Los maestros: ¿libros de recetas o de leyes?

La semana pasada el grupo de budismo secular de Barcelona, que nos juntamos los martes para meditar y debatir, hicimos una videoconferencia con Martine Batchelor. Fue una gran experencia que ya relataré. Pero hoy tengo una reflexión flotándome por la mente, iniciada cuando al terminar la videoconferencia alguien preguntó si ahora podríamos decir que “Martine es nuestra guru oficial,” aludiendo a su resistencia a seguir a nadie, a la advertencia de que el budismo secular no caiga en la misma trampa de consistir en acatar lo que digan los Batchelor, en este caso, en cuanto que exponentes de este nuevo enfoque al dharma; y al riesgo de que el budismo secular pase de ser un enfoque a ser una doctrina más.

Esto me resulta muy interesante, en concreto el tema de los maestros. En el artículo “Un budista secular,” que ahora también está disponible en catalán, Stephen Batchelor halla cuatro elementos de las enseñanzas de Buda que no se derivan del contexto religioso de su tiempo y que, por lo tanto, podemos decir que son distintivamente suyas: el último de esos elementos es el énfasis en la autonomía. En los textos se encuentra de manera repetida que los que ‘entran en la corriente’ se han vuelto independientes de otros (aparappaccaya) en el dharma. Entonces, en este marco, ¿cuál es la naturaleza de la relación entre un practicante de lo que se podría llamar budismo ateo, secular o humanista, y los maestros budistas?

Lo que desarrollaré a continuación se resume en un rol de guía o consejero no exclusivo, que no obstruye el acceso directo a las enseñanzas; un maestro o profesor que tendrá más conocimientos y experiencia que otros pero que sigue siendo un ser humano falible, imperfecto y cuestionable; que no se sitúa a un nivel jerárquicamente superior al de aquellos a los que enseña o aconseja, ni éstos le sitúan a tal nivel con idealizaciones, espectativas o proyecciones. En definitiva, un papel afín al de un profesor o tutor universitario, un entrenador físico, un libro o un amigo. De la misma forma, seguir no significa obedecer sino valorar la opinión de esa persona y tomar sus consejos en consideración, como lo haríamos en las comparaciones enumeradas, y sin la necesidad de coincidir siempre al cien por cien con sus ideas o sugerencias. Todo esto, en el fondo, es una reflexión más bien de las actitudes de los estudiantes y practicantes, y uno puede aplicarlo a los maestros o maestras de cualquier tradición.

Lo primero que me viene a la mente es que, por motivos de influencia cultural, cuando pensamos en guías espirituales pensamos en el modelo mahayana, en especial el sistema lamaísta tibetano. Es el modelo del guru, que especialmente en un contexto de budismo tántrico consiste en una relación muy sagrada en la que el discípulo toma el voto de seguir a su maestro incondicionalmente. Nuestro imaginario colectivo (filmográfico y literario) incluye escenas de cine de un discípulo acatando instrucciones de su maestro zen, pidiéndole permiso para tal o cual cosa — un cuestión de organización monástica que en realidad tiene que ver con abades más que con maestros. Nos son familiares. O pensemos en el “poner cera, pulir cera” o la fidelidad fervorosa de los samuráis japoneses.

Sin embargo, hay otros modelos, como el del ‘amigo espiritual’ del theravada. Por lo general, los monjes theravada son más libres y dependen menos de su maestro o maestros e incluso de su monasterio. El maestro es alguien con más experiencia, conocimiento y sabiduría que aconseja a otro. No es que no existan la devoción ni las reverencias, pero la relación es mucho más distendida y sin las implicaciones de obediencia incondicional de otras formas de budismo.

‘Maestro’ es una palabra que nos bloquea, y a veces nos vamos al extremo de no querer ninguna guía en absoluto. Pero puede que el lenguaje nos traicione aquí: en inglés usan la expresión ‘Buddhist teacher’, y de las tres palabras inglesas para referirse a alguien que enseña (master, teacher y professor), teacher significa tanto maestro como profesor. Yo la traduzco por ‘maestro’ ya que la palabra ‘profesor’ me suena a universidad, pero también podríamos usarla.

Un hombre escribe carácteres en el suelo con agua. Hangzhou (China).
Un hombre escribe carácteres en el suelo con agua. Hangzhou (China).

Conocemos bien el riesgo de seguir ciegamente los dictados de una ‘autoridad’ espiritual, política, etc. De hecho, para muchos de nosotros, esto es sencillamente poco atractivo. Pero también comprendemos el riesgo de escarmentar tanto con algo que nos vayamos al otro extremo. Esto ha sucedido con la religión: en España hay mucha gente tan resentida por el daño que ha hecho la Iglesia Católica que descartan y sienten una aversión a veces irreflexiva acerca de la totalidad de la religión. Nuestra sociedad está empezando a ver que en esa receta que rechazamos entera había algunos ingredientes nutritivos y los está recuperando, con o sin la etiqueta de ‘religión’ y ‘religioso’.

Si podemos ayudarnos de un libro sobre budismo, ¿por qué no de una persona? Personalmente encuentro interesante contar con algún tipo de guía cuando estoy explorando terrenos que me son más o menos desconocidos. Y me tomo a los maestros budistas sólo como gente que conoce mejor esa teoría y práctica con la que me estoy familiarizando y que, por lo tanto, seguramente tienen algo interesante que contarme. Si no siento conexión con su discurso, si tras analizarlo veo que hay más en lo que discrepo que no en lo que estoy de acuerdo, probablemente no vuelva a leer un libro suyo, ir a sus conferencias y cursos, etc. Pero en caso contrario, los seguiré.

Y ahí viene el punto importante. Para mí, en este contexto de budismo secular, seguir no es sinónimo de obedecer: es tomar en (más) consideración aquello que esa persona diga. ¿Y por qué está condicionado esto? Está condicionado por saddha, una palabra técnica del budismo que se puede traducir como fe, convicción o confianza; evidentemente yo prefiero la última. En el Milindapañha (35-36), un antiguo texto budista, se explica saddha con la siguiente metáfora. (La resumo.) Un grupo de personas se encuentran con un río que quieren cruzar, pero desconocen su anchura y profundidad. Si aparece alguien que lo cruza, entonces, habiendo visto cómo esa persona pasa al otro lado, ellos cruzarán también. Es decir, no es una fe ciega. La confianza sana que creo que es interesante cultivar es una condicionada o bien por el espíritu crítico o bien por la experiencia directa. Es la misma confianza que deposito en el nuevo disco de un grupo del que me han gustado mucho los álbumes anteriores, o en la opinión de un amigo cuyas recomendaciones de restaurantes raramente me han decepcionado.

En este estadio hay otro peligro, por supuesto, porque una vez depositada la confianza en alguien, el espíritu crítico puede empezar a apagarse. Es lo que coloquialmente se llama bajar la guardia. O uno puede empezar a proyectar más sabiduría, conocimientos y/o santidad de los reales en esa figura. O depositar demasiadas esperanzas, lo cual tampoco es justo, realista ni compasivo para el maestro o maestra. Ser consciente de esos peligros es importante y funciona ya como remedio. Otro fantástico antídoto es poner las ideas en común con otros y debatirlas. Así evitamos adoptar las opiniones de nadie (incluídas las nuestras propias) con demasiada facilidad. Para ver si tenemos un prejuicio negativo o positivo hacia alguien también podemos imaginarnos cómo nos tomaríamos esas mismas declaraciones si las hubiera hecho otra persona.

Hay que analizar las ideas con un equilibrio entre el beneficio de la duda y el escepticismo, aplicando el espíritu crítico al maestro o libro budista y también a nosotros mismos.

Un maestro de dharma no es comparable, desde una perspectiva secular, a un código legal lleno de obligaciones y prohibiciones, sino a un libro de cocina o una guía de viaje. Es decir: un conjunto de consejos fundamentados en la experiencia de su autor que podemos usar para nuestra exploración, y en el que podemos confiar más o menos; pero que en ningún caso se nos ocurrirá tomarnos automáticamente como verdad absoluta, como sustituto de nuestro criterio, ni a exclusión de otras fuentes de información. Y nada de eso nos impide usar esas guías. Los maestros son como un profesor de música: pondremos en práctica sus consejos para aprender a tocar el saxofón o el violín, pero abandonaremos aquellas técnicas que no nos funcionen, asistiremos a clases magistrales de otros profesores, veremos tutoriales en youtube, etc. Y, al final de todo, nuestro criterio será poner la oreja y ver cómo sonamos.

[Actualizado 11.11.16]

6 comentarios en “Los maestros: ¿libros de recetas o de leyes?

  1. Excelente reflexión, totalmente de acuerdo. Creo que cualquier persona, cualquier cosa o cualquier instante puede convertirse en un verdadero maestro, si somos capaces de estar atentos.

    Y para estar atentos qué mejor que aprender de los que son expertos en atención presente!!

  2. Me pregunto si, para los que no estamos en Barcelona, sería posible participar de estas videoconferencias de forma no presencial… ¡Gracias por compartirlo!

  3. Estoy de acuerdo contigo totalmente.
    Hay que recordar cómo nos relacionamos normalmente con maestros y profesores, sobretodo cuando cursamos algunos estudios (de lo que sea) en universidades o colegios: Entramos con una cierta confianza de que quien se encuentra al frente sabe más, pero difícilmente nos inhibimos si es necesario confrontarlo, cuestionarlo con respecto a lo que nos ofrece. Si encontramos en su respuesta congruencia, claridad o sabiduría, no necesariamente dejaremos de participar con cuestionamientos o incluso abiertamente disentir, pero seguramente disfrutaremos enormemente con el curso, nos invitará a leer, investigar y saber más sobre ese tema. El aprendizaje se convierte en un placer y en un desafío; podemos llegar a admirar a este maestro o profesor, hasta el punto de incluso confiar en él o ella con temas fuera de su ámbito.
    Por otro lado, también como estudiantes podemos desdeñar al maestro sin razones claras, sino más bien superficiales, y nos perdemos de oportunidades valiosas de aprendizaje. Ambos casos ocurren.
    Por otro lado, cuando hablamos de temas, digamos, más profundos, íntimos o espirituales, parece mucho más fácil caer en el gurismo ciego, ¿quizá porque nos sentimos tan vacíos, tan faltos de respuestas y de claridad? ¿tan perdidos? ¿tan necesitados de una guía? nos aferramos a cualquier cosa que nos mantenga a flote, o que creamos que nos mantendrá a flote. Parece que abandonamos nuestra actitud crítica con la que, como occidentales, estamos familiarizados ¿por comodidad? ¿por miedo? ¿por flojera?.
    Y quizá esta actitud no sea del todo criticable, condenable: Hay sin duda un gran vacío espiritual, hay sin duda una gran cantidad de estrés, de dolor y de incertidumbre, y es hasta cierto punto normal que al principio uno esté buscando dónde depositar toda la fe, cuando encontramos a alguien que parece tener la respuesta que necesitamos. Entiendo que así suceda. Es entonces cuando son vitales espacios como este. Que invitan a la reflexión crítica, a la observación profunda.
    Celebro blogs como este, porque así poco a poco podremos ir recuperando la autonomía (aparappaccaya), la confianza, de tal manera que podamos soltar el flotador, para nadar a la otra orilla hasta la emancipación.

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