Mi budismo, hoy, en seis palabras.

Hay dos enseñanzas del budismo que son para mí fundamentales en mi comprensión y vivencia del dharma a día de hoy. Veo el camino espiritual como una continuación de mi crecimiento como persona, como esa educación emocional que paró (demasiado) pronto para dar lugar a la intelectual, como lo que en entornos universitarios se llama ‘formación continuada’. Es un trabajo de mejora constante, con elementos de consuelo ante el terror existencial y también elementos de autocrítica constructiva y reto constante. El modelo que expondré en este artículo me nutre, me hace reflexionar, me ayuda a aplicarme cada día y me inspira a seguir intentándolo cada vez que, como buen bípedo, fracaso.

Debo el contenido de este post especialmente al estilo de enseñanzas de Sayadaw U Tejaniya (1), que ve la meditación como el cultivo de las buenas cualidades mentales, cuyo objetivo es la comprensión más que la tranquilidad. Dado este objetivo, pone énfasis en observar la mente e investigar, con interés, el proceso de nuestra experiencia. Las dos enseñanzas siguientes me resultan muy útiles y son las que me unen el marco conceptual con la práctica de la meditación y con la ética, o comportamiento en la vida cotidiana. Son: las tres características de la existencia y los tres fuegos (que en el mahayana pasaron a llamarse los tres venenos). Seis elementos en total, que me permiten recordar el dharma con sólo seis palabras.

Las llamadas “tres características de la existencia” son en pali dukkha (sufrimiento, insatisfacción, imperfección), anicca (impermanencia) y anatta (no-yo). Esta última fue evolucionando para referirse a la insubstancialidad, o condicionalidad, de las experiencias. Desde el enfoque pragmático, que debo a los Batchelor (2), la cuestión no es demostrar que la vida sea así siempre, o de manera intrínseca, o que sea lo contrario; sino que poner énfasis en estos tres aspectos es provechoso y nos lleva a cambios que reducen el sufrimiento y aumentan el bienestar.

A mí me resulta útil conocer a fondo e intentar asimilar el hecho de que la realidad en la que vivo no es del tipo que va a proporcionarme satisfacción completa, constante y garantizada. Porque aunque lo sé a un nivel intelectual, no parece que viva desde esa perspectiva. Más bien me descubro una y otra vez actuando como si esperara que, tan solo por una vez, la vida fuera ese tipo de cosa; o intentando convertirla en eso, colocando todo lo que me agrada a mi alrededor y alejándome de lo que me desagrada, como pretendiendo encontrar la forma de asegurarme que lo que me gusta se mantendrá siempre intacto y lo que he echado de mi vida (porque no me gusta) jamás volverá a acercarse a mí. ¿Soy el único o alguien más se reconoce en esto?

Tal enfoque es limitado y agotador. Es una empresa inútil. Y abandonarla, por una profunda comprensión de esas tres características, es (supongo) muy liberador. Digo supongo porque no estoy ahí, pero lo imagino en base a esas pequeñas experiencias que todos hemos tenido en las que hacemos las paces con la existencia, dejamos de resistirnos y fluímos, aunque sea momentáneamente. Lo experimentamos a veces tras la meditación, en momentos de comunión con seres queridos o con la naturaleza; también puede azotarnos sin avisar en un momento cualquiera. Así, asumir ese aspecto de insatisfactoriedad de la vida me ayuda a no resistirme tanto cuando me topo con el sufrimiento, y vigilo también de no olvidarlo cuando estoy rodeado de placer y felicidad. Está muy ligado al aspecto transitorio y condicionado de las experiencias.

Los tres fuegos son la codicia, la aversión y la confusión. Tienen que entenderse de forma amplia: el primero incluye el anhelo, el apego, el capricho, la avidez, la obsesión, la sed de querer y querer; el segundo es la actitud contraria, el rechazo, el miedo, el odio; el último se refiere al hecho de estar confundido sobre las tres características que he mencionado y también a esa actitud de activamente ignorarlas. Prefiero llamarlos “fuegos” a “venenos” porque me parece muy gráfico: se experimentan a menudo como algo tenso, que tiene apetito, que quiere expandirse y encender cuanto se encuentre. Cuando estamos muy enfadados con alguien, cualquier cosa que nos diga será leña que avivará más el fuego.

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Bueno, ahora viene realmente lo que encuentro interesante: ¿cómo se aplican estas ideas al día a día?, ¿qué tiene que ver la meditación con todo esto?

Cuando me siento a meditar, me siento a contemplar mi experiencia y también a contemplar mis reacciones a ella, intentando no entrar en su juego, no involucrarme. Al final, lo importante de la meditación no es tanto el ‘premio’ de no distraerse del objeto y experimentar estados de calma profunda, sino más bien el hecho de darnos cuenta de cómo operamos internamente, volvernos más conscientes de una serie de procesos que habitualmente pasamos por alto. Cada vez que me descubro distraído viene el momento decisivo: elegir no proliferar con esa distracción (que es lo que solemos hacer) sino volver al presente. Con una atención sostenida a la totalidad de mi experiencia, sin identificarme ni apropiarme de lo que observe, sino simplemente contemplándolo, me voy volviendo cada vez más sensible a su carácter transitorio, imperfecto y condicionado. También me voy dando cuenta de cómo reacciono a esas experiencias, con codicia, aversión o directamente ignorándolas. La meditación es un pequeño entrenamiento, un mirar con lupa los procesos que luego, en la inadvertida sala de máquinas, trabajan durante mi vida cotidiana. La meditación es elegir solamente observar en lugar de dar voz a los tres fuegos.

Pongamos que me encuentro con una situación desagradable, reacciono con aversión, la miro con aversión, y respondo condicionado por esa aversión. Quizás esa aversión me ciega y paso por alto que mi respuesta a esa situación daña a otra persona. O creo un habito que refuerza la aversión y me daña a mí mismo. O quizás, condicionado por la confusión, voy alimentando el deseo de encontrar una forma de librarme para siempre de lo que me causa dolor o incomodidad, cosa poco razonable. La meditación en la vida diaria es ser más consciente de todo ese proceso para aceptar, tanto como me sea posible, la situación desagradable, ser consciente de la aversión natural que surge en mí pero, en lugar de identificarme y actuar condicionado por esa aversión, sólo contemplarla y esperar a que, ella sola, se calme. Pues en meditación habremos observado que, al no seguirles el juego, las emociones como el deseo o la aversión se irán de la misma forma que han venido: también son transitorias. Esa libertad es el nirvana.

Lo mismo con una situación placentera: reacciono con codicia y quiero más y más de ella, actúo condicionado por la codicia y voy sembrando sufrimiento: para mí mismo, creando patrones de conducta obsesivos o adictivos, y para los demás, porque cegado por esa codicia puede que persiga lo que quiero a costa del dolor de otros. Además, condicionado también por la confusión (acerca de las tres características), pongo una esperanzas poco realistas en esas experiencias de placer: que me satisfagan a la perfección, hasta el más mínimo detalle, y siempre que yo quiera, eternamente. Cuando la realidad no cumple mis espectativas, sufro. Puedo elegir contemplar esa situación placentera y calmar la codicia, no dejándome condicionar por ese fuego, y aún experimentando la alegría o gratificación de esa vivencia.

La caracerística de no-yo, o la condicionalidad/insustancialidad, parece más compleja de entrada, pero desde el enfoque pragmático puede reducirse a ejemplos claros. ¿Cuántas veces hemos respondido a una situación de una forma que, en el fondo, sabíamos claramente que no era lo más sabio, compasivo o práctico a hacer, pero lo hicimos de esa manera simplemente por la idea de que ese comportamiento forma parte de quienes somos? Es que yo soy así; es que si reacionara de otra forma no sería yo, sería como ésa de ahí que hace las cosas de esa manera, pero yo no soy así; es que yo no tolero esto; es que yo siempre busco lo otro; etc. ¿Alguien se ve reflejado o también soy el único?

Nos identificamos con las cosas y reforzamos patrones psicológicos y de comportamiento que pueden ser nocivos. Nos apropiamos de ciertas experiencias, cuando podríamos tratarlas como sonidos o sensaciones físicas, como algo que nos ha sucedido y que es pasajero. Hacemos caso a cosas que nos pasan por la mente cuando, dichas por otro, quizás las habríamos ignorado porque a las tonterías no hay que escucharlas, y eso concierne también a las que decimos o pensamos nosotros mismos. Nos solidificamos, nos negamos opciones de actuar de otro modo, y hacemos lo mismo con los demás. Prestar más atención a las condiciones nos libera de eso: quizás ese camarero no es antipático siempre pero hoy le ha ocurrido algo; quizás no tenemos que fustigarnos por haber actuado mal y podemos comprender que estábamos cansados y, por lo tanto, más irritables.

Así es como entiendo que se unen el marco conceptual del dharma con la ética y la práctica formal de la meditación. A los tres fuegos también se les llama ‘las tres raíces de las acciones inadecuadas/inhábiles.’ La ética budista pone énfasis en las condiciones, en lo que nos motiva: cuando actúo, ¿qué me está condicionando? Como David Loy explica muy bien, la cuestión no es si un acto es bueno o malo, correcto o incorrecto, según cierto código moral, sino si está motivado por alguno de estos tres fuegos (codicia, aversión, confusión) y también, en última instancia, si incrementa o reduce el sufrimiento propio y ajeno.

IMG_4349Este énfasis incluye más que las motivaciones (conscientes o inconscientes) de nuestro comportamiento, sino tambien otras circunstancias que facilitan que estemos o bien más abiertos, amables, comprensivos, o bien más negativos, irascibles, caprichosos. ¿Podemos aprender a identificar qué condiciones son esas para evitarlas o promoverlas? Las aglomeraciones me ponen en un modo poco receptivo: si no consigo inmunizarme, por lo menos puedo intentar no exponerme demasiado a ellas, ni por quedar bien con otros; quizás puedo aprender a comunicar eso hábilmente a la gente con la que esté. A lo mejor leer en internet tantos artículos de gente que ha triunfado y ha conseguido sus sueños no te inspira sino que, a la larga, te hace compararte y sentirte peor. O ver muchos anuncios alimenta tu sed de adquirir cosas que no necesitas. Evita estas cosas. Sustitúyelas. Puede que leer artículos sobre superar limitaciones te estimule más. Quizás fomentar amistades con quienes compartas valores, como buscar o crear un pequeño grupo budista, te ayuda.

De todos modos, para ser más dueños y más responsables de nuestro comportamiento debemos comprenderlo mejor, y comprenderlo requiere ser más conscientes de todo ese proceso que incluye emociones, reacciones, circunstancias, pensamientos, patrones… Pero en el campo de batalla eso es difícil. Ahí entra la meditación: parar y crear un espacio donde poder contemplar nuestra experiencia humana con cierta distancia, con otro enfoque, e ir cultivando esa sensibilidad y preparando un terreno fértil (creando las condiciones) para que crezcan cualidades opuestas a los tres fuegos: la generosidad, bondad y comprensión. La meditación nos brinda el descubrimiento de que no es obligatorio hacer caso a todo lo que nos pasa por el cerebro, que no hay que responder a todas las emociones: nos revela que tenemos una opción, nos muestra que si tratamos a los pensamientos y emociones negativas como a un fuego veremos que, a falta de agua, para que se extinga basta con no echarle más combustible; y que si lo avivamos empezará a devorarlo todo. La metáfora es útil.

Esta atención, y los tres opuestos a los fuegos, son cualidades a cultivar en el camino budista a través de la reflexión, la meditación y el día a día, lo que sugiere afinidad con la ética de la virtud (3). De hecho, siempre me ayuda recordar que la palabra pali que traducimos por ‘meditar’ significa en origen ‘cultivar’, es decir, que no se reduce al ejercicio formal de entrenar la atención sino que hace referencia a todo lo implicado en la tarea de intentar hacer crecer algo en uno mismo.

Para terminar, si he conseguido inspirar a alguien con mi visión actual de la práctica del dharma (recalco, esto es lo que yo intento hacer, ¡no digo que lo consiga!) quizás sería útil un par de notas de cómo ayudar a ir en esa dirección durante las sesiones formales de meditación, resumiendo el enfoque de Sayadaw U Tejaniya. Una vez tenemos establecida cierta práctica regular de conciencia plena, y cuando la atención a la respiración u otro objeto nos ha calmado y estabilizado un poco, revisamos qué actitudes están presentes en la mente. La cuestión es contemplar, más que el objeto de atención, la mente misma, la mente que observa, y ver cómo realiza esta observación. Para eso, es útil no “obsesionarse” con el objeto: podemos tener una atención abierta, o empezar con la respiración pero luego, si surge una sensación corporal muy prominente, pasar a contemplar eso. No hay ningún problema en cambiar de objeto mientras se mantenga el estado de ser consciente. Y de vez en cuando, revisamos la mente observadora.

Se pueden usar preguntas: ¿Observo con deseo de conseguir algo? Cuando observo ese dolor en la rodilla, ¿surge aversión? De esta manera, poco a poco vamos viendo la interrelación entre unas cosas y otras, y aprendemos mucho. A veces veo que si la meditación se queda en un intento de conseguir paz mental se vuelve limitada: los días que lo consigo estoy satisfecho y los que no, no. Antes practicaba así. Y si varios días seguidos no conseguía esa paz mental, si había muchos pensamientos, empezaba a desmotivarme, a pensar que algo iba mal, y surgía tensión y anhelo: ¡codicia de paz mental! Sin embargo, cambiar a este enfoque me resultó liberador, porque tranquila o agitada, la meditación será siempre interesante, y el interés me funciona bastante bien como antídoto al desánimo. Cuando un día le dije a Sayadaw U Tejaniya que estaba cansado y ‘asqueado’, que no tenía ganas de meditar ni contemplar nada, me respondió: “pues contempla eso, ¡puede ser muy interesante!

Notas

(1) Podéis explorar su canal de youtube, donde hay extractos de sus entrevistas de grupo en su monasterio, en su inglés macarrónico. En este blog se publicaron sus 23 puntos sobre la actitud correcta para meditar y, en su página web, se puede descargar un libro suyo traducido al español.

(2) En la sección de vídeos encontraréis una conferencia subtitulada en el que Stephen Batchelor habla de Mara, una especie de diablo budista. Y hace no mucho en el blog se publicó un artículo con vídeo incluído de Martine Batchelor sobre meditación y creatividad en la vida cotidiana.

(3) De wikipedia sobre distintos enfoques éticos: ‘un consecuencialista argumentaría que mentir es malo debido a las consecuencias negativas producidas por mentir, aunque un consecuencialista permitiría que determinadas consecuencias previsibles hicieran aceptable mentir en algunos casos. Un deontólogo argumentaría que la mentira siempre es mala, independientemente de cualquier “bien” potencial que pudiera venir de una mentira. Un seguidor de la ética de la virtud, sin embargo, se centraría menos en mentir en una ocasión particular, y en lugar de eso consideraría lo que la decisión de contar o no una mentira nos dice del carácter y la conducta moral de uno. Como tal, la moralidad de mentir se determinaría caso por caso, lo cual se basaría en factores como el beneficio personal, el beneficio del grupo, y las intenciones (en cuanto a si son benévolas o malévolas).’

Fotografías: esculturas de Ju Ming en Taiwan.

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7 comentarios en “Mi budismo, hoy, en seis palabras.

  1. Me ha sido de gran utilidad la lectura del artículo (que tendré que volver a leer y reflexionar).
    Una manera clara y sencilla de decir. Me he sentido muy cercana y motivada a continuar en la práctica en la vida, de la vida.
    gracias y un abrazo.
    belen

  2. Muy interesante la perspectiva y a la vez muy similar a otras sugerencias de otra/os practicantes como por ejemplo Pema Chöndrom , pero aún me cuesta enlazar éste proceder ante la injusticia social que tan a menudo nos embarra .

    1. HolaJorge. Gracias por tu comentario. Es una inquietud comprensible y justificada. Puedes buscar información y literatura sobre lo que se llama (Socially) Engaged Buddhism. David Loy sugería en un taller que uno puede entender el activismo como parte de su práctica y combatir las injusticias de acuerdo a los valores del dharma de no-violencia, compasión, sabiduría… También se puede usar la práctica para ganar claridad y fuerza personal, y así estar más preparado para combatir la dura tarea del trabajo social, que a menudo conlleva frustración, requiere paciencia, gestión de la ira (¡puede canalizarse sabiamente!) y mucha energía. No sé si esto te ayuda.

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