Dharma en un mundo queer

(Texto de mi amiga River Wolton)

Imagina… un mundo donde la heterosexualidad y el binarismo de género no son la norma. Imagina… que llegas a tu primer retiro budista de una semana. Un curso de introducción a la meditación que tomaste, y que te dio algo de paz, te ha inspirado a venir aquí y explorar más. El taxi para enfrente de la puerta principal, sales, recoges tu equipaje, pagas el taxi, respiras profundamente.

Te han asaltado muchas preguntas por el camino. Vives en un mundo donde la forma como te encarnas, la simple manera como vives y amas no se considera normal o corriente. Eres parte de una minoría, calculada en un diez por ciento de la población, una minoría conocida como heterosexuales, straights, o heteros. También eres parte de una minoría aún más pequeña que se identifica o bien como hombre o bien como mujer, y que permanece en el género que se le asignó al nacer: cisgéneros, cissis, binarios o binos.

Fotografía de Michael Prewett

Eres consciente de la suerte que tienes. Creciste con dos padres afectuosos. Cuando saliste del armario en la adolescencia, dijeron: “No importa quién eres o a quién ames, siempre te apoyaremos.” Habían intuido que eras binario desde una edad temprana, y aunque les chocó que también fueras heterosexual, lo llevaron bien.

Ahora, más de una década más tarde, les has presentado a tu nueva pareja, que también es heterosexual y binaria. Lo ves como tu primera relación seria: tienes amor, buenos amigos, y empiezas a sentirte parte de una comunidad fuerte y orgullosa. Aunque aún sois reacios a ir de la mano o mostrar afecto en público, algunas actitudes sociales están cambiando. En el país donde naciste se te permite casarte, adoptar, y la ley te protege de la discriminación.

Pero los heteros y los binos aún tienen que hacer frente a abuso, prejuicio, amenazas y ataques violentos, y en otros países la heterofobia está amparada por la ley y apoyada en violencia alentada por el estado. Líderes políticos y religiosos culpan a heteros y cissis de catástrofes climáticas como huracanes e inundaciones, así como de terremotos, terrorismo y epidemias, declarando que éstos son castigos divinos por la decadencia de la moral. En 72 países, la heterosexualidad es un crimen y en 10 conlleva la pena de muerte. Incluso en tu país relativamente liberal la religión del estado no reconoce el matrimonio heterosexual, y no se te permite ser sacerdote a no ser que prometas ser célibe.

Pero todo esto sólo está muy de fondo en tu conciencia al empujar la puerta principal del centro de retiros y entrar en este entorno desconocido. El pasillo está lleno de gente que acaba de llegar, maletas, charlas… Sigues indicaciones de “Registro” y te sumas a una cola.

Mientras esperas, te das cuenta de que tu radar hetero está en alerta. ¿Hay alguien como tú aquí? ¿Deberías haber traído un emblema, un pendiente? Buscas señales, ropa, lenguaje corporal. Tu codo choca con alguien a tu lado preparándose un te. Parece amable. Das el paso.

— Hola. ¿Es tu primera vez?
— Sí. ¿Y la tuya?
— Aha. No sé qué esperar. No sé si podré con el silencio.
— Mi pareja dice que no aguantaré ni dos días sin mandarle un mensaje.

Te paras. Podrías coincidir. Has tenido la misma conversación con tu pareja. ¿Deberías esconder los pronombres para no descubrirte? ¿O atreverte y ver cómo reacciona? El dilema habitual.

Vas hacia el dormitorio donde te han colocado. Has pedido una individual, pero no había disponibles. Abres la puerta: cuatro camas. ¿Cuál me da más privacidad? Te da vergüenza que otras personas vean tu cuerpo, con su aspecto explícitamente binario en género. Te inunda la ira. Estás harta de esconderte, de refrenarte. Pero si te abres totalmente, o te muestras amable, ¿qué va a suceder? ¿Te van a tildar de depredador straight? ¿De bino narcisista? ¿De uno más de esos heteros exagerados?

Al entrar en la sala de meditación, tus ojos van a parar a la estatua de Buda, y recuerdas la historia tradicional de su vida: cómo creció en relativa abundancia con sus madres, cómo aquella con quien tenía más lazos murió cuando era joven, cómo la otra intentó protegerle del sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Contemplas sus características físicas trans. ¿Podrías tú jamás tener tal serenidad, sabiduría y amabilidad? Agradeces la estatua más pequeña del binario Kuan Yin, de quien se dice que encarna la compasión por el mundo. Le invocas en silencio: ¿mi llamada la oyes también?

Tras la cena, la gente se congrega en la sala. Primero unos minutos de ajuste mientras la gente se (a)sienta, luego una quietud palpable cuando l@s maestr@s entran, caminan hacia el frente, se postran ante las estatuas y se sientan. Miras bien a sus caras, sus cuerpos, con curiosidad. ¿Quiénes son? ¿Son como tú? ¿Son queer o straight? ¿Cómo se identifican y cuán en base al género? ¿Habrán llegado a la iluminación?

“Os damos la bienvenida,” dicen en un tono cálido y calmado, “quien sea que seáis y como sea que os sintáis en este momento.” Sus palabras te traen lágrimas, pero también algo de escepticismo. En las charlas introductorias, en las instrucciones de meditación y en sus reflexiones, sintonizas a cualquier pista sobre sus identidades. Por lo que desvelan de su vida personal y lo que comentan vas viendo que parecen ser queer y no-binarios. Son de la mayoría. ¿Este enfoque, esta religión (si se la puede llamar así) comparte la opinión de otras instituciones religiosas de que lo tuyo es una enfermedad y es anormal? ¿Cómo van est@s maestr@s a reaccionar ante ti y tus dificultades, tus deseos, tus preguntas? ¿Son de fiar?

Durante los primeros días sientes agitación y distracción a menudo. Una tarde terminas en la biblioteca, sacando un libro tras otro, fascinándote con las traducciones de lenguas extrañas, con los discursos pronunciados aparentemente por la misma Buda. Encuentras, una vez y otra, ciertos principios: el deseo sensual conduce al sufrimiento, sólo quienes acogen la renuncia y el celibato encuentran felicidad verdadera. No puedes evitar tomártelo como un ataque disimulado hacia quienes no encajan en la norma, etiquetados de ser ‘un desvío’ y definidas por sus identidades y deseos como si esto fuera lo que les resume.

En las sesiones de meditación, enfatizan ser consciente del cuerpo. Una y otra vez dicen: “Contacta con el suelo, encuentra refugio ahí, nota el contacto de tus extremidades con la tierra.” Esto es un gran desafío. Te vuelves consciente del entumecimiento y la vergüenza; te cuesta notar la sensación del cuerpo del cuello para abajo. Miras a tu pecho, tu abdomen, tus extremidades. Parece que haya insultos garabateados por toda tu piel. Bicho raro. Pedófila. Semental. Cissi. Bino.

Fotografía de Brooke Larke

Profundizas en la práctica. Te levantas temprano para sentarte en la sala de meditación, desayunar avena, lavar platos, caminar lentamente por el jardín. Momento a momento empiezas a ver cómo el miedo guía tu vida, controlando tus decisiones y tus hábitos. Te das cuenta de que este miedo hay que tomárselo como algo personal y a la vez no como algo personal. Como persona con mente, cuerpo y corazón humanos sencillamente eres susceptible a sus vaivenes. No podrías decir cuánto viene de una creencia profunda de que hay un problema contigo —la voz molesta y traicionera que has oído desde que tienes recuerdos. ¿Eres capaz de articularte esto? ¿De articularlo a l@s maestr@s, a quienes se sientan en silencio al lado tuyo?

Una noche hablan de la idea budista del yo y el no-yo. Esto dispara un torbellino de preguntas en ti. ¿Dónde sitúo al yo? ¿Cuánta libertad sería posible si las personas relajaran el apego a pensar en si mismas como un trato hecho, definitivo? Contemplas la libertad que ganas al ser fiel a tu sexualidad y a tu género, y contemplas la libertad ganada al sostener esas identidades en una perspectiva más amplia. Deseas encontrar a otras que compartan tus preocupaciones, preguntar a los demás retirantes: “¿Qué sucedería si exploraras el lado binario de tu ser, el margen heterosexual de tus deseos? ¿Cómo desestabilizaría eso tu idea del yo?”

Al mismo tiempo, notas la fuerza que emerge cuando te liberas de identificarte como víctima. Revives las veces que temiste por tu vida y por tu salud mental. Acorralado por un borracho que te agarró por los genitales; perseguida por adolescentes en tu propia calle; pintura y ladrillos lanzados a tu puerta; insultos gritados mientras paseabas por el asfalto de la ciudad; las miradas, las miradas que miran dos veces.

En el creciente silencio es un alivio encontrar lugares de seguridad, reconocer el estado mental que tira de un hilo y te catapulta a los peligros del pasado o el futuro, ver que a veces eres capaz de salir de ese embrollo. Sientes más compasión por ti, por las demás personas que están aquí, por las del resto del mundo, incluso quienes te han hecho daño. Te haces consciente de cuánto miedo se esconde tras sus acciones, de cuán desafiante parece el aceptar que el deseo humano y la corporalización son altamente variados, que el amor sólo es amor. Quizás estos dilemas yacen en toda alma: ¿Puedo aceptar y respetar a este cuerpo tal como es? ¿Puedo abrir mi corazón a la posibilidad? ¿Me atrevo a amar sin condiciones?

Los días y las noches pasan. Horas de sentarse y caminar, comer despacio, beber una taza de te sentándote al sol. Pronto será hora de irse. Notas cómo te has abierto: a pesar del dolor corporal y los pensamientos turbulentos, la quietud de aquí te ha dado una base sobre la que caminar, aire que respirar, espacio para expandirte. Anticipas la transición a la vida ‘ordinaria’ y notas cómo te vas encogiendo. El mundo de fuera no es como este lugar silencioso, rodeado por árboles y campos, sostenido por lentejas, campanas, y el tenue ruido de zapatillas. La duda empieza a echar raíces, pero reconoces la espiral de desesperación por lo que es. A decir verdad, no sabes qué te espera en el futuro. Anhelas volver a los brazos de tu pareja. Anhelas libertad y paz en esta vida, en el mundo. Lo único que puedes hacer es marcar tu compás, dar el próximo paso y, por ahora, continuar.

River Wolton es una escritora, coach creativa y Community Dharma Leader basada en el norte de Inglaterra. Es co-fundadora de Sheffield Insight Meditation y practica la meditación desde el 2000. Lleva 15 años haciendo voluntariado para personas refugiadas, más recientemente como defensora de las personas LGBTQ+ que buscan asilo.

http://www.riverwolton.co.uk/welcome/

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