechazo y arrancarla de raíz. A este método lo llamo Reflexión Atenta.

No creo ni dejo de creer en la reencarnación o la iluminación. No puedo decir si realmente existe tal cosa como la libertad completa del estrés en esta vida. Opiniones como ésta consumen mucha energía, pero en realidad no llevan a ninguna parte. La cuestión es: aquí estamos, ¿ahora qué? La vida es estresante, ¿qué podemos hacer al respecto?

Schettini apunta que instintivamente lo gestionamos con negación y propone una interpretación de ‘samsara’ como el hecho de repetir nuestra historia personal una y otra vez a causa de esa negación. La forma de cambiar nuestros patrones, dice, es reflexionar sobre la vida con inteligencia y compasión, dos alas de la práctica fundamentales en las enseñanzas del Buda. Quizás la meditación puede ayudarnos a que esta reflexión esté más centrada y menos distraída por esta o aquella historia particular, a darle más espacio y gravedad. Las últimas palabras de Buda (las traducciones varían mucho aquí) no fueron sobre mantener la organización o las enseñanzas que había establecido, insiste Schettini, “sino un ánimo a los que dejaba atrás”:

“Lucha en serio por tu propia libertad.”

‘En serio’ significa con honestidad. Así que, ¿qué crees y por qué? Honestamente.

Artículo citado
Suspending Belief

Artículos traducidos de Stephen Schettini
Gotama, el Buda: no un místico religioso
Supersticiones de mercado y demonios invisibles

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