Meditación, identidad y trascendencia

Este artículo está basado en una reflexión que ofrecí en Sheffield el pasado 16 de noviembre, en el primer día de meditación para LGBT+ y aliadxs del Reino Unido, que dirigí junto a mi amiga River Wolton.

La cuestión de la identidad es crucial. Podemos notar que cualquier identidad puede conllevar dolor: la identidad es algo intrínsecamente imperfecto. Y por eso muchas tradiciones de sabiduría hablan de trascender el Yo. Esto se puede entender en términos de trascender la identidad, pero la trascendencia no significa rodear o evitar algo: siempre es ‘a través’.

No trascenderé mis compulsiones pretendiendo que no las tengo ni juzgando que no debería tenerlas, sino reconociendo su presencia, estando en contacto con ellas, incluso sondeándolas. Entonces veré si aguantan el examen o se desintegran (si están vacías, como suele decir el budismo). Trascender las compulsiones nunca se logra rodeándolas o pasándolas por alto. Lo mismo vale para la identidad.

No las demonicemos. Las identidades nos ayudan a navegar. Somos seres socializados y las etiquetas surgen al estar en relación. Si un ser humano nunca se socializara, dudo que tuviera mucha necesidad de identidades y etiquetas: ¿para qué iba a creárselas? Pero vivimos con otros, vivimos en contraste con lo que es diferente y lo que es similar, por lo que surgen identidades y etiquetas. La cuestión es cómo nos relacionamos con ellas. Porque podemos tener una relación más apegada y rígida con la identidad, o una relación más suave y fluida.

En el contexto social, algunas de estas identidades se convierten en formas de dolor, un dolor que debemos abordar antes de pretender dejar atrás cualquier identidad. No sería justo exigir que dejáramos atrás cosas que no han sido reconocidas, dolores sin resolver. Primero debemos aceptar esas identidades, colectivamente, para que dejen de ser un problema. Y sólo entonces podremos avanzar hacia la trascendencia.

Porque para algunos de nosotros, ciertas identidades son fuentes particulares de sufrimiento. Quizás las personas que nos rodean no nos comprenden, y tenemos la difícil tarea de sostener y acoger ese sufrimiento. Esto es algo que debemos abordar con mucha delicadeza. Y quizás, al estar en contacto con ese dolor, encontremos formas más hábiles de responder en lugar de simplemente rebotarnos.

Esto, por supuesto, no siempre es posible: a veces el dolor es intenso y tenemos que ocuparnos de ese dolor primero, curarnos a nosotras mismas, y reunir la energía y la vitalidad para poder entablar diálogos fructíferos con aquellos que quizás no nos entiendan. Y esto es dificil. Es un peso que alguna gente acarrea.

Del mismo modo, al abordar las identidades de otras personas, que quizás comprendamos o quizás no, fácilmente nos volvemos críticos y opinamos que deberían abandonar esas identidades. Después de todo, se nos dice en círculos meditativos y budistas que no debemos apegarnos a nada. Sin embargo, en lugar de aplicárnoslo a nosotros mismos y hacer el trabajo que nos toca, juzgamos a aquellos que vemos unidos a sus identidades. Nos enojamos y juzgamos: “no deberían estar haciendo esto.” Esto puede resultar muy duro, incluso violento: es imponer algo a otra persona y decidir cómo debería sentirse. Es una actitud de superioridad.

En ese preciso momento perdemos de vista la empatía y el amor. Perdemos la capacidad de escuchar, de realmente oír lo que otras tienen que decir, porque ya lo estamos juzgando como incorrecto. Y esto no conduce a la comprensión. La comprensión nace de la amistad, la empatía, la conexión, el amor.

No creo que juzguemos desde un lugar de mala voluntad, sino más bien de ignorancia. Chocamos con algo que es diferente, que no comprendemos, y esto nos resulta incómodo. (No nos gusta no comprender, y la sutil demanda de comprender puede ser una forma de control.) Así que nos rebelamos contra lo que es extraño y esto se convierte en aversión, rechazo, y en el peor de los casos en odio.

Quiero pensar que, incluso en este último caso, debajo yace una forma de dolor: el dolor de no entender, de encontrar un mundo que no encaja con nuestras propias estructuras y conceptos. Es inquietante. Queremos tener razón, queremos estar seguros de que poseemos la visión correcta de cómo deberían ser las cosas. Y esto es importante recordarlo cuando estamos en el lado receptor de esa falta de comprensión, si nos es posible en ese momento, para que podamos intentar al máximo no avivar las llamas de la ira y la aversión.

En algunas áreas de nuestra vida estaremos en el extremo receptor de esos juicios, en otras los perpetraremos. Dondequiera que estemos, tratemos de ver cuál es el dolor subyacente, el dolor implicado en ser juzgado y también en juzgar.

Si tenemos el privilegio de que nuestras identidades no sean una fuente de dolor social, usemos ese espacio de oportunidad para aliviar el peso que otras llevan, para hacérselo más fácil y que no sea sólo suyo el trabajo de explicarse y educar a los demás. Y si no tenemos tal privilegio, podemos esperar que otros hagan este trabajo pero no podemos contar con ello: necesitamos hacer lo que podamos con la vitalidad de que disponemos. Y en lugar de concebirlo simplemente como una carga, ver nuestra propia oportunidad de crecer en buenas cualidades.

Si todos empatizamos y escuchamos de verdad, conectamos con un lugar de amor desde el cual la sabiduría puede crecer y prosperar.

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