El sexto sentido (budista)

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Una idea budista que me interesó desde el principio es la de los seis sentidos. ¿Cuál es el sexto? La mente. Los textos hablan de seis posibles objetos: imágenes, sonidos, olores, sensaciones táctiles, sabores y pensamientos. Sea lo mismo que el cerebro o no, la mente se define como aquello que puede “conocer” y “pensar”, o que tiene la capacidad de captar pensamientos, así como los ojos o la visión captan imágenes. El concepto me puso del revés; pero tras el breve desconcierto inicial enseguida le vi la lógica.

Si bien es cierto que solemos entender el pensar como una actividad que realizamos, más equiparable a mover los dedos que a percibir un aroma, ¿cuántas veces los pensamientos parecen (por lo menos subjetivamente)  aterrar simplemente en nostros? Esto es especialmente cierto de la inspiración, que los griegos confiaban a las musas y tantos autores euroopeos han atribuído a Dios durante siglos. Cualquier lector que, como yo, se dedique a la creación artística, reconocerá fácilmente ese fenómeno de una idea “apareciendo” o “llegando”, habitualmente seguido de una maratón hacia el papel, el ordenador, la tela o el instrumento musical.


También los pensamientos incesantes y automáticos, el famoso y muchas veces atormentante “bla bla interno”, no se percibe como algo que hacemos, sino algo que nos sucede. Parece como si hubiera dos tipos de pensar: el voluntario y el involuntario. (Hablo a nivel subjetivo, no he estudiado ese capítulo del Abhidhamma, pero quiero tratar percepciones.)

El contraste es fuerte: mientras en occidente nos identificamos fuertemente con nuestros pensamientos, incluso más que con nuestros cuerpos, la tradición budista los pone, en cierto sentido, al mismo nivel que los sonidos, los olores o cualquier otro estímulo sensorial. ¿Y cuál es la consecuencia de esto? ¿Qué aplicación tiene en meditación? Yo lo conecto con la doctrina del no-yo. Si me relaciono con los pensamientos de la misma forma que me relaciono con los sonidos, ¿qué cambia? Ya no son míos, ya no son yo, ya no estoy obligado a seguirles siempre el juego, a definirme a través de ellos.

Durante la meditación, y luego en la vida en general, esta actitud es liberadora. Muchos maestros definen “visión/opinión correcta” (el primer elemento del camino óctuple) como percibir las cosas en cuanto que transitorias, insatisfactorias y no-yo. Es decir, si estás asido por una idea perturbante, recuerda que tal como ha venido se irá, y que no tiene que ver contigo, no necesitas identificarte con ella: míratela como un estímulo más, percibido por el sexto sentido que es la mente. Y si te agarra una obsesión placentera, no pierdas de vista su carácter imperfecto. No tienes por qué reaccionar siempre a todo lo que se te ocurre (notad el verbo ocurrir, no hacer): si te dedicas a simplemente darte cuenta de su presencia y contemplarla, esa idea o sensación seguirá su curso y tarde o temprano se desvanecerá.

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¿Qué pasa si nos relacionamos con el bla bla interno igual que con los sonidos exteriores? Ganamos ese espacio que nos proporciona libertad para escoger a qué hacemos caso y a qué no, y nos permite tomar decisiones más sabias, menos condicionadas. Así, nos facilita actuar de forma más ética, porque no estamos simplemente reaccionando con el piloto automático, prisioneros de todos nuestros caprichos obsesivos y temores, sino dándonos un respiro para considerar si es necesario y beneficioso hacerles caso ahora o no. El Buda dijo en un discurso del canon pali que la libertad o la liberación -según traducción- es el único sabor del dharma.

La idea de este sexto sentido junto con la del no-yo puede cambiar nuestra actitud con nosotros mismos y nuestro comportamiento en el mundo. Y tenerlo presente en las sesiones de meditación nos ahorra mucha tensión: irritarse porque he pensado esto o aquello es como enfadarse por el sonido de alguien que ha empezado a ducharse en casa. Estas cosas están ocurriendo, las reconocemos, estamos atentos a ellas, no pretendemos que no estén (¡porque es que están!) y poco a poco aprendemos a ser más independientes de todas estas condiciones. De ahí la importancia de la visión correcta a la hora de meditar, aunque a mí siempre me ha resultado muy útil conectarlo con la idea (culturalmente ajena) de los seis sentidos.

Igual que tengo la capacidad de ignorar los comentarios irrespetuosos de un estúpido, puedo entrenar mi capacidad de no hacer caso a mi mente cuando me molesta y me insulta. Y así como, cuando un amigo que pasa una mala época me reprocha y me critica, no me tomo en serio sus comentarios sino que veo más allá y comprendo que lo dice porque está dolido por otros motivos, puedo, de la misma forma, no dar importancia a las pesadillas que mi mente imagina, porque sé que ahora está negativa porque, por ejemplo, hoy me sentí incómodo y fuera de lugar comiendo con los de la oficina. O puedo, en lugar de dejarme afectar por lo que me pasa por la cabeza, preguntarme por qué estoy tan fijado con una cierta idea, qué condiciones me llevan a esas fijaciones, y cuidarme como cuidaría a otro ser querido.

Si no lo hacéis ya, probad en la siguiente sesión de meditación de entender vuestros pensamientos igual que entendeis los sonidos o los olores: cosas que nos suceden y que vienen y van. Oh, una idea; oh, un recuerdo; oh, esto ya ha ‘sonado’ antes. Y dependiendo del tipo de meditación que practiquéis, o bien volvéis a vuestro objeto de atención principal, o bien lo observáis y lo exploráis. A ver qué cambia.

 

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8 comentarios en “El sexto sentido (budista)

    1. Entiendo lo que dices, especialmente desde la perspectiva occidental; pero muchos maestros budistas hablan de los pensamientos de la misma forma que de otros estímulos, como con frases del tipo “surgen sonidos, percibidos por el oído; surgen sensaciones corporales, percibidas por el cuerpo; surgen pensamientos, percibidos por la mente…” Se entiende mejor la idea, creo, cuando se aborda desde el enfoque budista de que no hay un agente que ‘haga’ estas cosas (incluyendo a los pensamientos) sino que todos estos fenómenos suceden por condiciones anteriores.

  1. Muchísimas gracias. Una de las peculiaridades que observo en el intento por crear un mundo mejor a la luz del conocimiento oriental, es la peculiaridad de su lenguaje. Artículos como este los agradezco inmensamente, porque clarifican ese lenguaje, lo traducen y hacen llegar a nuestros sentidos como una gota de agua en el río.

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