Esto es agua

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El escritor estadounidense David Foster Wallace dio en 2005 un discurso de graduación en el Kenyon College que ganó bastante popularidad. Tras su trágica muerte, cuando alguien realizó un vídeo con una parte de ese discurso y lo puso en youtube, se expandió de forma viral. Me encanta el mensaje de ese vídeo y siempre me ha parecido, en el fondo, muy budista. No lo digo con ningún afán de barrer hacia el budismo todo aquello que me parezca fantástico, sino más bien como un ejemplo de que el contenido del dharma (por no decir ‘espíritu’ o ‘esencia’) no es propiedad exclusiva de la tradición budista, y que algunos artistas y filósofos de occidente han llegado a conclusiones similares o a formas de pensar en la misma línea.
Me gustaría comentar esto aprovechando que he encontrado una versión del vídeo con subtítulos en castellano. De paso, espero que aquellos que no lo conocieran encuentren en sus palabras un pequeño tesoro.


El discurso empieza con una historia de dos peces nadando juntos que se encuentran con otro que les saluda diciendo “Buenos días chicos, ¿qué tal está el agua?”. Y luego ellos se preguntan “Qué demonios es agua?” El mensaje es que al etiquetar ciertas cosas como ‘obvias’, creo, a menudo dejamos de ser conscientes de ellas en nuestra vida real, del día a día.

En un lenguaje bastante distinto, Foster Wallace nos presenta a dukkha (sufrimiento, insatisfacción), la primera noble verdad. En un discurso de graduación, símbolo de los inspiradores y peliculeros mensajes de ánimo, a veces naïves y reflejos del sueño americano, él decidió hablar de aburrimiento, rutina y pequeñas frustraciones. Siempre he tenido la sensación que, más que ser pesimista diciendo que todo es un valle de lágrimas, el Buda quiso comunicar a sus oyentes que no hay que negar la insatisfacción que pervade la existencia, porque mirar para otro lado no va a mejorar nada.

Foster Wallace describe la rutina diaria que los graduados tendrán que afrontar — en la que leo las consecuencias de una sociedad capitalista que nos convence que lo más importante es trabajar duro y nos confina largas horas en despachos y oficinas, enmarañándonos en un frenético estilo de vida en el que queda muy poco espacio para la reflexión, la autocrítica y la decisión consciente de cómo vivir y relacionarse, y cuya vía de escape más sencilla (y fuertemente publicitada) es la descarga nocturna de adrenalina, el desahogo consumista y el ocio pasivo, a poder ser estúpido y sin contenido. Para combatir ese exasperante modelo vital de piloto automático hay que tomar “una decisión consciente sobre cómo pensar y a qué prestar atención”.

Me encanta su concepto de “configuración predeterminada natural”, la creencia automática e inconsciente de que ese tipo de situaciones son realmente acerca de , que todo aquello que no sea como yo lo diseñaría y que me dificulte satisfacer mi apresurados anhelos y necesidades se está interponiendo en mi camino.

Asidos por este egocentrismo (como si estos anhelos y necesidades mías “debieran determinar las prioridades el mundo”), todo empieza a molestarnos más, la gente se vuelve unidimensional (no son nada más que personas que me están molestando y que no me apetecen) y proyectamos en sus caras y sus gestos nuestro rechazo y frustración.

Pero uno puede decidir considerar que esa gente que parece interponerse en mi camino quizás tenga tanta prisa y tantos conflictos como uno mismo y que según su punto de vista probablemente sea yo el que se interpone en su camino. Uno puede elegir conscientemente ver a esa gente desde otra perspectiva, en su dimensión humana: alguien con sus aspiraciones, sus obstáculos y sus sentimientos. Por obvio que esto pueda parecer, por convencidos que estemos de que ‘sabemos’ esto, muchas veces no parecemos actuar en consecuencia. Y cada situación de esas nos brinda, justamente, la oportunidad de plantearnos cómo actuamos y cómo pensamos, e intentar verlo desde otro ángulo. Son oportunidades para investigar y desarrollar cualidades que decimos valorar, como la comprensión, la paciencia, el altruismo, la flexibilidad… Y a veces hay que forzarse a ese ejercicio, porque la otra opción, como dice Foster Wallace, es una configuración predeterminada de la que pocas veces somos conscientes.

Y ¿no es volvernos más conscientes de este proceso psicológico lo que intentamos hacer al meditar? Si la meditación no sirve para conocernos mejor, para darnos cuenta de qué actitudes son egocéntricas y poco prácticas para el bien común, y para vivir de forma menos automática, ¿para qué sirve entonces? No es aleatorio que el Buda hablara de “actuar en plena conciencia” [Satipatthana Sutta] y que el verbo que traducimos como ‘meditar’ signifique en pali y en sánscrito ‘cultivar’. ¿De qué tenemos que ser concientes? ¿Qué hay que cultivar? Sorprendentemente, Foster Wallace respondió a estas preguntas. E ignoro si tenía conocimiento alguno de budismo o espiritualidad oriental.

En donde no coincido con él es en que esto no tenga nada que ver con la ética o la moral. Yo creo que sí, y que es un entrenamiento. Porque nuestras acciones empiezan en nuestras intenciones, que a su vez están condicionadas por cómo nos hemos habituado a pensar y a percibir el mundo que nos rodea. Y si uno quiere actuar de mejor manera, una que contribuya a la armonía y que no aumente nuestra angustia–frustración y la de los demás, uno debe empezar por la mente. En su discurso, dice que su mensaje no trata de moralidad o religión, sino de la vida antes de la muerte. Y eso, para mí, es el sentido secular de la religión, la espiritualidad o la moral. Aprender cómo pensar, cómo prestar atención y saber que hay otras opciones, que puedes “decidir conscientemente qué tiene significado y qué no”, dice Foster Wallace, es libertad real, es el verdadero valor de una educación real “que no tiene casi nada que ver con el conocimiento y todo que ver con simple conciencia”; es una educación emocional, psicológica y yo creo que también ética. Porque al final todo eso se resume en cómo vivir bien uno mismo y con los demás. (Curiosamente, el Buda también habló, más que de felicidad, de libertad.)

Y para realizar tal meta, cosa que no es fácil, es necesario ser más concientes de nuestra ‘configuración predeterminada’ y de que ésta no tiene por qué guiar siempre nuestro comportamiento. Tenemos elección. Pero habrá que recordarse una y otra vez que “esto es agua”. Y ¿no es ése el material con el que hay que trabajar para vivir menos condicionados por el anhelo, la aversión, el enojo, el ansia de certeza y seguridad, la ignorancia, la inconsciencia? ¿No es ése el fundamento de la ética?

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