Abusos y armas: ya es hora de otro despertar

En el último siglo, buena parte de nuestra sociedad ha ido abandonando el catolicismo. Y lo ha hecho no porque en él no haya bondad ni sabiduría, sino por cosas como su resistencia ante conocimientos científicos y cambios sociales, la violencia perpetrada en su nombre, su estructura tejida de privilegios, abusos, corrupción… De hecho, estas consideraciones probablemente hayan ocultado a nuestros ojos la bondad y sabiduría que existe en ese camino. Pero esta ceguera del exiliado religioso es normal: avanzamos como reacción a lo que dejamos atrás y, por lo tanto, la visión que pintamos de ese pasado raramente es completa e imparcial.

20130701_600Más sorprendente es otra ceguera, aunque en el fondo igual de comprensible. De manera inversamente proporcional al olvido de la religión autóctona, ha habido un acercamiento a otros caminos, muchos de ellos extranjeros, como es el caso del budismo. El hueco de inquietud existencial pide llenarse, y parece que también lo pide la tendencia (¿necesidad?) a tener una visión del objeto espiritual inmaculada, romántica, infalible. Al inicio del párrafo dije comprensible porque, para aspirar a algo, tienes que tenerlo en alta consideración; si no, no lo persigues. Pero cuando esa tradición foránea empieza a conocerse mejor y los dos mundos dialogan más y más, afloran datos que manchan esa visión. Y aquello que veíamos en la tradición heredada, y que era motivo para rechazarla, ahora no lo vemos en la nueva tradición elegida. Entonces esos datos se obvian, se tapan, se ignoran… hasta que hay demasiada mierda acumulada bajo la alfombra y es inevitable tropezar. Esto es lo que ha sucedido en los últimos meses, en dos flancos que ponen a prueba nuestra madurez espiritual: el estallido de los abusos en el budismo tibetano y la crueldad del estado birmano contra los rohingya, la minoría musulmana del país.

El exotismo es llamativo y sirve como buen reclamo para muchos al inicio. Pero con el tiempo las idealizaciones deberían dar paso a una perspectiva más equilibrada y realista. ¿Cuán probable es que todo un continente haya dado justo en el clavo y el nuestro lo haya perdido totalmente de vista? ¿Y cuán probable es que una institución inmensa se haya librado de cometer represión, dogmatismo y fechoría alguna? Creerlo es pensar, inadvertidamente, o bien que esos conflictos son un accidente en la superficie de nuestra naturaleza y nosotros hemos sido especialmente flojos, o bien que están arraigados en la condición humana y ellos son inusualmente campeones —lo que, como la propia frase indica, sería inusual. ¿Por qué tendría que ser automáticamente más sabio, espiritual y bondadoso un pastor del Tíbet que uno del Tirol? ¿Cuánto tiempo ha pasado la gente que tiene percepciones así idealizadas conviviendo con esa gente, en su propio entorno? Es más, ¿es respetuosa esa imagen simplificada, caricaturesca  y mercantilizada de una cultura?

Nada de esto es nuevo. Los escándalos de Sogyal Rinpoché hace décadas que se conocen (¡décadas!). Ya en 1993, durante un encuentro de maestros occidentales con el Dalai Lama, se abordó este tema y se puso al corriente a la oficina de Su Santidad. Y el islamófobo monje birmano U Wirathu salió en portada del Time Magazine en 2013, con el titular “La cara del terror budista.” ¿Cómo reaccionamos a estas informaciones? ¿Qué dice esa reacción de nuestra relación con el budismo y de nuestra madurez espiritual? ¿Cómo podríamos responder de una forma apropiada que, en lugar de sumirnos en la decepción o la negación, incluya estos sucesos y los use para nuestro crecimiento? ¿Podemos salir de aquí sin menos convicción en el potencial de estas enseñanzas para transformarnos?

Si os queréis informar, podéis leer la carta original que los estudiantes mandaron a Sogyal y que lo desencadenó todo. También la respuesta de su organización, Rigpa, donde se informa que Sogyal se retira de la dirección espiritual y entra en un periodo de reflexión. Como el escándalo ha estallado a nivel máximo, son muchas las personalidades que se han pronunciado, por ejemplo Mingyur Rinpoché o Matthieu Ricard (en castellano). También el Dalai Lama, aunque me sabe mal que haya esperado a cuando ya no había más remedio para pronunciarse públicamente.

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Dzongsar Khyentse Rinpoché hizo un escrito largo que es peligroso leer a medias, porque va vacilando entre denunciar con voz bajita las ofensas y defender a pleno pulmón el sistema, del cual él depende. Aunque da buenos argumentos e informa muy bien del camino tántrico, para mí fue algo decepcionante que a Dzongsar Khyentse, una figura tan crítica con el sistema de tulkus (lamas reencarnados, identificados y criados en ese rol desde pequeños), le costara tanto ser crítico con un problema que es consecuencia clara de ese sistema. Da demasiadas vueltas y excusas, y en varios momentos roza el culpar a la víctima. Cuando admite las faltas de Sogyal o de la estructura que se lo permite, entonces se apresura a decir ‘pero si las cosas se hacen como es debido…’. Pero no aborda de frente y sin coletillas que no se han hecho como es debido y que esto tiene unos motivos. Aunque no deja de mostrar empatía por el dolor causado, en lugar de buscar maneras de minimizar que se perpetúe parece mucho más preocupado porque nada de esto manche las instituciones y sus doctrinas. Justin Whitaker escribió una larga crítica a Dzongsar Khyentse titulada ‘El mérito de señalar el abuso en el budismo‘. El artículo cuenta con tantas y dilatadas citas del texto original que es casi como leerlo entero.

Si bien la protección exhibida por Dzongsar Khyentse es necesaria en casos así, que pueden destruir reputaciones y pintarlo todo de un broche, no creo que se haga un gran servicio al budismo con un discurso más lleno de defensa del status quo que de compasión por quienes han sufrido a causa de éste. Y es que, para decirlo en jerga budista, Sogyal no tiene existencia intrínseca, sólo existe en contexto: hay algo estructural que no sólo permite los abusos sino que lo pone demasiado fácil. Y luego no hay procedimientos para comprobar si se están haciendo las cosas debidamente o no; y me da igual que ese sea el funcionamiento del budismo tántrico, eso no es un argumento suficiente. Un sistema así como máximo es inmoral y peligroso, y como mínimo choca con nuestros valores del siglo XXI.

No todo ha sido Sogyal: también se han destapado abusos de Norlha Rinpoché, abad de Kagyu Thubten Choling. La comunidad de ese monasterio neoyorquino ha dialogado sobre qué solución estructural poner en práctica para el futuro, lo cual es un gran ejemplo de que la respuesta no tiene por qué ser demonizar al budismo tántrico, aborrecerlo o dejar de practicarlo. Eso sería una igual falta de madurez espiritual, ya que seguiría basado en necesitar lo infalible y no saber gestionar que los maestros y sus instituciones no lo sean. Hay otras vías.

Una respuesta madura es algo más complejo y fruto de un proceso interno, no de reacciones. Se puede buscar guía: la organización especializada ‘An Olive Branch’ ofrece consejos y estrategias en este artículo de la revista Lion’s Roar. El joven Lama Rod Owens, discípulo de Norlha, publicó en su facebook unos comentarios muy honestos que apuntaban hacia la curación. (Por cierto, seguramente visitará Barcelona en marzo para hablar de dharma, desigualdad, derechos lgbt, activismo…). Y la maestra Thubten Chödron habla en este vídeo de cómo gestionar casos de abusos como practicantes cuando éstos nos tocan de cerca.

Otra cuestión subyacente que es necesario reconocer es que muchos practicantes han permanecido durante años en un estado o de ignorancia o negación de este tema. Y esto es incongruente con valores fundamentales del dharma. Como dije, en 1993 ya se expresaron preocupaciones sobre Sogyal, en 1994 fue demandado en California, y por si esto no llegaba al gran público, existe un reportaje sobre su caso que lleva seis años en youtube: ‘In the name of Enlightenment‘.

Pasando a otro caso, en 1996 se publicó el libro “Traveller in Space,” en el que June Campbell cuenta su experiencia como consorte secreta de Kalu Rinpoché, de quien era traductora. Su libro se topó con un vergonzoso silencio. Kalu Rinpoché, entonces ya fallecido y reencarnado, había sido un maestro demasiado respetado en occidente y, precisamente, representaba las enseñanzas y la mentalidad salidas intactas del Tíbet. En un caso que pone de manifiesto que apelar al karma para explicar desgracias es cruel, su reencarnación actual, el joven ‘yangsi’ Kalu Rinpoché, desveló hace años en un conmovedor vídeo que entre los 12 y los 15 años fue repetidamente violado en el monasterio. Su historia generó mucho ruido y durante un tiempo pensé que él podría ser una voz renovadora del sistema tibetano; pero luego volvió a su organización y, que yo sepa, ninguna reforma seria salió de todo aquello.

Se conocen más historias parecidas, por supuesto, pero uno no ve si no quiere ver —un ejemplo de la ignorancia que los budistas, se supone, aspiramos a disipar. En esta entrevista June Campbell relata el mundo impuesto a los jóvenes tulkus, ‘impuesto’ porque sólo tienen 2 o 3 años cuando se separan de sus familias y van a vivir al monasterio, en un entorno casi exclusivamente masculino donde asocian las mujeres al secretismo, crecen rodeados de adulación y obediencia, y a menudo también de abusos.

¿Qué pensamos cuando ocurren escándalos así en la Iglesia católica? ¿Qué nos parecería un artículo similar al de Dzongsar Khyentse pero refiriéndose a obispos pederastas? ¿Qué les diríamos a los practicantes de esas tradiciones? ¿Condenamos el secretismo de unos y justificamos el de otros? ¿Para unos pedimos consecuencias y para otros comprensión? Lo bueno de este ejercicio mental es que podemos aprender que, cuando el escándalo sucede en una institución a la que ya estamos predispuestos a atacar, la indignación nos condiciona demasiado y no somos del todo justos.

Otra llamada de realidad es el conflicto birmano con los rohingya. La ONU los ha calificado de la minoría más perseguida del mundo. Estamos hablando de genocidio, limpieza étnica y, como los rohingya son musulmanes, de guerra religiosa. También Justin Whitaker ofrece un buen resumen aquí. Lo triste es el papel que está jugando el budismo como instigador del odio, coagulado en la figura de U Wirathu. Este año en Cannes se ha presentado un documental llamado “The Venerable W.” El trailer lo dice todo.

Podemos decir que esto es la política usando la religión para controlar a las masas, pero ¿no es esto algo que solemos usar contra la religión, en lugar de para excusarla? La ceguera, la justificación, la ignorancia, la negación, son igual de aplicables en este caso, que amenaza nuestra concepción del budismo como doctrina pacífica. Y tampoco nada de esto es novedad: el nacionalismo budista hace mucho, mucho que existe. En Sri Lanka, la institución monástica no ha sido especialmente una fuerza de paz en las tensiones entre cingaleses y támiles (hindús la mayoría), sino que ha fortalecido la noción de que ser de Sri Lanka es ser budista. Y entonces cuando algo amenaza la estabilidad del país, está amenazando la estabilidad del budismo theravada.

En Japón, el establishment budista no fue simplemente cómplice de las invasiones de Asia en el siglo pasado, sino que la consideraron una guerra santa. En la segunda guerra mundial, los aviones de combate japoneses lucían la imagen de Avalokiteshvara, el bodhisattva de la compasión. Y hoy en Myanmar, la inacción de Aung San Suu Kyi ha desacreditado su Nobel por la paz, cuando incluso se niega a que la ONU investigue los crímenes contra los rohingya.

En este tema mucha gente suele responder con un “no son budistas de verdad.” Esta salida es demasiado fácil, y problemática, porque se asienta en la noción de que sólo los ‘buenos budistas’ son budistas. Y esta frontera entre los que son budistas de verdad y los que no puede moverse a conveniencia siempre que haga falta. Además, nos exime de cualquier responsabilidad de abordar realmente el tema y reexaminar nuestra tradición.

Hay una falacia conocida con el nombre de ‘No true Scotsman’, que consiste en hacer una generalización y defenderla de los contraejemplos cambiando la definición, de forma que excluya a esos contraejemplos. La anécdota original es un escocés que lee en el periódico las atrocidades cometidas por un criminal británico y declara que “Ningún escocés haría tal cosa.” Cuando al día siguiente lee atrocidades peores de un criminal escocés, dice: “¡Ningún escocés de verdad haría tal cosa!”

El problema no es expresar una opinión sobre qué representa fielmente a las enseñanzas del Buda y qué no, sino tener una visión preconcebida de lo que es el budismo, en tanto que fenómeno histórico y social, y entonces para mantenerla empezar a ser selectivo con los datos, o manipularlos. Bastante lejos del “ver las cosas tal como son.” Ey, a mí también me duele, pero esos monjes budistas que se manifiestan contra la presencia del islam en su tierra son monjes budistas. ¿Qué solemos opinar de la violencia instigada por el cristianismo? ¿Que no eran cristianos de verdad?

Entonces qué: ¿Son algunos maestros, monjes y laicos budistas unos farsantes? ¿Son inefectivas las prácticas del budismo tántrico? ¿Es poco más que un eslogan bonito lo de que el budismo promueve la no-violencia? No, no y no. Sino que las cosas no son tan sencillas: el aprendizaje es complejo y sin término, los humanos seguimos siendo humanos, y por mucho entrenamiento y estudio, nada ni nadie deja de estar sujeto a condiciones de mil tipos: sociales, políticas, genéticas, circunstanciales… Tarde o temprano cualquier practicante serio y honesto consigo mismo abandona la inocencia y se percata de que este camino no es un cuento de disney, ni es tan simple y lineal como un “si A, entonces B.” Por desgracia decir esto no vende.

Lo fácil son argumentos de blanco o negro: o el budismo es perfecto e infalible o es una doctrina medieval soberbia con un publicista muy bueno; o los tibetanos y los birmanos son un pueblo verdaderamente espiritual y bondadoso como ya no quedan aquí o son unos retrasados supersticiosos y machistas. En resumen: o los budistas tienen toda la sabiduría del mundo o no tienen ninguna. Venga, ¿no somos mejores que esto? Debemos enfrentarnos a apegos, preferencias, prejuicios, proyecciones… Esto es tierra fértil para el crecimiento espiritual, pero requiere de trabajo y madurez.

Podríamos definir la inmadurez espiritual como la incapacidad de reconciliar nuestra aspiración con la falibilidad del objeto de esta aspiración: maestro, institución, linaje, doctrina… Una meta demasiado elevada se vuelve inaccesible —y el aspirante, empequeñecido—; encima proyectarla en un ser humano es un asunto delicado. Por otro lado, si la meta está demasiado cerca ya no funciona como meta. Ir encontrando el punto medio requiere valentía para arriesgarse y honestidad para equivocarse. Es abandonar la exigencia de certeza y caminar en un terreno mucho más ambiguo e impredecible, pero que quizás sea más auténtico, realista, interactivo y entusiasmador. Para mí, ser crítico de esta manera no es contrario al aprecio y en cierto modo devoción al dharma; ni siquiera es a pesar de mi amor por la tradición budista, sino debido a mi amor por la tradición budista.

6 comentarios en “Abusos y armas: ya es hora de otro despertar

  1. Creo que hay un problema de fondo: el tema de las generalizaciones. Sea hablando de maestrxs, médicxs, políticxs, estudiantes, jóvenes, etc. No se puede decir “todxs lxs…” son buenxs, malxs, perezosxs, etc. Y, en este caso, los seguidores de las diferentes religiones del mundo.
    Lo que importa es cómo son las personas que siguen una u otra religión, no la religión en sí. Y, claro, los “problemas” humanos: la ambición, el poder, el odio…, en fin, la ignorancia. Muy bueno el artículo.
    Me ha recordado una cosa que digo con frecuencia: quien (o quienes) inventó/aron las bombas de racimo o los misiles nucleares seguro que son personas muy inteligentes… pero ¿les mueve el amor, la compasión, el altruismo, etc., etc.?

    1. Exacto, Pere. Me acuerdo hace un tiempo de un artículo que decía algo como “Las religiones no son pacíficas o violentas. Las personas lo son. Si eres agresivo, tu cristianismo/islam/etc. será agresivo.” De todos modos estos discursos a veces caen en otro extremo, el de decir que todas las religiones tienen el mismo mensaje, y esto tampoco es cierto.
      La cuestión de fondo que apuntas muy bien implica que no hace falta aplicar la falacia ‘No True Scotsman’, y que las idealizaciones (que son un tipo de generalización) son inadecuadas.

  2. A veces, también somos papanatas e incongruentes y concedemos a lo que viene de afuera unas prebendas que nunca permitiríamos a aquello que recibimos por cultura o tradición. Así mismo, somos muy idealistas (y dualistas) y muy propensos a ir detrás de sangri-las, buenos salvajes o patrias soñadas, más dados a fantasear con la luz que a llevar la luz a la oscuridad.

  3. El problemas de las religiones organizadas es que los fieles son manipulados por una minoría, que obtiene ventajas a su costa. Logran poseer o disfrutar de bienes materiales, arman ejércitos, conquistan al vecino, abusan sexualmente, etc, etc, etc. Por desgracias todas las religiones se prestan a ello, pues están basadas en principios generales, en abstracciones difíciles de interpretar, llenas de pasajes oscuros, de incongruencias y contradicciones, que son fácilmente interpretables para respaldar el interés propio. Pensemos en las cruzadas cristianas, el terrorismo islamista, los abusos sexuales del clero católico, y los ejemplos que has puesto del budismo. La jerarquía llegado el momento pone el acento donde le conviene para dirigir a la masa a su objetivo: Liberar tierra santa del infiel (conquista territorial), acabar con el infiel (terrorismo como venganza y para expandir un modelo socio-cultural), ellas o ellos provocaron al los hombres santos porque son demonicos/demonicas (culpar a la víctima, tras abusar de la misma), etc, etc.
    Sinceramente, creo que todo intento de jerarquía sólo conlleva abuso en mayor o menor grado.
    Saludos,
    El Escéptico.

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