Por qué dejé facebook

Artículo del Shambala Sun, nº de Julio 2013. [2,5 páginas]

¿Y si nuestra vida online se interpone en las conexiones de carne y hueso? SUMI LOUNDON KIM habla de cómo cortó su atadura inalámbrica. (No fue fácil.):

Mi adicción a facebook empezó hace seis años cuando mi marido me dijo, sin ironía aparente, “¡El facebook mola mucho! ¿Por qué no te registras y así podremos ser amigos?”
Un año más tarde, nos mudamos a una ciudad donde no teníamos amigos ni familia. Los animados y afectuosos intercambios con viejos amigos a través de facebook mitigaron mi repentino aislamiento y me ayudaron a pasar un año bastante duro. Finalmente hice amigos en la nueva ciudad, pero mi hábito de facebook continuó. De hecho, se intensificó.

No obstante, al cabo de cinco años haciendo clics en la página de inicio, el desencanto empezó a hacer acto de presencia. ¿Quién se hubiera imaginado que cosas normalmente interesantes podían volverse tan repetitivas? Lo mismo de siempre, lo mismo de siempre: instantáneas de platos de restaurantes elegantes, bebés, vacaciones, invitaciones a unirse a causas (por Dios, ¿de cuántas causas puede uno hacerse cargo?), extractos de sabiduría de maestros budistas, tiras cómicas, chistes… Me desilusioné todavía más cuando me di cuenta de que estaba usando el facebook para aprobación, sensación de pertenencia y sutil autopromoción. Y a menudo regañaba mentalmente a algunos de mis amigos budistas por su propio egoísmo descarado.

Entonces hice la promesa de no poner nada personal. Usando las directrices del “habla correcta,” sólo comentaba en las actualizaciones de estado de los demás y ponía lo que encontraba verdaderamente útil, inspirador y divertido. Hacer esto me ayudó a reconocer dónde facebook involucraba a mi ego. También cambió la forma en que buscaba aprobación y amistad: ahora provenían de la gente de mi alrededor en lugar de a través de conexiones en la red.

Reducir mis posts me mostró que había estado viviendo mi vida por medio de “posibles estados de facebook,” en lugar de simplemente estar y disfrutar el momento.

Cualquier cosa interesante era una potencial actualización de estado, y pasaba mucho rato formulando la redacción más ingeniosa y llamativa —un rasgo bastante universal de los usuarios de facebook. Era como mirar la vida a través de una cámara. Esa cualidad de distancia era cada vez más incongruente con lo que estaba intentando hacer en la práctica de la meditación.

Los tiroteos del pasado diciembre en Newtown, Connecticut, me proporcionaron un nuevo ángulo acerca del impacto de facebook. Una de las primeras cosas que hice después de enterarme de las noticias fue rebuscar en la página de inicio de facebook. Me pregunté por qué tenía este impulso. Contemplando mi mente apenada y aterrorizada, vi que buscaba el consuelo de los demás. Pero lo que realmente ocurrió es que la rabia y la angustia de los demás intensificaron las mías. Estaba buscando una sensación de conexión, pero tan pronto me aparté del ordenador, me encontré sola en mi apartamento vacío. Lo que necesitaba era consuelo físico, un abrazo, dar y recibir el apoyo de otros. Esto no puede proporcionarlo el facebook; y aun así volvía a él una y otra vez, buscando lo que no había.

La práctica diaria de la meditación comenzó a revelarme cuánto me robaba el vivir en distracción continua. Cuando reposaba mi atención en la respiración y me desembarazaba de las distracciones (¡pensamientos sobre facebook incluídos!), mi mente se sentía restaurada, revitalizada, completa de una manera muy placentera. Empecé a notar cómo mis hábitos en la red estaban disipando mi atención y reduciendo mi calidad de vida. En una ocasión, estaba entretenida en facebook, de espaldas a mi familia, cuando mi hijo de cuatro años se me acercó a hablar y hacer mimitos. Le dije que se fuera a jugar. Notando ésta y situaciones similares, me puse la norma de no usar el ordenador a menos que los niños estuvieran en la cama o en la escuela.

Ahí fue cuando descubrí la fuerza de mi adicción. Un día, mientras miraba a mis hijos en el parque, tuve literalmente que sentarme encima de mis manos para no escabullirme a dar un vistazo al teléfono. Lo que sentí fue: “El momento presente es realmente aburrido en comparación a lo que está pasando en la red. ¡Lo que sucede en la red es más como una gran fiesta dicharachera y sin pausa!”

A principios de enero, en plena noche se me ocurrió que, considerándolo todo —la repetitividad, autopromoción, sensación de pertenencia superficial, atención fracturada, desconexión con los de mi alrededor, adicción— el facebook me estaba haciendo más daño que bien. No podía esperar hasta la mañana para cerrar esa maldita cuenta.

Las primeras horas después de cerrar mi perfil de facebook fueron un rompecabezas. Mi marido entró en su cuenta para ver si quedaba algún rastro de Sumi Loundon Kim. Nada. Por unos minutos, sentí que ya no existía. No había “Sumi” en el ecosistema online. No tengo claro cómo es una experiencia de no-yo, pero eso se acercaba. Era extraño y liberador al mismo tiempo.

Me sentó tan bien, en realidad, que poco días después desactivé el Google Chat en mi cuenta de Gmail porque mis ojos se deslizaban constantemente a ese recuadro para ver quién estaba conectado. Me percaté de cuán a menudo miraba el correo en mi móbil, así que quité esa función. Un mes más tarde, cambié la configuración de mensajería de mi plan de telefonía móbil y ahora sólo lo uso para transacciones inmediatas y necesarias.

Fue bastante interesante observar los efectos psicológicos de dejar facebook, además de reducir mi conectividad a la red en general. Veo que estaba viviendo con una mente dividida: una en la realidad y una en una especie de diálogo mental con mi mundo online. Mi mente había estado en la constante inercia de proponer y responder siete preguntas, en todo momento, incluso estando lejos de un ordenador o dispositivo tecnológico:
¿Qué hay de nuevo en facebook?
¿Me ha llegado un email?
¿Habré recibido un mensaje sin enterarme?
¿Quién estará en google chat ahora?
¿Qué hay de nuevo en el Huffington Post/en las noticias?
¿Tengo el teléfono con sonido para poder oírlo?, ¿o me he perdido una llamada?
¿Hay mensajes en el contestador de casa?

Al ir soltando la realidad alternativa de la red, me encuentro mucho más sintonizada con la verdadera realidad. Tengo más interés en la gente justo delante mío porque no estoy medio-pendiente de la gente virtual online. Es como si me estuviera despertando: ¡Oh, wow, hay un cielo azul! ¡El sonido de los pájaros cantando! ¡Mi hija me está dando un gran abrazo ahora mismo! Ha sido fascinante sentir mi atención restaurada a una totalidad mayor. Tengo mucho más ánimo y energía mental, y puedo notar un cierto retorno a la tranquilidad, así como una predisposición a pensar las cosas una a una y con más profundidad en lugar de muchas cosas y de manera superficial.

El mundo online es una realidad: no es irrealidad. Y no obstante, igual que con nuestros pensamientos, si estamos demasiado absortos en ello nos arriesgamos a perder contacto con la belleza, riqueza y maravilla del momento presente y querer totalmente aquellos en nuestras casas. Los pensamientos son una realidad también; pero si vivimos sólo en nuestros pensamientos, nos perdemos mucho y malentedemos aún más.

La Sumi del 2007 hubiera sentido que la Sumi de Ahora es una verdadera aguafiestas, una budista arisca que no sabe gestionar el mundo moderno. Pero ahora, para mí, renunciar a la conectividad constante no es una privación: es renunciar a una adicción y, por lo tanto, ganar un grado de libertad.

 

Sumi Loundon Kim es capellana budista en la universidad de Duke, pastora de las familias budistas de Durham y editora de las antologías Blue Jean Buddha y The Buddha’s Apprentices. Madre de dos, está trabajando en un libro que proporciona una guía budista-meditativa para familias y comunidades. Estimulada por su liberación de facebook, Kim también abandonó los mensajes de texto, el email móbil, chat y cliquear neuróticamente a la bandeja de entrada de gmail. (La atadura de LinkedIn fue cortada hace tiempo.) Se puede contactar con ella por paloma mensajera.

Fuente original: http://www.shambhalasun.com/index.php?option=com_content&task=view&id=4064&Itemid=0

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