Un budista de compras

Hace unas semanas vi el reportaje del programa Salvados titulado “¿Quién, cómo y dónde se fabrica la ropa que venden las grandes marcas?” (ver aquí). El programa explora la industria de la moda barata y pasajera, el fast fashion. Me gustó mucho y os recomiendo con entusiasmo que lo veáis. Al terminarlo, me pregunté si podríamos analizar lo que este reportaje retrata usando conceptos budistas.

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Por supuesto. Uno de estos conceptos es la intención apropiada, el segundo elemento del camino óctuple. Lo veréis traducido habitualmente como ‘intención correcta’ o ‘pensamiento correcto’. El Buda lo define así en el discurso nº22 del Digha Nikaya (la colección de discursos largos):

¿Y qué es, monjes, la intención apropiada? La intención de renuncia, la intención de benevolencia, la intención de inocuidad. Esto, monjes, se llama intención apropiada.

El reportaje empieza con entrevistas a pie de calle en las que se pregunta sobre hábitos de consumo en ropa, evidenciando una cultura basada en comprar mucho, muy a menudo, muy barato, usarlo poco tiempo y tirar mucho. Y volvamos a empezar. ¿Qué valores y actitudes se alimentan así? ¿Qué efectos tiene ese ciclo codicioso de compradores y productores? No tiene término. No tiene descanso.

El primer aspecto de la intención apropiada, la renuncia, tiene que ver con cuestionar nuestros deseos, volvernos más conscientes de las consecuencias de éstos y diferenciar entre necesidades y caprichos. Personalmente prefiero el término ‘simplicidad’ a ‘renuncia’. ¿Cuánto necesito realmente? Si me permito cosas que no necesito, ¿cuánto me permito? Cada cual puede considerar a partir de qué punto satisfacer caprichos deja de ser inofensivo: quizás se vuelve crónico y adictivo; quizás perjudica nuestros bolsillos o nuestra salud; quizás no somos conscientes de qué necesidades emocionales están detrás de ciertos deseos y buscamos en el lugar inadecuado, intensificando la insatisfacción.

Las consecuencias de todo esto no sólo son del ámbito psicológico personal, aunque este es importante. El tercer aspecto de la intención apropiada es la de ser inocuo: no causar daño. (Ésto también es el primero de los cinco preceptos laicos.) Nuestros comportamientos afectan a otras personas y al entorno en el que vivimos. El dharma nos insta a tener esto en consideración a la hora de tomar decisiones más conscientes sobre nuestro estilo de vida. A veces es difícil, o imposible, que nuestros actos no perjudiquen absolutamente a nada ni a nadie. Pero ¿es lo mismo si se trata de una necesidad que si es algo totalmente superfluo?

La novedad en el mundo actual es que en ocasiones no vemos estas consecuencias porque suceden a quilómetros de distancia: hemos deslocalizado los resultados desagradables de nuestra avidez. En el vídeo se muestran las condiciones de trabajo en fábricas de Camboya; pero tampoco se pinta todo de un mismo broche y vemos iniciativas que intentan mejorar esas condiciones, así como alternativas de productos textiles hechos en España con un precio de venta similar pero menos margen de beneficio. A su vez, los consumidores pueden calmar su codicia comprando menos prendas de vestir pero pagando más por ellas y haciéndolas durar.

Puede que descubramos que el deseo caprichoso es una tensión o estrés en el fondo desagradable; quizás empecemos a dar más valor a cada cosa. Por paradójico que parezca, a lo mejor menos cosas significa más satisfacción. El Buda divide la renuncia en dos tipos. El primero es el autocontrol que uno puede imponerse: tienes tus convicciones, pero surgen impulsos discordantes, patrones de conducta arraigados. En el segundo tipo de renuncia, condicionada por la comprensión, ya no te cuesta esfuerzo: has observado repetidamente actos y consecuencias, has llegado a un entendimiento vivido, y ya no ves el interés en seguir con ese comportamiento. El Buda lo compara a un niño que, cuando llega a cierta edad, deja de hacer castillos de arena: no se propone combatir sus impulsos de jugar con la arena, sencillamente no le ve el mismo sentido.

Nadie puede saber qué diría el Buda si viera ese reportaje, pero creo que no es aventurarse demasiado suponer que el fast fashion no le haría demasiada gracia y que acogería el concepto de la sostenibilidad: un modo de vida sostenible para el planeta, sostenible para el bienestar de otros, y sostenible para nuestras mentes y emociones.

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