El mundo sufre, y no vamos a enfadarnos por eso.

Hoy decidí salir a tomar un café y leer un rato para que me tocara el aire, activar el cerebro y así contrarrestar mi habitual bajada de energía de después de comer. Me senté en una terraza de un bar cerca de casa, pedí un café y un vaso con hielo y, antes de empezar la lectura, saqué el móbil e hice una llamada. Hablé por teléfono lo suficiente como para que, al colgar, el café ya se hubiera enfriado, nadando entre los cubitos. Y cuando hacía unos diez minutos que estaba allí sentado y justo abría mi e-reader, veo cómo el camarero empieza a recoger los cojines de las sillas…

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¿Ya cierran? ¡Pero si no son más que las tres de la tarde! Me cago en la leche, me habré sentado en uno de esos bares que sólo abren por la mañana… ¿Y por qué no me ha avisado el camarero? Ya le vale. (Como si él tuviera que adivinar mis intenciones de quedarme media horita leyendo; la mente es la hostia.) Pero lo único que estaba sucediendo es que, mira tú por dónde, en ese momento la realidad no estaba siguiendo mi guión. O dicho siguiendo el clásico análisis budista de la experiencia: en dependencia de las formas visuales y el ojo, surge la conciencia visual; la conjunción de las tres cosas es el contacto; condicionada por el contacto, surge la sensación (en ese caso desagradable); condicionada por la sensación, surge la reacción (en ese caso aversión); condicionado por la reacción (aversiva), surge el aferramiento… Y así llegamos a dukkha (sufrimiento, insatisfacción, imperfección).

En ese instante me acordé, más o menos, de una frase del último libro que he leído este verano. Por suerte, tenía el pdf en el e-reader y pude buscar la cita exacta. Es ésta:

Soltar (dejar ir) no es simplemente una cuestión de respirar hondo para calmar mi mente agitada; necesito limpiar las puertas de mi percepción. Esto requiere suspender el hábito predeterminado de ver el mundo como hostil, deseable o aburrido. Una de las formas más efectivas de suspender ese hábito es entrenarte a comprender el mundo como un mundo que sufre infinitamente.   — Stephen Batchelor, After Buddhism, p.78

Recientemente me había estado preguntando el por qué de tanto énfasis en el sufrimiento, el aspecto insatisfactorio o imperfecto de la existencia. Más allá de ser un obvio antídoto a un estado existencial de negación y de ayudarnos a ajustar nuestras expectativas a la realidad y aceptarla tal como es (que ya es mucho), sospechaba que en la práctica debía de haber algo más. Y con práctica me refiero a el mundo del presente que comparto con otros, donde hay mesas y cucharas; porque si las enseñanzas sobre dukkha se reducen al ámbito abstracto y privado de la comprensión individual entonces el budismo se merece su fama de filosofía pesimista.

En otras palabras: lo de entender que el dolor sucede y que es normal y no pasa nada está muy bien. Es el “así es la vida” que pronunciamos en momentos de profunda aceptación —o en el peor de los casos, de resignación. Los ingleses dicen “shit happens.” Pero más allá de todo esto, ¿para qué ver el mundo como lleno de sufrimiento, desde la angustia más intensa a las pequeñas incomodidades diarias?

La clave es no pensar sólo en mi dukkha, sino también en el de los demás. Tenemos “el hábito predeterminado de ver el mundo como hostil, deseable o aburrido,” y con estas categorías nos estamos limitando y poniendo en el centro de todo: las cosas o bien me gustan / me convienen y entonces quiero asirlas y hacerlas eternas, o bien me desagradan / no me convienen y entonces quiero quitármelas de encima, o bien me son indiferentes y por lo tanto indignas de mi atención. Esta forma de vivir, como si las cosas existieran para mí, no sólo puede resultar vacía y cansina (ya que es una tarea infinita), sino que no es muy práctica para vivir en armonía con otros.

Si en lugar de ver la acción del camarero como intrínsecamente hostil me centro en sus circunstancias, su dukkha —el cansancio de una jornada entera de trabajo, un pequeño dolor lumbar, las ganas de llegar a casa y ver a sus hijos— mi actitud cambia por completo. Después de todo, no es tan grave ver mi lectura interrumpida o acortada. Y si alguien me abofetea con su euforia cuando yo estoy algo decaído, quizás mi tendencia sea insistir en mi supuesta ‘necesidad’ de que me escuchen y me pregunten, y si no lo hacen les consideraré insensibiles y desconsiderados. Pero también puedo aprovechar su alegría para soltar mi circunstancia particular (que al fin y al cabo es pasajera), darme tiempo para digerirla y sacar el tema cuando el otro esté más receptivo.

Paso de ver el mundo como intrínsicamente hostil, deseable o aburrido a ver un mundo que sufre, se entusiasma y transcurre; paso de ver el mundo en términos de mi propio interés a empatizar con el de los demás. En el análisis budista ofrecido arriba, la clave es cazar el momento de la sensación”, para así poder crear un espacio y decidir cómo responder a la situación de una forma más inteligente y empática, que encarne los valores del dharma, en lugar de reaccionar por puro condicionamiento y automatismo.

La meditación es una de las mejores herramientas para esa tarea, en tanto que refina nuestra atención y conciencia del proceso de la experiencia. Pero hay que hacer uso de ella fuera del cojín. Cuando percibimos en el momento el impacto que tiene en nosotros un acto, o unas palabras, somos conscientes de la sensación que nos produce y de la intención de reaccionar; respiramos, reconociendo y aceptando ambas cosas; y entonces nos podemos proponer el ejercicio de, en lugar de ver nuestro anhelo o nuestra aversión, ver el dukkha del otro. Quizás esto nos ayude a soltar o dejar ir la reacción. Más que una declaración de que todo es sufrimiento, la primera verdad nos insta a no cerrar nuestros ojos al sufrimiento. El mundo sufre, y no vamos a enfadarnos por eso ¿verdad?

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2 comentarios en “El mundo sufre, y no vamos a enfadarnos por eso.

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